«El milagro»: volver a abrir los ojos

En Cine y Series sábado, 13/06/2026

Eva Peydró

Eva Peydró

PERFIL

El milagro, la última película de David Varela, registra una experiencia, pero sobre todo parece acompañar una vida entera. El nuevo largometraje del director de Un cielo impasible fue rodado a lo largo de catorce años y estrenado en la sección oficial de DocumentaMadrid, el pasado 30 de mayo. El nuevo documental de Varela se mueve en un territorio difícil de delimitar, a medio camino entre el diario íntimo, el ensayo autobiográfico, la memoria familiar y la exploración de los mecanismos del recuerdo. Lo que comienza como un nuevo proyecto, que implicará la propia historia de una pareja, termina convirtiéndose en una reflexión mucho más amplia sobre el tiempo, la transformación y la capacidad humana para seguir encontrando sentido en medio de la incertidumbre.

David y Lola llevan años compartiendo vida cuando emprenden un viaje que acabará marcando el destino de ambos. Entre desplazamientos, proyectos cinematográficos y búsquedas personales, la película registra las grietas que se abren en una relación sometida a las tensiones inevitables del paso del tiempo. Sin embargo, El milagro evita cuidadosamente cualquier tentación confesional o exhibicionista. Lo que interesa a Varela no es reconstruir unos hechos ni ofrecer respuestas definitivas, sino observar cómo la memoria reorganiza la experiencia y cómo los recuerdos se transforman cuando son revisitados desde el presente.

La estructura del filme responde precisamente a esa lógica. El tiempo no avanza de forma lineal. Se pliega sobre sí mismo, retrocede, se superpone y se bifurca. Las imágenes dialogan constantemente entre distintos momentos vitales, como si el pasado permaneciera siempre activo bajo la superficie del presente. La película se abre con la hija de los protagonistas y, a partir de ahí, inicia un movimiento de regreso hacia los años anteriores a su nacimiento. Esa inversión temporal convierte la narración en una suerte de arqueología emocional donde cada recuerdo adquiere un significado nuevo a la luz de lo que vino después.

El milagro

Uno de los grandes aciertos de la película es la incorporación de la voz de Lola Martínez Rojo, coguionista junto a David Varela. Sus diarios de viaje aportan una perspectiva complementaria que evita cualquier apropiación unilateral del relato. Sus reflexiones sobre la maternidad, la pareja, la admiración y los cambios inevitables que acompañan a toda relación aportan al filme una profundidad emocional extraordinaria. Hay en sus palabras una mezcla de ternura y lucidez, una capacidad para observar tanto la belleza como el desgaste sin caer en la autocompasión, el resentimiento ni en la idealización.

A través de esa doble mirada, El milagro se convierte también en una película sobre la maternidad. La llegada de una hija introduce una nueva dimensión en el relato y obliga a los protagonistas a replantearse su relación con el mundo. La pregunta sobre la conveniencia de traer hijos a una realidad atravesada por la incertidumbre y la decepción aparece de forma recurrente, expresada con cierta esperanza con una cita de Pavese «Quien tiene hijos, acepta la vida». Lejos de cualquier pesimismo, la presencia de la niña funciona como una fuerza luminosa que reorganiza la experiencia de sus padres y dota de una nueva perspectiva a todo lo que la película ha mostrado hasta entonces.

En paralelo, la muerte del padre del director durante el largo proceso de producción introduce otra dimensión esencial: la conciencia del relevo generacional. El nacimiento de una nueva vida y la desaparición de otra dibujan un ciclo inevitable que atraviesa toda la obra. El tiempo deja de percibirse únicamente como pérdida para convertirse también en continuidad. En ese movimiento entre despedida y renovación reside buena parte de la emoción que sostiene la película.

El viaje ocupa igualmente un lugar central. Desde Vigo hasta la India, pasando por distintas ciudades y paisajes, el desplazamiento físico funciona como reflejo de la inquietud del artista. Varela ya había explorado anteriormente su relación con el subcontinente indio (Banaras Me, 2010), pero aquí el regreso aparece teñido por una nueva conciencia del tiempo transcurrido. Los lugares visitados no son los mismos porque quienes los recorren tampoco lo son. La película observa con delicadeza esa experiencia universal de regresar a espacios que conservamos intactos en la memoria para descubrir nuestra propia transformación.

El milagro

La música desempeña además un papel fundamental en la arquitectura emocional de la película. Lejos de funcionar como mero acompañamiento, establece un diálogo constante con sus temas centrales. Los viejos blues de finales de los años veinte y principios de los treinta —interpretados por figuras como Blind Willie McTell, Blind Boy Fuller y Blind Willie Johnson— aportan una dimensión simbólica particularmente sugerente. La presencia recurrente de músicos ciegos resuena con una de las preguntas que atraviesan toda la obra: qué significa realmente ver.

No es casual que la película incorpore también la figura de un hombre ciego en la India, como si ambas tradiciones, separadas por continentes y culturas, convergieran en una misma reflexión sobre la percepción, el conocimiento y la mirada interior. Junto a ellos aparecen músicas tradicionales de Bengala y Bangladesh, que anclan el viaje en un territorio concreto sin caer en el exotismo, y el flamenco, que introduce una resonancia emocional cercana, casi doméstica. Entre todos estos materiales musicales se construye una geografía sonora que acompaña los desplazamientos físicos y espirituales de los personajes, reforzando la sensación de que la película es, ante todo, una búsqueda de nuevas formas de mirar el mundo.

El milagro

La trayectoria previa de David Varela ayuda a comprender mejor esta nueva obra. Cineasta autodidacta, docente, programador y distribuidor, ha desarrollado una filmografía marcada por la observación paciente y la reflexión sobre la memoria. Si en Un cielo impasible exploraba la transmisión de la memoria histórica entre generaciones a través de un grupo de adolescentes que investigaban los vestigios de la Guerra Civil, en El milagro desplaza esa misma preocupación hacia el ámbito familiar y autobiográfico. En ambos casos aparece una misma pregunta de fondo: cómo construimos nuestra relación con el pasado y qué hacemos con aquello que heredamos.

A años luz de los modelos convencionales del documental autobiográfico, El milagro encuentra su singularidad en la convivencia constante entre realidad, evocación, imaginación y sueño. Lo vivido y lo recordado se mezclan hasta volverse inseparables. El resultado es una película tanpersonal, como comprometida y austera que, precisamente por su honestidad y por su renuncia a las certezas, termina alcanzando su resonancia.

Quizá por eso el título resulta tan pertinente. El milagro al que alude la película no tiene nada de sobrenatural. Consiste simplemente en algo mucho más difícil y raro: la capacidad de detenerse, mirar de nuevo la propia vida y descubrir en ella un significado que permanecía oculto. Volver a abrir los ojos.

Suscríbete a nuestra newsletter

* indicates required

Compartir:

Cine DocumentalDavid VarelaEl milagroLola Martínez Rojo

Artículos relacionados

Comentar

Debes ser registrado para dejar un comentario.

Sin comentarios

Nadie ha publicado ningún comentario aún. ¡Se tú la primera persona!

Revista cultural el Hype
Resumen de la privacidad

Esta página web utiliza cookies para poderte ofrecer la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones como reconocerte cuando vuelves y ayudar a nuestro equipo a entender qué secciones de la página web son de mayor interés y utilidad.

Puedes ajustar la configuración de las cookies navegando por las pestañas situadas en la franja lateral izquierda.