«Fjord», la avalancha perfecta

En Cine y Series martes, 19/05/2026

Eva Peydró

Eva Peydró

PERFIL

Fjord marca el regreso de Cristian Mungiu a la competición oficial del Festival de Cannes, diecinueve años después de conquistar la Palma de Oro con 4 meses, 3 semanas y 2 días. Sexto largometraje del cineasta rumano y quinto seleccionado para la competición cannoise, la película supone además una novedad importante dentro de su filmografía, ya que es la primera rodada íntegramente fuera de Rumanía. Ambientada y filmada en Noruega, con un reparto internacional encabezado por un irreconocible Sebastian Stan, un actor con raíces rumanas —emigró con sus madre a Viena a los 8 años— y la noruega Renate Reinsve, Fjörd desplaza las obsesiones habituales de Mungiu hacia un territorio nuevo sin abandonar las preguntas morales que han definido toda su obra.

Si R.M.N o Los exámenes exploraban sistemas corroídos por el autoritarismo, la arbitrariedad o la corrupción, Fjord plantea una paradoja más propia de los países desarrollados: ¿qué sucede cuando las instituciones funcionan exactamente como deberían? ¿Qué ocurre cuando la ley se aplica con rigor absoluto, sin excepciones, sin improvisaciones y sin espacio para la ambigüedad humana?

¿Qué ocurre cuando la ley se aplica con rigor absoluto, sin excepciones, sin improvisaciones y sin espacio para la ambigüedad humana?

Inspirada en diversos casos reales ocurridos en Escandinavia, donde familias inmigrantes fueron investigadas por los servicios de protección de menores debido al uso de castigos físicos considerados culturalmente aceptables en sus países de origen, aplicando la Norwegian Child Act, la película sigue a la familia Gheorghiu. Recientemente trasladados desde Rumanía a Noruega, Mihai (Sebastian Stan) y Lisbet (Renate Reinsve) han elegido comenzar una nueva vida junto a sus cinco hijos. Él busca ofrecerles un entorno más seguro y estable; ella regresa a su país natal para contar con la ayuda de su madre en la crianza.

Sin embargo, la integración nunca resulta sencilla. Los Gheorghiu viven según principios religiosos estrictos. Los rezos diarios, las clases de Biblia, la disciplina doméstica, la ayuda obligatoria en las tareas del hogar y la prohibición de teléfonos móviles, videojuegos o música secular forman parte de una educación que consideran inseparable de sus convicciones. Aunque la comunidad local se muestra acogedora, la diferencia cultural aparece desde el principio. Los profesores advierten a los niños que deben evitar manifestaciones religiosas en la escuela. La propia Lisbet recibe observaciones similares en la residencia de ancianos donde trabaja. Lo que para ellos constituye una expresión natural de su identidad es percibido por las instituciones como una posible vulneración de la neutralidad exigida en determinados espacios públicos.

La situación explota cuando unas marcas observadas en el cuerpo de la adolescente Elia (Vanessa Ceban), originadas en una clase de gimnasia despiertan las sospechas de la coordinadora escolar. Los servicios de protección del menor intervienen inmediatamente. Los cinco hijos son separados de sus padres y distribuidos entre distintas familias de acogida mientras se desarrolla una investigación judicial por posibles malos tratos. A partir de ese momento, la vida familiar queda suspendida en un limbo administrativo que parece no tener fin.

Mungiu, por supuesto no aporta una respuesta sencilla ¿golpean realmente los padres a sus hijos? La película nunca lo aclara del todo. Los progenitores reconocen haber recurrido ocasionalmente a azotes como método disciplinario, pero el director evita cuidadosamente cualquier prueba concluyente que permita absolverlos o condenarlos sin matices. Como en las mejores obras del director rumano, la verdad permanece fragmentada, atrapada entre percepciones, prejuicios y sistemas de valores incompatibles.

El caso pronto trasciende el ámbito local. Organizaciones religiosas, medios de comunicación y representantes políticos rumanos convierten el proceso en una causa internacional. Lo que comenzó como una investigación por posibles malos tratos pasa a interpretarse como un conflicto cultural entre distintas concepciones de la familia, la religión y la autoridad parental. La intervención del Estado es vista por unos como una obligación moral y por otros como una inaceptable intromisión ideológica.

Las preguntas que plantea la película son múltiples ¿constituye una forma de maltrato impedir que un adolescente escuche música no religiosa? ¿Hasta dónde alcanza el derecho de unos padres a educar según sus convicciones? ¿Puede el Estado intervenir cuando esas convicciones limitan determinadas experiencias culturales o sociales? Mungiu introduce además otra cuestión especialmente sensible cuando una de las hijas expresa su rechazo al lesbianismo después de que una compañera de escuela revele su orientación sexual. La escena apenas ocupa unos minutos, pero ilumina el conflicto de fondo: la tensión entre una educación basada en creencias religiosas conservadoras y una sociedad que considera ciertos valores igualitarios como principios irrenunciables. El director no convierte este aspecto en el centro del relato, ya que el conflicto jurídico gira alrededor de las sospechas de castigo físico, pero lo deja flotando en el ambiente, como otra cuestión sobre los límites entre libertad religiosa, educación y discriminación.

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Uno de los aspectos más interesantes de Fjord es la forma en que observa la adaptación de los niños a sus nuevas circunstancias. Separados de sus padres, los hermanos los echan de menos y desean regresar a casa, pero al mismo tiempo descubren una vida distinta en sus hogares de acogida. Los videojuegos, una mayor autonomía personal, normas más flexibles y espacios de libertad desconocidos hasta entonces generan una tensión emocional compleja. ¿Pesa más el amor hacia los padres o la experiencia de una libertad recién descubierta en las famiias de acogida o en las escapadas con su amiga Gunda? Mungiu observa esa contradicción sin juzgarla, permitiendo que ambas realidades convivan simultáneamente.

Los conflictos privados terminan adquiriendo una dimensión simbólica. La imagen más poderosa de la película aparece en dos ocasiones. Mientras la comunidad escolar se encuentra reunida al aire libre, una avalancha desciende por una montaña cercana. Nadie se inmuta. Nadie corre. Nadie parece preocupado. Todos confían plenamente en los protocolos de seguridad diseñados para protegerlos. La imagen funciona como una metáfora perfecta de la sociedad noruega que describe la película: una comunidad donde todo está previsto, regulado y protocolizado. La confianza en las instituciones es absoluta. Pero precisamente esa eficacia genera también rigidez. La misma estructura que protege puede convertirse en una maquinaria incapaz de contemplar excepciones.

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Formalmente, Fjord mantiene la precisión austera característica de Mungiu. La puesta en escena evita el melodrama, las interpretaciones son contenidas y el relato, includas las escenas del juicio, avanza con una serenidad casi documental. Sin embargo, bajo esa superficie tranquila sigue latiendo la maquinaria narrativa del director. La presión emocional de thriller que caracterizaba sus obras anteriores parece aquí cocinarse a un ritmo inequívocamente nórdico: pasivo-agresivo, lento, educado y aparentemente razonable. No hay explosiones dramáticas ni estallidos de violencia. La angustia surge de entrevistas, formularios, reuniones, informes y decisiones administrativas que avanzan con una lógica implacable. Como la avalancha que observamos desde la distancia, el conflicto progresa lentamente, pero de manera inexorable. La amenaza ya está en marcha mucho antes de que sus consecuencias resulten visibles.

Sebastian Stan ofrece probablemente uno de los trabajos más sobrios de su carrera reciente. Alejado de cualquier tentación heroica, construye un padre complejo, profundamente creyente, afectuoso y autoritario al mismo tiempo. A su lado, Renate Reinsve aporta una mezcla fascinante de fragilidad y determinación, componiendo a una madre atrapada entre dos culturas y dos sistemas de valores que exigen lealtades incompatibles.

Fjord se arriesga a hacer comprender que hay una zona donde conviven la buena intención, los prejuicios culturales, las convicciones morales y las consecuencias inesperadas.

Con Fjord, Cristian Mungiu muestra que pocos cineastas europeos son capaces de plantear dilemas éticos con semejante rigor y honestidad intelectual. La película no condena ni absuelve a nadie. Observa, escucha y obliga al espectador a enfrentarse a una cuestión crucial: cuando una sociedad ha diseñado mecanismos eficaces para proteger a sus ciudadanos, ¿qué ocurre cuando esos mismos mecanismos entran en conflicto con la complejidad de las vidas para las que no se han previsto?

Lejos de los relatos simplistas sobre víctimas y culpables, o un thriller judicial, Fjord se arriesga a hacer comprender que hay una zona donde conviven la buena intención, los prejuicios culturales, las convicciones morales y las consecuencias inesperadas. Y siendo incisivo, Mungiu ofrece en Fjord una de sus obras más maduras y sutiles.

Actualización (23-5-2026)

Fjord se alzó con la Palma de Oro, en el 79º Festival de Cannes.

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79º Festival de CannesCristian MungiuFjordRenate ReinsveSebastian Stan

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