Con Primetime, Lance Oppenheim da el salto del documental a la ficción de la mano de Robert Pattinson, que no solo interpreta a Chris Hansen sino que afronta aquí su primera experiencia como productor. El actor lo confirmó durante su encuentro con la prensa en Venecia, al explicar la intensidad con la que se implicó en un proceso de desarrollo que llegó a acumular alrededor de un centenar de versiones del guion.
Ambientada en 2006, la película estrenada en Sección Oficial en el 83º Festival de Venecia, recupera el momento de máximo éxito de To Catch a Predator, el segmento de Dateline NBC conducido por Hansen en el que hombres que creían acudir a una cita sexual con un menor eran atraídos hasta una casa preparada para el programa, confrontados ante las cámaras y posteriormente detenidos.

Oppenheim sitúa la acción en un momento particularmente significativo: inmediatamente antes del iPhone y de la progresiva desaparición de la llamada appointment television, cuando reunir a millones de espectadores frente al televisor a una hora determinada todavía otorgaba un poder extraordinario.
No hace falta, sin embargo, conocer el programa original para entrar en Primetime. Aunque To Catch a Predator pertenece a un contexto televisivo muy estadounidense, el mecanismo resulta inmediatamente reconocible: el reality, la humillación pública, la promesa de acceder a algo prohibido y, sobre todo, la transformación de la justicia en espectáculo. Lo que comienza como una advertencia sobre un peligro real termina sometiéndose inevitablemente a las reglas de cualquier producto televisivo de éxito: si funciona, hay que repetirlo; y si se repite, cada nueva entrega necesita ofrecer algo más que la anterior.

La realidad como espectáculo
Oppenheim entiende bien que una película sobre esta televisión difícilmente podía adoptar una forma convencional. Primetime se construye como un objeto visualmente saturado, hiperactivo y progresivamente alucinado, una especie de pesadilla de colores intensos en la que las fronteras entre información, representación y entretenimiento comienzan a desdibujarse. El propio director define la película más como un fever dream que como un biopic y reconoce su interés por mezclar realidad y ficción del mismo modo en que el programa utilizaba casas falsas, señuelos y dispositivos escénicos para producir consecuencias absolutamente reales.
La decisión es coherente con aquello que cuenta, pero esa coherencia no evita que termine resultando agotadora. Como sucedía en Ink, de Danny Boyle, la película acaba reproduciendo formalmente el mismo mecanismo que pretende analizar: la necesidad de mantener permanentemente estimulado al espectador. La cámara, el montaje y la acumulación de estímulos transmiten eficazmente la excitación de una maquinaria televisiva que necesita superar el impacto de la semana anterior, pero el procedimiento pierde fuerza precisamente por reiteración.
Resulta más interesante cuando Oppenheim deja momentáneamente de contemplar a Hansen y observa a quienes participan en esa maquinaria, porque Primetime no es únicamente la historia de su presentador. Los demás personajes tienen conflictos propios y comienzan a preguntarse qué parte de sí mismos están sacrificando para mantener vivo el espectáculo.
La productora (Merrit Weber) debe decidir cuánto tiempo está dispuesta a permanecer en un trabajo en el que siente que su aportación no recibe reconocimiento. Más significativa todavía resulta la figura de Decoy Dan (Skyler Gisondo), obligado a adaptarse emocionalmente a un trabajo bastante insólito: interpretar a un menor para servir de cebo a hombres que creen estar concertando una cita sexual con un niño. No sorprende que Oppenheim y el guionista Ajon Singh acabaran considerando la relación entre Chris y Dan como el verdadero corazón de la película.

Robert Pattinson se convierte en Chris Hansen
Pattinson construye un Hansen abiertamente histriónico, con poco espacio para los matices, pero consigue sostener una interpretación que podría haber caído fácilmente en la caricatura. El actor estudió durante horas las apariciones del presentador real para reproducir su particular voz y sus gestos, mientras Oppenheim terminó filmándolo casi como si continuara trabajando con uno de los protagonistas de sus documentales, adaptando la puesta en escena a lo que Pattinson hacía delante de las cámaras.
Hay además algo especialmente pertinente en convertir a Hansen en un personaje que está siempre interpretándose a sí mismo. El periodista pretende combatir un mal inequívoco, pero al mismo tiempo debe fabricar televisión. Y cuanto mayor es el éxito del programa, más difícil resulta determinar dónde termina el periodista y comienza el performer.
Ahí aparece una de las cuestiones más problemáticas de Primetime. La película trabaja constantemente con aquello que las personas necesitan ocultar y con el poder que adquiere quien consigue descubrirlo. La pederastia puede conducir al castigo público; la infidelidad, al chantaje. Son transgresiones de naturaleza y gravedad radicalmente distintas, pero la película las introduce dentro de una misma lógica de secreto, exposición y amenaza sin establecer siempre con suficiente claridad la distancia moral que las separa.
La contradicción es significativa porque Hansen construye precisamente su mundo sobre categorías tajantes: inocentes y culpables, víctimas y monstruos. La película quiere problematizar esos binarismos —el propio planteamiento del personaje acaba erosionándolos—, pero en ocasiones parece quedar atrapada en ellos.
«Eso lo usaremos»
Es el inesperado y trágico desenlace el que lleva esta lógica hasta sus últimas consecuencias. Lo sucedido podría detener la maquinaria, imponer silencio, quizá incluso obligar a sus responsables a reconsiderar aquello en lo que se ha convertido el programa. Pero la reacción es otra: «Eso lo usaremos».
No hay una gran reflexión posterior ni parece necesaria. La frase funciona como colofón de todo lo anterior: el acontecimiento más grave tampoco consigue existir al margen del espectáculo, puede convertirse en contenido.
Esa sería la imagen que condensa Primetime. Oppenheim está menos interesado en decidir si Chris Hansen es un héroe o un oportunista que en observar el proceso por el cual una intención inicialmente legítima queda sometida a la lógica de la audiencia. El problema ya no consiste únicamente en determinar si aquello que vemos es periodismo, justicia o entretenimiento, sino en preguntarnos qué sucede cuando las tres cosas resultan imposibles de separar.
Primetime funciona mejor cuando observa esa voracidad que cuando intenta penetrar psicológicamente en el hombre que ocupa su centro. Su estética reproduce con coherencia el mundo que retrata, aunque termina padeciendo el mismo problema: necesita estimularnos constantemente. Pero cuando finalmente ocurre algo capaz de detener el espectáculo, la respuesta resume de manera brutal todo el mecanismo. También eso puede utilizarse.







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