Cultura

El pensamiento planetario de Yuk Hui

En Hermosos y malditas, Cultura miércoles, 09/09/2026

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

La editorial Caja Negra acaba de incorporar a su catálogo Máquina y soberanía. Para un pensamiento planetario, del filósofo Yuk Hui, uno de los nombres más sugerentes de la filosofía contemporánea de la tecnología. Pensar el planeta con Yuk Hui significa situarse en la tensión, interdisciplinaria y movible, entre la tecnodiversidad y lo universal, entre la necesidad de preservar formas plurales de comprender y desarrollar la técnica y la evidencia de que algunos de los grandes desafíos contemporáneos ya son comunes a toda la humanidad.

Publicado originalmente en inglés en 2024 y aparecido en castellano en 2026, con traducción de Maximiliano Gonnet, el libro parte de una constatación difícilmente discutible: la inteligencia artificial, la crisis ecológica, los conflictos geopolíticos y la concentración del poder tecnológico han adquirido una dimensión que desborda tanto al Estado-nación como buena parte de las categorías políticas con las que seguimos intentando comprender el presente.

Nacido en Hong Kong, Hui posee, además, una formación particularmente apropiada para semejante empresa. Estudió ingeniería informática en la Universidad de Hong Kong antes de doctorarse en filosofía en Goldsmiths, bajo la dirección de Bernard Stiegler. Actualmente es catedrático de Filosofía en la Universidad Erasmo de Róterdam y dirige allí el Erasmus Institute for Philosophy and Technology. Sus libros, traducidos a numerosos idiomas, han hecho de conceptos como «cosmotécnica» y «tecnodiversidad» referencias habituales en los debates contemporáneos sobre tecnología.

Yuk Hui

¿Qué propone ahora Hui? Ante todo, distinguir «globalización» de «pensamiento planetario». La primera habría extendido por todo el mundo un determinado modelo económico, tecnológico y epistemológico de corte neoliberal. El planeta se ha conectado, ciertamente, pero lo ha hecho mediante infraestructuras, sistemas técnicos y formas de racionalidad cada vez más homogéneas. La misma inteligencia artificial, las mismas grandes plataformas, idénticas redes logísticas y una creciente concentración de la información producen una paradójica uniformidad tecnológica bajo la apariencia de diversidad cultural.

Pensar planetariamente significaría, por el contrario, reconocer la interdependencia sin aceptar esa homogeneización. Hui articula su propuesta alrededor de tres diversidades: biodiversidad, noodiversidad y tecnodiversidad. A la necesaria preservación de las diferentes formas de vida habría que añadir la pluralidad de formas de pensar y, finalmente, una diversidad tecnológica capaz de impedir que una única concepción de la técnica se imponga como destino universal.

Aquí aparece uno de sus conceptos más conocidos como es el de «cosmotécnica». Frente a la idea de que la tecnología constituye una realidad universal que simplemente avanza siguiendo su propia lógica, Hui recuerda que las distintas sociedades han insertado históricamente sus prácticas técnicas dentro de concepciones diferentes de la naturaleza, la comunidad, el cosmos y la vida buena. La tarea consistiría entonces no en renunciar a la tecnología —Hui está muy lejos de cualquier primitivismo—, sino en multiplicar las maneras culturales y políticas de apropiárnosla.

Pensar planetariamente significaría reconocer la interdependencia sin aceptar esa homogeneización.

El diagnóstico posee indudables aciertos. Uno de ellos consiste en colocar la técnica en el centro de la filosofía política (y de la filosofía jurídica en lo que toca a la noción de soberanía y al debate sobre la norma fundamental). Una parte considerable del poder contemporáneo no se ejerce ya únicamente desde gobiernos, parlamentos o instituciones tradicionales, sino mediante infraestructuras digitales, plataformas, algoritmos y sistemas de información capaces de ordenar silenciosamente nuestra experiencia. Hui acierta igualmente al desconfiar de una globalización que durante demasiado tiempo confundió universalización con homogeneización y progreso con aceleración tecnológica.

También resulta estimulante su intento de salir de una alternativa cada vez más inquietante, la de una globalización técnica y económica que uniformiza el planeta, el repliegue identitario, nacionalista o reaccionario no constituye ninguna solución. El pensamiento planetario tal como lo plantea pretende escapar de ambos extremos.

Yuk Hui

Nos ha gustado especialmente la lectura de Hegel, construida a partir de la no siempre bien entendida idea del Estado como realización y, al mismo tiempo, condición de la libertad del individuo, así como el manejo de los debates iusfilosóficos entre Kelsen y Schmitt, la organología de la guerra y, sobre todo, los finos y lúcidos apuntes en torno a una posible «diplomacia epistemológica».

Más allá de un tono por momentos denso y algo farragoso para quienes están más habituados al ensayo o a esa categoría amplia que solemos llamar «pensamiento», las dificultades comienzan, a nuestro juicio, cuando el libro abandona el terreno del diagnóstico y avanza hacia la propuesta normativa. La tecnodiversidad resulta enormemente sugerente como llamada a evitar el monopolio de una única racionalidad tecnológica; convence bastante menos, sin embargo, cuando parece descansar sobre una confianza quizá excesiva en las cosmovisiones, tradiciones y epistemologías locales.

Y es que frente a cierto rebrote de la literatura poscolonial, no toda tradición merece ser preservada por el hecho de ser local, ni toda impugnación del universalismo constituye por sí misma una forma de emancipación. Como hemos defendido ya en este rincón de El Hype, frente a ciertas formas de relativismo cultural conviene no renunciar demasiado deprisa a la posibilidad de una cultura universal y a la existencia de principios susceptibles de valer más allá de su lugar de origen. Las culturas son históricas, híbridas, conflictivas y contienen relaciones de poder, jerarquías y formas de exclusión como cualquier otra construcción humana. Resulta difícil aceptar, además, que frente a problemas genuinamente planetarios —desde el calentamiento global hasta la regulación de la inteligencia artificial— podamos prescindir de ciertos principios universalizables y de instituciones capaces de garantizarlos.

No toda tradición merece ser preservada por el hecho de ser local, ni toda impugnación del universalismo constituye por sí misma una forma de emancipación.

Aquí, en este singular rincón de El Hype, nos sentimos algo lejos de Hui, quizás porque uno tiene la impresión de que una parte de la literatura contemporánea ha convertido el recurrente vocabulario decolonial en una suerte de dispositivo de sospecha capaz de impugnar casi automáticamente cualquier pretensión de universalidad por su presunto sesgo eurocéntrico. La operación puede resultar intelectualmente rentable y, en ocasiones, demasiado cómoda: identificado el origen occidental de una categoría, parece quedar demostrada su ilegitimidad.

Sin embargo, los derechos humanos, la igualdad, la libertad o la dignidad no deberían juzgarse por la geografía de algunas de sus formulaciones históricas, sino por su capacidad para ser apropiados, invocados y reformulados por cualquier ser humano frente al poder.

Precisamente porque el planeta es común, necesitamos preservar la pluralidad y, al mismo tiempo, sostener algunas reglas compartidas. Ese es quizá el límite y, a la vez, el mérito de este estimulante libro de Yuk Hui. ¿Cuál? Obligarnos a pensar hasta dónde puede afirmarse la diferencia sin disolver la posibilidad de lo universal. Una pregunta que, a estas alturas, es ya inevitablemente planetaria.

Hermosos: pensamientos que tienen por sujeto a la humanidad.

Malditas: inercias relativistas sobre la diversidad.

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