Desde que irrumpió en el panorama internacional con La bicicleta verde (Wadjda, 2012), la primera película saudí dirigida por una mujer, Haifaa Al-Mansour ha consolidado su relevancia, no solo en el cine árabe contemporáneo. Su carrera, desarrollada entre Arabia Saudí (donde durante 35 años el cine estuvo prohibido) y Estados Unidos, alterna producciones internacionales como Mary Shelley o episodios de The Walking Dead con películas profundamente arraigadas en las transformaciones sociales de su país. En La mujer sin nombre, su nuevo largometraje, presentado como un thriller criminal, vuelve a abordar cuestiones que atraviesan toda su filmografía: la identidad, el peso de las tradiciones, la posición de las mujeres y las tensiones de una sociedad en cambio. Conversamos con la directora, afincada en Los Ángeles, sobre la evolución de Arabia Saudí, la complejidad de sus personajes y el papel del cine como agente de transformación cultural.
EVA PEYDRO: Usted trabaja entre Arabia Saudí y Estados Unidos, desde películas independientes hasta grandes series como The Walking Dead. ¿Cómo navega entre esos mundos diferentes?
HAIFA AL-MANSOUR: Simplemente disfruto de la historia. Cuando me ofrecieron una película, por ejemplo, Mary Shelley, me enviaron una historia sobre una mujer inglesa y conecté mucho con el personaje porque tiene carácter, es combativa. Al principio me sorprendí cuando me enviaron el guion y pregunté a mi agente: «¿Saben que soy de Arabia Saudí?». Pero el personaje desbloqueó algo en mí. Al final, siempre son los personajes los que te guían.
Dicho esto, siempre es algo íntimo y muy especial volver a casa y hacer películas en Arabia Saudí. Es como volver con tu madre, ¿sabes? La comida, la cultura, el calor, todo… disfruto muchísimo de ello. Me encanta contar historias de Arabia Saudí.
¿Cree que esos dos mundos se influyen mutuamente?
Absolutamente. Para las directoras es difícil trabajar de forma continuada. Esta es mi quinta película y además he dirigido muchísima televisión. Mantenerme conectada con mi oficio es muy importante.
Aprendes muchísimo trabajando en los rodajes, viendo distintos métodos de interpretación y colaborando con diferentes directores de fotografía y guionistas. Todo eso te permite dominar mejor tu oficio. Y creo que para las mujeres es más difícil, porque muchas veces no tienen la oportunidad de adquirir esa experiencia sobre el terreno. Por eso, cuando llega una gran producción, casi siempre encontramos hombres preparados para dirigirla: porque han tenido tiempo para trabajar y acumular experiencia.
Así que me siento muy agradecida por poder moverme entre ambos mundos.

Desde La bicicleta verde hasta La mujer sin nombre, sus películas parecen reflejar los cambios de la sociedad saudí. Mirando atrás, ¿cree que ha documentado esa transformación? ¿Ha sido una crónica intencionada o involuntaria?
Involuntaria. Porque mis historias no pretenden documentar una época concreta, sino contar una historia. Pero, naturalmente, esa historia está influida por el entorno.
En Wadjda [La bicicleta verde, 2012] el país estaba segregado y por eso yo dirigía desde una furgoneta. En las películas posteriores ya pude estar en la calle con el equipo. Y en La mujer sin nombre pudimos obtener financiación saudí y producirla completamente allí gracias a los fondos públicos que ya existen. Ha cambiado muchísimo.
Me siento mucho más empoderada como productora. Así que, aunque el cambio no aparezca directamente en las películas, sí queda documentado por la forma en que se hacen y por el entorno que las rodea.
¿Cómo surgió La mujer sin nombre? ¿Llegó antes la cuestión social o el thriller?
Ambas cosas. Siempre me han fascinado los thrillers y quería hacer uno con una mujer en el centro de la historia.
Fue difícil escribirlo porque nos bloqueamos durante un tiempo. No conseguíamos encajar las piezas del rompecabezas. Escribo con mi marido y al final comenzamos a escribir desde el final hacia el principio para conectar todos los elementos.
Nawal, la protagonista, es un personaje muy complejo. Está herida, es manipuladora, divertida e incluso inquietante a veces. ¿Qué le interesaba especialmente de ella?
Creo que lo que la define es que nunca se rinde. Se niega a ser marginada, a ser empujada a un lado, a convertirse en nadie. A su manera, sea saludable o no, se niega a desaparecer.
Para las mujeres es difícil, porque la sociedad pone mucho énfasis en ser esposa, madre y todas esas identidades. Y cuando dejas de ser alguna de esas cosas, sientes que como persona dejas de existir. Alguien te arrebata esa identidad y de repente eres nadie.
Creo que eso explica la rabia que siente. Es un personaje muy complejo y me gusta mucho.

Mila Al Zahrani se ha convertido en una colaboradora importante para usted. ¿Qué la hace especial?
Mila es una actriz muy transparente. Puedes ver su alma. A veces ves únicamente la interpretación, pero con ella desaparece esa barrera.
Es una actriz muy profesional, una colaboradora extraordinaria. Todo el equipo la quiere. Siempre llega al rodaje con una energía maravillosa.
Además, procede de una pequeña ciudad y se ha hecho a sí misma. Yo también vengo de una pequeña ciudad y me he hecho a mí misma. Ver a una mujer triunfar por sus propios medios es algo fascinante y muy gratificante para mí. La adoro.
¿Piensa volver a trabajar con ella?
Todavía estoy intentando salir de un bloqueo creativo, pero me encantaría trabajar de nuevo con Mila. Es maravillosa.
Me llamaron la atención los personajes masculinos jóvenes. Parecen divididos entre la lealtad a la familia y unas tradiciones que ya no aceptan completamente. ¿Le interesaba mostrar una masculinidad diferente?
Absolutamente. Las películas son como un espejo. Cuando haces una película para los saudíes, ellos quieren verse reflejados.
Por ejemplo, el jefe de policía es amable con ella, la apoya y se interesa por su carrera. Y normalmente en una situación así se esperaría una historia romántica. Pero me gustaba que no fuera así. Es simplemente una compañera y él quiere ayudarla.
Queremos mostrar a los hombres: «Así es como se hace».
También el primo de la víctima pertenece a una generación diferente.
Exacto. Quería mostrar a alguien dividido. En Arabia Saudí es difícil dejar de ser tradicional o religioso porque somos una sociedad tribal. Pero se pueden introducir pequeños cambios. Puedes seguir siendo tradicional y religioso y, al mismo tiempo, respetar a las mujeres y verlas como iguales, no como alguien a quien controlar.
El título Unidentified sugiere algo más que un cadáver sin identificar. ¿Tiene también que ver con mujeres privadas de identidad?
Absolutamente. Hay una escena en la oración fúnebre. Los extras me dijeron que cuando se reza por una mujer no se pronuncia su nombre. Les pregunté si eso era contrario al islam y me respondieron que no, que simplemente era la costumbre.
Entonces les dije: «Pues en la película sí vamos a decir su nombre». Porque forma parte de devolver la dignidad a esa chica y de identificarla por su nombre.
De hecho, es una escena que emociona.
Fue una escena muy emocionante. Lloré al rodarla. Estamos programados de cierta manera y necesitamos más películas que cuestionen esas pequeñas formas de negar a las mujeres el lugar que merecen.
Sus películas retratan una sociedad en transición. ¿Es optimista respecto al futuro de Arabia Saudí?
Sí, soy muy optimista. Introducir el arte en una sociedad conservadora —el cine, la música, la literatura— cambia el corazón de las personas y las acerca a la modernidad.
Participé el año pasado en la Conferencia de críticos de Riad y me sorprendió muchísimo el nivel de los profesionales y de la cultura cinematográfica.
¡Fue increíble! Me alegra oír eso porque cuando lo cuento la gente no lo entiende. Durante mucho tiempo fuimos una sociedad sencilla, venimos del desierto, y la sencillez tiene algo hermoso. Pero ahora están surgiendo muchas cosas nuevas que hacen la sociedad más sofisticada.
Esperamos su próxima película.
Muchas gracias. Gracias de verdad.
A lo largo de la conversación, Haifaa Al-Mansour transmite una mezcla de lucidez, optimismo y profunda convicción en el poder transformador de la cultura. Manteniendo distancias con cualquier discurso de confrontación, sus películas cuestionan las inercias sociales desde dentro, dando voz a personajes que se niegan a desaparecer. En Unidentified, el misterio criminal es también una reflexión sobre la identidad y la dignidad, pero sobre todo la constatación de que los cambios más profundos no siempre llegan mediante rupturas espectaculares, sino a través de pequeñas transformaciones capaces de modificar la mirada de toda una sociedad.






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