«La Odisea» de Nolan: personal y esencial

En Cine y Series martes, 21/07/2026

Aníbal Moltó Barranco

Aníbal Moltó Barranco

PERFIL

La Odisea de Homero es, indiscutiblemente, una obra clave para entender las bases de la cultura occidental. Su irreversible permanencia como fuente de inspiración en la literatura y demás artes la ha convertido en uno de los relatos más recurrentes e influyentes dentro de la historia del cine. Sin ir más lejos, personajes tan populares como Harry Potter, Paul Atreides, Frodo Bolsón, Luke Skywalker o Neo no son más que productos que emanan de andanzas del héroe Odiseo (o Ulises para los más latinistas) en su accidentado viaje de vuelta a Ítaca, su hogar. Es por ello que la obra de Homero (tanto la Ilíada como la Odisea) no solo ha sido objeto de estudio y referente para la creación de historias épicas, sino también para la propia adaptación de la misma al séptimo arte.

Adaptaciones ambiciosas, fieles y libres

A lo largo de los siglos XX y XXI, las narraciones de la guerra de Troya y el regreso de Odiseo se han llevado tanto a la pequeña como a la gran pantalla en alrededor de cincuenta ocasiones.  Por un lado, en el caso de la Ilíada, la última gran adaptación y, además, la más recordada por el gran público, fue la que encabezó el director alemán Wolfgang Petersen en Troya (Troy, 2004), que narraba los acontecimientos del asedio de la ciudad de Príamo desde la fuga de Helena con Paris hasta la treta del caballo de madera.

La película no estuvo libre de polémica, no solo por la ambientación (empleando vestimentas, armas y edificaciones impropias de una guerra de la Edad del Bronce), sino también por las más que notables licencias respecto al poema original, siendo la más sonada la omisión de la intervención divina en la historia.

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Brad Pitt como Aquiles en Troya (2004), relato previo a la Odisea.

Por otro lado, la Odisea ha contado también con numerosas versiones cinematográficas, superiores en cantidad a la Ilíada, debido especialmente a su mayor popularidad y contribución a la historia de la literatura. De hecho, tras el estreno de Troya muchos espectadores ansiaron el rodaje de una secuela protagonizada por Sean Bean, quien interpretó al rey de Ítaca en la misma cinta, especialmente tras el monólogo que pronuncia en off en la escena final, ante el cadáver de Aquiles.

Una de las más ambiciosas adaptaciones fue Ulises (Ulisse, Mario Camerini, 1954), una superproducción protagonizada por Kirk Douglas y Silvana Mangano, un film que, siguiendo las líneas del peplum de los años 50, apostó por el músculo, los efectos especiales, los decorados exóticos y la espectacularidad de la épica en la lucha contra monstruos y hombres espada y lanza en mano.

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Silvana Mangano que interpretó a Penélope y a Circe con Kirk Douglas como Ulises.

Más arriesgada, canalla y original fue la propuesta de los Cohen con O Brother! (O Brother, Where Art Thou?, Joel Cohen, 2000) que se aleja de la ambientación exótica y antigua para apostar por una perspectiva diferente, en la que Ulises (George Clooney), un fugado de la prisión dotado del don de la locuacidad, emprende un desventurado camino de vuelta a casa a través de la América profunda, sorteando una serie de obstáculos propios del sur estadounidense claramente vinculables a los que se encuentra el héroe original de Homero.

Mucho menos recordada, pero aun así reivindicable, fue la reciente El regreso de Ulises (The Return, Uberto Pasolini, 2024), que optó por un planteamiento mucho más ascético en épica e intimismo, retratando la llegada del rey a su patria y la recuperación de su trono. El Ulises que interpretó Ralph Fiennes en esta cinta representaba un héroe cansado, consumido por la guerra, un anciano cuya fuerza es su propia experiencia y no la agilidad física, un personaje que perfectamente encajaría como protagonista de un film de John Ford.

El regreso de Ulises

Ralph Fiennes en El regreso de Ulises.

Una adaptación personal desde la esencia

Christopher Nolan brinda ahora su propia perspectiva de la épica homérica apostando por la sencillez de un título homónimo: La Odisea (The Odyssey, 2026). Lejos de crear una obra que desprenda elevadas dosis de músculo, acción y grandes escenarios al estilo de Troya (2004) o de una obra que procure evocar una época histórica pretérita como Gladiator (Ridley Scott, 2000), el director de Oppenheimer (2023), legitima el hecho de tratarse de un relato mítico, en el que la magia está presente.

Tanto en lo que respecta al diseño de la trama, los vestuarios o los escenarios, Nolan crea un universo fantástico de inspiración helénica con una visión estética personal y al mismo tiempo evocadora de la esencia del mito. Además, como suele ocurrir con los films de temática histórica, busca transmitir las inquietudes del mundo contemporáneo en el que ha sido producida.

Respecto a la trama, siendo fiel a su estilo de argumento no lineal a través de la concatenación de flashbacks como recurso desgranador del argumento central, logra crear una experiencia más cercana a la lectura del poema homérico.

La historia se inicia con la Telemaquia (cantos I a IV), es decir, el viaje de Telémaco (Tom Holland) en busca de pesquisas sobre el paradero de su padre, mientras su madre Penélope (Anne Hathaway) espera rodeada de pretendientes tan insistentes como violentos, ganando tiempo con su tapiz. Esto evidencia que la obra primigenia parecía estar hecha para ser adaptada por Nolan, ya que justamente esta es la estructura que presenta la obra original, siendo uno de los elementos que la hace tan relevante en la literatura.

La Odisea The Odyssey

Tom Holland interpreta a Telémaco en La Odisea.

Por otro lado, a lo largo del resto de la trama, se desarrolla el nostos de Odiseo (Matt Damon), en el que a través de la inserción de experiencias propias, reflexiona sobre su condición de líder y cómo la guerra ha alterado su esencia. Esta idea corresponde también a otro aspecto fundamental del estilo homérico, el del héroe que rememora sus andanzas en un relato trágico en primera persona.

Si bien en el relato original el rey de Ítaca expone su viaje en el país de los feacios, en el film de Nolan lo hace en compañía de su amante, la ninfa Calipso (Charlize Theron), en un proceso de reflexión, de lucha contra el temor del regreso y la alienación contra los efectos narcotizantes del loto.

A este proceso de autoconocimiento y autocomprensión, se une la diosa Atenea (Zendaya), diosa de la sabiduría y la guerra. La hija de Zeus, tanto en la guerra de Troya como en el regreso a Ítaca, es la mayor aliada de Odiseo, y aquí, además de ayudarle en su agitado viaje, contribuye a su descubrimiento personal. Para ello, haciendo honor a sus atribuciones, la deidad recurre a una didáctica que recuerda a los peripatéticos, haciéndole reflexionar sobre sí mismo y la naturaleza humana, planteándole preguntas abiertas mientras caminan por los senderos, tal como Aristóteles hacía con sus alumnos.

La Odisea The Odyssey

Ulises (Matt Damon) y Atenea (Zendaya) en uno de sus recorridos peripatéticos.

Así, pese a las notables licencias tomadas sobre la historia original, Nolan busca crear no solo una reproducción de las aventuras de Odiseo, sino también aproximar al espectador a una experiencia similar a la del progresivo descubrimiento de la trama propio de la trama La Odisea de Homero. El peso de trama recae casi en su totalidad en la figura del héroe de itacense, acompañándole en su camino mental y reflexivo. Más que fidelidad argumental, el director de Interstellar (2014) busca fidelidad experiencial.

Esta experiencia narrativa fundamentada en la esencia de la epopeya griega viene complementada con un diseño estético, tanto de vestuario como de escenarios, que evoca tanto a la naturaleza helena de la obra, así como a la naturaleza de los personajes y de los lugares donde la trama tiene lugar.

Vestir el mito: yelmos, corazas y símbolos

Una de mayores polémicas respecto al diseño de vestuario, fue el diseño del yelmo del rey Agamenón (Benny Safdie), tras la revelación del primer tráiler del film. Fueron muchos los usuarios los que criticaron no solo la nula fidelidad histórica del casco, sino la artificialidad que inspiraba, llegándose incluso a crear memes que lo comparaban con la máscara de Batman. No obstante, el visionado del film despeja toda crítica acerca del diseño del casco de guerra del rey de Micenas, ya que resulta un efectivo recurso visual que resaltaba la naturaleza moral de este personaje.

la odisea Chistopher Nolan

Benny Safdie en el papel de Agamenón.

Agamenón no solo domina Micenas, sino que es también soberano de facto de toda Grecia. Es un monarca ambicioso que hace del resto de soberanos del Egeo sus títeres para sus campañas militares. El casco, y el conjunto de su atuendo militar, representan su naturaleza moral y política. Su diseño se basa principalmente en la estructura de los cascos de guerra corintios, con aperturas en los ojos, carrillos, protector nasal y un penacho de crin de caballo que genera un efecto visual de mayor estatura.

En la región occipital del casco, justo al final del penacho, el extremo de la crin de caballo es recogida por unas piezas en forma de vértebras, evidenciando la autoconcepción vanidosa y hambrienta de poder del comandante de las fuerzas invasoras: la espina dorsal del mundo griego, el pilar fundamental de la coalición aquea, un rey de reyes.

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El casco de Agamenón por detrás, luciendo la característica columna vertebral.

La propia estructura del yelmo, que apenas deja ver el rostro del monarca, el estilo biomecánico con ecos de la obra de H.G. Giger  que desprende, sumado al aura que emanaba de Darth Vader en Star Wars, Nolan busca representar no solo la ambición desmedida de Agamenón, sino el monstruo amoral en que se ha convertido.

Agamenón, con estos atributos, manifiesta ser lo que Chaplin llamaba en El gran dictador (1940) un hombre-máquina con cerebro y corazón de máquina, un hombre sin alma, sentimientos o remordimiento, que actúa siempre llevado por la sed y hambre de poder, de ahí que sea capaz de sacrificar a su propia hija Ifigenia (Katerina Antemel Mpa) para tener vientos favorables.

Esta imagen de hombre de corazón de piedra la encontramos definitivamente en la escena de la invasión de Troya, cuando al abrirse las puertas de las ciudad, Agamenón aparece en la vanguardia, comandando sus tropas. No obstante, una vez ordenado el ataque, permanece quieto y sin dar un solo paso y, una vez sus hombres han penetrado las murallas, él empieza a caminar a paso moderado, manteniendo una postura impasible, sin desenvainar la espada.

El soberano de Micenas es capaz tanto de matar a su propia hija, como de mandar a sus hombres a la muerte, sin  arriesgar su vida, de ahí que, tras la contienda, su uniforme luzca intacto, poniendo de manifiesto su nula implicación y sacrificio en la toma de la ciudad. Esta naturaleza desalmada se remarca aún más con el contraste con el uniforme de Odiseo, con una capa humilde y raída y una armadura mucho más funcional.

Como dato final sobre la estética de Agamenón, debemos destacar las dos fíbulas que mantienen la capa unida a la coraza, que muestran la cabeza de dos leones, haciendo referencia a la Puerta de los Leones del yacimiento arqueológico de Micenas, emplazamiento tradicionalmente asociado a la residencia personal de este legendario rey.

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Puerta de Los Leones de Micenas.

Otro uniforme militar a destacar en La Odisea es el que lucen los soldados troyanos. Además de estar inspirado en el equipo propio militar de los hoplitas de la etapa clásica, como el de Agamenón, presenta un diseño blanquecino puro y marmóreo, todos retocados con capas, prenda asociada generalmente a los oficiales del ejército, en contraste con los uniformes aqueos más oscuros, rústicos y prácticos.

Esta apariencia pretende retratar la riqueza propia de la ciudad de Troya. En la Antigüedad, el color blanco simbolizaba la opulencia, vinculándose a sol, del cual es depositario el dios Apolo, protector de la ciudad. Representan la belleza de la ciudad, en contraste con la barbarie destructora que representa el ejército aqueo, que será inminentemente pasto del fuego y de la muerte.

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Soldados troyanos en La Odisea.

Por último, dentro del ámbito del diseño de corazas, está la de los lestrigones, cuya apariencia también fue objeto de crítica y polémica. Presentan un diseño más futurista, que recuerda incluso al atuendo tanto de superhéroes como de villanos de Marvel, que generada una sensación de extrema modernidad respecto a la época en la que se ambienta el film. No obstante, Nolan no toma decisiones a la ligera y, al igual que la coraza de Agamenón, la de los gigantes de La Odisea también tiene su razón de ser.

Según el poema original, el rey de los lestrigones es Antífates quien, de acuerdo con la obra de Hesíodo, era descendiente de Poseidón. Siendo estos gigantes un pueblo íntimamente vinculado con el dios del mar, las armaduras sugieren estar fabricadas con materiales y tecnología de otros mundos y, por lo tanto, con una mayor sofisticación.

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Los lestrigones, monstruos de La Odisea.

Prosiguiendo en el diseño de vestuario, pero ya descartando el mundo militar, resulta interesante también el modo en el que ha sido representada la bruja Circe (Samantha Morton). Tanto los textos homéricos como las diversas adaptaciones cinematográficas, ofrecen una imagen de este personaje cargado de belleza y sensualidad, hasta el punto de convertirse en amante de Ulises.

Sin embargo, Nolan despoja a la hechicera de toda sensualidad, tomando como referente a las brujas de Nueva Inglaterra del siglo XVII, en un ambiente tétrico y esotérico. En el caso de Calipso, al tratarse de una ninfa (una deidad menor del mar), resalta su naturaleza con vestidos que apelan a elementos del mundo marino, como una red, o un chal que recuerda a la arena de la playa.

Arquitectura para dioses y hombres

Pero no son solo los diseños de vestuario los elementos narrativos que evocan a este mundo de fantasía. La arquitectura y los escenarios influyen notablemente en la construcción de este universo mágico helénico. Pese a emplear armamento propio de la época clásica, los escenarios no presentan una estructura que evoque directamente a este tipo de edificaciones, evocando el periodo minoico, como en el caso del palacio de Ulises, donde hay un guiño a esta fase en el trono de Ítaca, basado directamente en el trono del Palacio de Cnosos, así como la utilización de columnas de forma troncocónica.

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Penélope (Anne Hathaway) ante el trono cretense, con las columnas troncocónicas a su izquierda.

Sin embargo, si existe una obra arquitectónica dentro de la cinta que complementa la esencia narrativa, es el Templo de Atenea en Troya. Esta edificación presenta la típica estructura adintelada de los templos griegos: krepis, columnas, y cubierta.

No obstante, esta muestra una particularidad, y es que exhibe una estética asimilable a la corriente del brutalismo por su minimalismo y total ausencia de elementos decorativos, aspecto robusto, volúmenes angulosos y estructuras cúbicas.

La idea que busca transmitir es la pura idiosincrasia tanto de la diosa como de la ciudad de Troya. La estética brutalista apela a la belleza de las matemáticas y las ciencias, evocando la ley y la estrategia, atributos directos a Atenea.

Además, la supresión de la ornamentación, diferenciándose del resto de obras del mundo griego, da a entender que Íleon es una ciudad que juega en otra liga, que, al ubicarse en Asia, manifiesta un cosmopolistismo conservando, al mismo tiempo, la esencia de la cultura griega, una cultura avanzada, rica y sofisticada.

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Templo de Atenea de Troya, síntesis de arquitectura clásica con brutalismo.

La plasticidad atemporal de la Odisea

La Odisea de Christopher Nolan, pone de manifiesto, una vez más, la genialidad de la obra original, que, al igual que las obras de autores inmortales, permite diferentes adaptaciones y renovaciones. La perdurabilidad eterna de los poemas de Homero permite cambios estilísticos, visuales, reinterpretaciones y revisionismo histórico según las condiciones materiales del momento. Es decir, transmitir valores morales contemporáneos, como sucede en esta versión, en la que se critica la decadencia de Occidente, la barbarie de las potencias y la perversión moral de las nuevas generaciones acomodadas. Homero es atemporal, lo fue en su tiempo y se ha confirmado durante más de 2.800 años.

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