La primera parte de la Mostra de Venecia ha dejado sin duda un nivel de calidad notablemente alto, con propuestas sólidas venidas de distintas cinematografías con la excepción de los dos títulos italianos de Andrea Pallaoro y Paolo Strippoli (The Echo Chamber y L’estranea) que no solo fracasan en lo que se proponen, sino que además cargan con una pretenciosidad autoral que resultó francamente molesta. A la confirmación de la calidad citada anteriormente contribuyó la película danesa Woman Unknown.
May el-Toukhy, su directora, llega a la competición de Venecia con su tercer largometraje, siete años después de Reina de corazones, y lo hace con una de las propuestas más incómodas del certamen. El largometraje se sitúa en la Dinamarca de 1945, en los días eufóricos e inestables que siguieron a la liberación del ocupante nazi. Marie (Mathilde Arcel), niñera y sirvienta, está a punto de casarse con Christian, el acaudalado viudo para quien trabaja, propietario de una fábrica de guantes. Pero Marie guarda un secreto vergonzante: durante la guerra mantuvo una relación íntima con un soldado alemán, y ese pasado amenaza con destruir el estatus que está a punto de conquistar.

La actriz Mathilde Arcel en Woman Unknown. © Andrejs Strokins.
La directora danesa concentra la acción en apenas cinco días, una decisión que ella misma explica como una forma de intensificar el ritmo de persecución y de eludir el juicio moral sobre lo que sintió Marie por aquel soldado —amor, deseo, supervivencia, todo junto o nada de eso—, para centrarse en el verdadero tema de la película: el cuerpo femenino como territorio público, como campo de batalla sobre el que una sociedad descarga su vergüenza colectiva.
El resultado es una representación notable del conflicto interior del personaje, sostenida por un registro estilístico frío que, lejos de alejarnos, nos instala dentro de la laceración. El-Toukhy filma casi siempre desde el hombro de Marie o de manera fríamente frontal y lúcida, una cámara que la sigue de tal manera que compartimos constantemente como espectadores su desorientación y su cálculo llenos de angustia y desasosiego.
Woman Unknown pertenece a esa categoría de cine histórico que rehúye la reconstrucción de época como decorado para convertirla en instrumento de indagación sobre el presente.
Esta frialdad formal —los grises de la posguerra, la rigidez de una puesta en escena que rehúye el pintoresquismo de época— no es, sin embargo, distancia, sino método: permite habitar desde dentro tanto el trauma personal de Marie como el odio colectivo hacia las supuestas colaboracionistas, ese linchamiento social que la película documenta con dureza casi insoportable, mujeres rapadas, marcadas, escupidas en plena calle en nombre de una purificación patriótica que necesitaba víctimas visibles.

La actriz Mathilde Arcel en Woman Unknown. © Andrejs Strokins.
Particularmente eficaz es el uso de las sobreimpresiones que intercalan violencia de posguerra —imágenes casi documentales de castigos públicos, de cuerpos de mujeres expuestos al escarnio— sobre la narración de Marie, un recurso que amplía el caso individual a fenómeno europeo sin abandonar nunca el punto de vista estrictamente personal de la protagonista. La paleta cromática refuerza esa tensión: el rojo, color que la propia directora vincula tanto a la bandera danesa como a la nazi, reaparece como advertencia subliminal, mancha que contamina lo doméstico —la esvástica pintada en una puerta, en una espalda— hasta convertirse en amenaza permanente.
El cierre de la película es de una crudeza formal que merece mención aparte: los primeros planos finales del rostro de Marie, ya convertida en la señora de la casa mientras prueba el traje nupcial, se sostienen durante un tiempo que roza deliberadamente lo insoportable. No hay alivio en ese matrimonio conseguido a fuerza de silencio y cálculo: el rostro de Arcel, filmado como objeto casi sacrificial de una unión que no nace del amor sino de la oportunidad y la necesidad de protección, comunica un malestar que la duración misma del plano vuelve físico. Es una decisión de montaje valiente, que rehúsa cualquier cierre reconfortante y deja al espectador exactamente donde el personaje se ha quedado: atrapada dentro de una casa y una futuro marido despótico que la salva y la condena a la vez.

La actriz Mathilde Arcel en Woman Unknown. © Andrejs Strokins.
Mathilde Arcel sostiene el film entero con una interpretación magnética, capaz de transmitir el cálculo, el miedo y el resto de dignidad de Marie sin apenas recurrir al desahogo verbal; buena parte del trabajo actoral pasa por los ojos, por una vigilancia constante que nunca baja la guardia. Woman Unknown pertenece a esa categoría de cine histórico que rehúye la reconstrucción de época como decorado para convertirla en instrumento de indagación sobre el presente, sobre cómo seguimos juzgando y exponiendo los cuerpos y los deseos de las mujeres, no solo en tiempos de guerra.







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