Verdi, Falla y el fado: dos grandes noches en Ravenna

En Música lunes, 13/07/2026

Gian Giacomo Stiffoni

Gian Giacomo Stiffoni

PERFIL

Tras casi dos semanas desde el memorable concierto del 7 de junio, centrado en la espléndida Nobilissima visione de Hindemith, Riccardo Muti regresó al podio del Ravenna Festival al frente de la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini con un programa que unía a Verdi con el siglo XX español y francés. A pocas semanas de cumplir ochenta y cinco años, el maestro napolitano volvió a demostrar que mantiene intactas la autoridad del gesto, la claridad técnica y una extraordinaria capacidad para modelar el discurso musical.

Ravenna

Riccardo Muti e un momento del concierto con la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini. © ZANI-CASADIO.

La primera parte, dedicada a Verdi, permitió apreciar una vez más el refinamiento estilístico de Muti, especialmente en el fraseo y en el cuidado de las dinámicas. Sin embargo, la joven formación italiana no alcanzó el nivel esperado. La cuerda evidenció una sonoridad algo tensa y una cohesión insuficiente entre atriles, limitaciones perceptibles tanto en la obertura de Nabucco como, sobre todo, en Le quattro stagioni del ballet de Les vêpres siciliennes —ópera pensada originalmente para la Ópera de París en 1855. Pese a ello, la autoridad del director consiguió mantener siempre la lógica interna del discurso y extraer de la orquesta momentos de notable calidad. Entre los solistas volvió a sobresalir el clarinetista Davide Pellegri, de sonido noble y excelente musicalidad.

El concierto cambió de dimensión tras el descanso. Aunque las limitaciones de la formación no desaparecieron por completo, la orquesta encontró una mayor concentración y respondió con mucha más convicción a las exigencias de Muti. La Suite n.º 2 de El sombrero de tres picos reveló una lectura de gran inteligencia musical. Lejos de insistir únicamente en el color local de la partitura, el director puso de relieve la modernidad de la escritura de Manuel de Falla, situándola con plena naturalidad junto a las grandes corrientes orquestales del siglo pasado representadas por Ravel y Stravinski.

La extraordinaria gestión de los planos sonoros permitió además escuchar con absoluta nitidez la riqueza de la orquestación, mientras el magistral control del ritmo y de las distintas capas tímbricas dotó a la interpretación de una tensión y una vitalidad poco comunes.

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Un momento del concierto a Ravenna de Riccardo Muti y la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini. © ZANI-CASADIO.

El Bolero de Ravel constituyó sin duda el momento culminante de la velada. Muti evitó cualquier tentación efectista para construir la célebre página como una inmensa progresión sonora, sostenida con admirable paciencia y un dominio absoluto de la arquitectura de la obra. Cada nueva intervención instrumental se integró con naturalidad en un crescendo cuidadosamente dosificado hasta desembocar en un final de enorme fuerza expresiva.

Fue precisamente en esta segunda parte donde la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini mostró su mejor rostro y donde el magisterio del director italiano volvió a imponerse con toda su grandeza.

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La Rocca Brancaleone durante el concierto de Dulce Pontes. © ZANI-CASADIO.

Pocos días después del concierto dirigido por Muti, el festival cambió por completo de atmósfera, como es habitual en su ADN, con la esperada actuación de Dulce Pontes en una Rocca Brancaleone completamente abarrotada. El numeroso público, que ocupó todos los espacios disponibles del recinto al aire libre, recibió con un entusiasmo constante a una artista que, tras treinta y cinco años de carrera, continúa demostrando una personalidad interpretativa absolutamente inconfundible.

La cantante portuguesa abrió la velada con una emocionante versión de Caruso, de Lucio Dalla, interpretada con una intensidad expresiva que marcó desde el primer instante el tono del concierto. A partir de ahí desplegó un recorrido por las distintas facetas de su trayectoria, en el que el fado dialogó con las músicas del Mediterráneo y con una sensibilidad capaz de trascender cualquier frontera estilística.

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Dulce Pontes en Ravenna. © ZANI-CASADIO.

Uno de los momentos más emotivos llegó con el homenaje a Ennio Morricone. La cantante portuguesa interpretó el tema que el compositor escribió especialmente para ella a partir de Cinema Paradiso, evocando la profunda relación artística que ambos compartieron durante años. Su voz, de extraordinaria amplitud tímbrica y riqueza de matices, encontró en esta página uno de los momentos de mayor emoción de la noche. Acompañada por un excelente quinteto formado por piano, batería, guitarra portuguesa, guitarra y bajo eléctrico, la cantante ofreció una interpretación en la que la expresividad prevaleció siempre sobre cualquier exhibición técnica.

El resultado fue un concierto en Ravenna de enorme intensidad comunicativa que confirmó, una vez más, la excepcional capacidad de Dulce Pontes para convertir cada actuación en una experiencia profundamente humana y musical.

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