«Company» y «Bunker», meditaciones desiguales sobre el miedo

En Cine y Series martes, 08/09/2026

Gian Giacomo Stiffoni

Gian Giacomo Stiffoni

PERFIL

La Mostra de Venecia acaba de dejar atrás su ecuador y la coincidencia de dos títulos de directores estadounidenses en la misma jornada —Company y Bunker— sirve como buen termómetro de por dónde respira la competición en este tramo intermedio. Cada película habla, a su manera, del miedo a lo que viene: ambas parten de historias de pareja o de familia amenazadas desde fuera, y ambas terminan revelando, con fortuna muy distinta, hasta qué punto el refugio que construimos puede convertirse en la propia trampa.

Company

Company (Casey Affleck, 2026)

Company es la tercera película de Casey Affleck como director. Él mismo la describe como el cierre involuntario de una trilogía sobre el modo en que hacemos las paces con la vida que nos ha tocado. La estructura es la de un wéstern gótico construido como una muñeca rusa: en la nochebuena de 1975, una mujer desconocida, Evelyn, se presenta sin invitación en una reunión familiar y cuenta la historia de Tom, un ermitaño que en 1953 rescata a una actriz varada en una tormenta de nieve.

La actriz, para pasar la noche, cuenta a su vez una historia más antigua, la de un matrimonio de granjeros que en 1903 acoge a un joven vagabundo mientras el territorio se ve sacudido por una serie de crímenes de una crueldad inusual. Cada relato engendra otro, y ese anidamiento produce un efecto curioso: el tiempo deja de avanzar y se queda suspendido en un presente inmóvil, aunque las épocas cambien de década en década.

Company

Adelaide Clemons en Company.

Al principio el mecanismo funciona, incluso seduce; hay algo hipnótico en dejarse llevar por un narrador que se abisma en su propio relato. Pero con el paso de los minutos el hilo más oscuro de la trama —esa vena de sangre antigua que atraviesa el cuento del granero, sin necesidad de nombrarla más— pierde fuerza en lugar de ganarla, hasta reducirse a una fábula bastante convencional sobre la rabia adolescente que no envejece nunca.

Los actores, empezando por Nick Nolte y terminando por Adelaide Clemens siguen fielmente esa frialdad narrativa, y terminan por resultar casi inexpresivos, como si la propia estructura les impidiera respirar. Queda, eso sí, una fotografía de una belleza evocadora casi dolorosa: la nieve, la madera vieja de las cabañas, esa luz de invierno que parece llegar de otro siglo.

Ben Mendelsohn en Company.

Se sale de Company con la sensación de haber asistido a algo bellamente concebido y progresivamente vaciado. Y quizá por contraste —o quizá simplemente porque el día pedía algo que doliera de verdad—, Bunker resulta la propuesta más honesta de la jornada, la que se atreve a mirar de frente en lugar de retroceder hacia la fábula.

Penélope Cruz lo dice al inicio de la película con una sencillez que se queda flotando entre el público: las relaciones duran no porque sean fuertes, sino porque logramos proteger la fragilidad que las sostiene. Esa fragilidad es exactamente lo que Florian Zeller —el mismo cineasta de El padre y El hijo— filma durante hora y media larga, con Cruz y Javier Bardem interpretando por primera vez a un matrimonio, Sofía y Miguel, en un guion escrito específicamente para ellos.

La premisa es sencilla y devastadora: Miguel, arquitecto, acepta construir un búnker de supervivencia para un magnate tecnológico, y esa decisión moralmente ambigua empieza a resquebrajar diecisiete años de vida en común.

Bunker

Penélope Cruz y Javier Bardem en Bunker. © Blue Morning Production.

La fragilidad de la pareja se contagia a todo lo demás: a la seguridad del hogar, a la confianza en el mundo entero, que necesita hoy más ventanas abiertas que búnkeres cerrados come a firma Bardem al final del largometraje. Una frase que resume mejor que cualquier sinopsis el corazón de la película: el miedo que nos empuja a blindarnos es el mismo que termina por asfixiarnos.

Zeller lo traduce visualmente con una casa que empieza pareciendo transparente, todo cristal y luz, y que a medida que avanza el relato se va cerrando sobre sí misma hasta parecer, en efecto, un búnker. El rojo y el azul dominan el fondo de cada plano, colores que envuelven sin nunca ser decorativos, siempre al servicio de una tensión que no necesita levantar la voz. Cruz y Bardem entregan un trabajo de una finura notable, hecho de silencios y miradas que dicen más que cualquier diálogo explicativo y que subraya con el justo equilibrio el discurso formal de Zeller.

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