«La Odisea»: cine… ¿por última vez?

En Cine y Series miércoles, 15/07/2026

Javi Cózar

Javi Cózar

PERFIL

Solo siete días antes del estreno de la nueva película de Christopher Nolan, La Odisea, The Telegraph publicó una entrevista con el director en la que, entre otras cosas, se exploraba una de las cuestiones que me parecen más relevantes en torno a esta superproducción. Nolan fue preguntado acerca de unas recientes declaraciones de la estrella de la película, Matt Damon, en las que se manifestaba entristecido porque sentía que La Odisea pertenece a un tipo de películas que dentro de poco tiempo no podrá hacerse porque nadie querrá financiarlas. De hecho, Damon aseguró literalmente que decidió participar en La Odisea porque “notaba que era como las películas que se hacían cuando yo empecé a hacer cine, y eso es algo que va a desaparecer”.

Christopher Nolan, en la mencionada entrevista en The Telegraph, rechazó ese derrotismo y, aunque admitió que sí que hace tiempo que nadie filma una película de las características de La Odisea, aseguró también que “el cine es vital y es esencial, y continúa transformándose”.

Ciertamente, después de tener la oportunidad de ver una película como esta, es obligado cuestionarse si, efectivamente, nos encontramos ante los últimos estertores de una manera de entender el cine (mainstream) que pronto será sustituida, si no lo ha sido ya, por otros patrones digitales más relacionados con los algoritmos y la corrección política, y no tanto con el gusto por contar historias libres de ataduras morales o éticas con el momento (coyuntura) en el que son hechas.

De entrada, es bastante probable que todos, detractores o no de Nolan, podamos estar de acuerdo en que hoy en día no hay nadie como él que plantee ese tipo de producciones (gran escala, grandes temas, repartos infinitos plagados de estrellas, etc.) y su manera de afrontarlas, con numerosas localizaciones, preponderancia de los efectos especiales prácticos —siempre más costosos— y, por lo tanto, reducción de los efectos digitales a la mínima expresión posible, etc.

El caso de Denis Villeneuve con su trilogía de Dune podría acercarse; sin embargo, en mi opinión, no solo los resultados están muy lejos de los de Nolan, sino que Villeneuve fracasa irremisiblemente allí donde Nolan mejor se desenvuelve, es decir, en cohesionar los grandes medios puestos a su alcance: las dos partes de Dune estrenadas, con sus aciertos (especialmente la segunda) y sus defectos, se sienten un puzle desorganizado en el que la aparatosidad del artefacto engulle a los personajes y los reduce a meras comparsas de las secuencias de efectos (digitales) especiales. Pero eso no ocurre con Nolan.

La Odisea The Odyssey

Exuberancia: palabra que define con bastante precisión a La Odisea de Nolan.

En este sentido, en La Odisea llama poderosamente la atención que, siendo una película con tantísimos personajes, tantas motivaciones, tantos hilos argumentales, todo esté estructurado de manera cristalina. Este era quizás el mayor pero que se le podía afear a Oppenheimer, que a veces se volvía una película muy densa en la que navegar. Esto no se repite aquí a pesar, insisto, de la cantidad de personajes que pueblan las tres horas exactas que dura la película.

Siendo, como es, una película de una nada desdeñable complejidad dramática, Nolan se las ha arreglado para distribuir la narración de manera perfectamente ordenada, con lo que casi podría decirse que acaba resultando una de las películas más accesibles a nivel narrativo de toda su filmografía. Más que la críptica Tenet, más que Origen, y por descontado muchísimo más que Memento, todas ellas con bastantes menos personajes protagónicos que La Odisea, por cierto.

Esta capacidad expositiva resulta, si cabe, más sorprendente si tenemos en cuenta la escala de la película. Nolan no es el primero que adapta los poemas de Homero, claro. Sin ir más lejos, Ralph Fiennes protagonizó no hace ni dos años El regreso de Ulises, dirigida por Uberto Pasolini con una clara voluntad de desapego respecto a los poemas homéricos: no solo prescinde totalmente de cualquier componente fantástico, sino que Homero ni aparece en los créditos de la película como fuente original del relato, marcando directamente la pretensión de Pasolini de explorar ciertos temas (el trauma, el regreso al hogar) sin la necesidad de vincularlos necesariamente al poema épico de Homero.

Sin embargo, Nolan sí es, seguramente, el director que más ambición ha puesto en una adaptación de las rapsodias homéricas. Nada extraño en alguien que se ha empeñado siempre, pero con especial ahínco desde la pandemia, en defender no solo el cine en salas, sino también el cine entendido como festín para los sentidos. Así pues, su aproximación a Odisea es, por supuesto, de una exuberancia acorde con las coordenadas propuestas en el relato: en sus imágenes, por ejemplo, anida un fascinante contraste de paisajes, desde el inframundo de arena negra hasta la fortaleza de Penélope (Anne Hathaway) en Ítaca, pasando por el soleado amarillo de Ogigia, el paraíso de playas infinitas donde Calipso (Charlize Theron) retiene durante siete años a Odiseo privándole de sus recuerdos personales.

Exuberancia la hay también en cómo el fantástico se manifiesta a lo largo del relato. Muchas de las amenazas obligan a los sufridos héroes de la película a alzar la vista, ya sea ante el cíclope Polifemo, ante una devastadora tormenta o ante los terribles tentáculos del monstruo marino Escila. Nolan se esfuerza en subrayar así la insignificancia del ser humano, lo diminuto de la vida humana, siempre a merced de fuerzas mucho más poderosas. Lo grande, lo poderoso, es mostrado en oposición a la fragilidad del cuerpo humano, simples apéndices de los dioses. Es una idea de la que bebió, y no en poca medida, la saga de películas de Los Vengadores con la aparición del villano Thanos.

La Odisea The Odyssey

Anne Hathaway, magnífica (como el resto del reparto) en La Odisea.

Y aun siendo una película exuberante en tantos y tan variados sentidos, La Odisea se las arregla para escapar de la postal: esa exuberancia no deviene contemplativa, hasta el punto de que, aunque indudablemente luce como una película costosa, tampoco se recurre (afortunadamente) en exceso a los planos largos descriptivos, seguramente una tentación de la que Nolan tuvo que huir al disponer del monstruoso presupuesto (250 millones de dólares, según la mayoría de las fuentes) de la película. No diría que cada dólar invertido no luzca en pantalla, pero no de la manera machacona y autoconsciente de otras películas de presupuestos elevados empeñadas en exhibir ante el espectador lo caras que son.

Lo que me lleva directamente a otra de las mejores cualidades de La Odisea: Nolan ha sido capaz de construir un relato que, a pesar de sus 180 minutos de duración, avanza con ritmo endiablado sin apenas tregua. Sus imágenes no pesan, el tempo interno de la película es tremendamente efectivo, y hasta la llegada de Odiseo a Ítaca (ahí ya han transcurrido dos tercios de la película) realmente la colisión del espectador con la propuesta audiovisual es fascinante.

La épica, la grandeur, trasladada en imágenes vibrantes fotografiadas por Hoyte van Hoytema, encadenadas con un montaje diabólico y empaquetadas con una música desquiciante (Ludwig Göransson), ofrecen momentos que, a un nivel estrictamente audiovisual, sospecho que quedarán grabados en la retina del espectador durante mucho, mucho tiempo. Me refiero a secuencias como el asalto a Troya, como la desesperada huida hacia el mar desde la cueva de Polifemo, o incluso todo el pasaje en la casa de Circe (Samantha Morton), en el que la transformación en cerdos del ejército de Odiseas sirve a Nolan para ofrecer un curioso (e inesperado) guiño no sé muy bien si al Brian Yuzna de Society (1989), al Neil Jordan de En compañía de lobos (1984), o a ambos.

El último tercio de la película sirve para rematar todos los temas que se han ido planteando en los dos primeros: el regreso al hogar, con el emotivo reencuentro de Odiseo con su perro Argos, que le ha esperado 20 años sin morirse para poder volver a ser acariciado una última vez por su amo; la persecución de la humildad a través del desapego a todo lo material —Odiseo regresa a su propia casa disfrazado de mendigo, y después de haber perdido en el trayecto no solo a todos sus hombres, sino también a buena parte del ser cruel y ambicioso que era cuando partió a la guerra de Troya—; la persistencia de la memoria, encarnada por una obstinada Penélope que se resiste a tomar pretendiente alguno en la firme creencia de que su marido regresará un día; y también la corrupción del poder, sintetizada en el odioso personaje de Antínoo interpretado por un Robert Pattinson en estado de gracia.

La Odisea The Odyssey

Tom Holland interpreta a Telémaco en La Odisea.

Y todo concluye con otra set piece memorable (de eso va sobrada la película), la masacre final de los pretendientes de Penélope, que quizás sorprenderá a más de uno por su escaso nivel de truculencia: Juego de tronos ha colonizado este tipo de cine, que parece que ahora ha de ser sí o sí extremadamente sangriento —y ahí están los absurdos primeros 30 minutos de La muerte de Robin Hood (Michael Sarnoski, 2026)—, pero Nolan tiene la suficiente integridad como para no dejarse llevar por este tipo de modas pasajeras, dejando que el tono de la película sea en todo momento coherente.

No sé si aventurarme a decir que La Odisea de Christopher Nolan es o no es una obra maestra. Tampoco es necesario que lo haga. Dejaré eso para la legión de influencers y opinadores que hace meses que se chillan y se insultan en redes sociales a raíz de esta película. Pero sí creo firmemente que, con La Odisea, Nolan recoge el testigo de directores como Sir David Lean o Cecil B. DeMille que, antes que él, supieron entender también el cine con mayúsculas como un arte en el que el espectáculo grandilocuente no está reñido con la exploración de ideas atávicas, de conceptos o historias que han marcado la creación artística durante siglos en las obras de escritores, pintores, escultores, arquitectos, coreógrafos, compositores, fotógrafos y, finalmente, de cineastas.

No sé tampoco si esta película es un testamento de ese tipo de cine o es un eslabón más en una cadena a la que aún le quedan más capítulos por escribir. Por si acaso, disfrutémosla como la película excepcional que es.

Porque quién sabe cuándo tendremos la oportunidad de volver a ver una película como esta.

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