“Un bon petit soldat”: la jaula de la performance

En Cine y Series miércoles, 09/09/2026

Gian Giacomo Stiffoni

Gian Giacomo Stiffoni

PERFIL

Stéphane Brizé regresa a la competición de Venecia por cuarta vez, y lo hace retomando el territorio que mejor conoce: el mundo del trabajo como maquinaria que tritura a quienes la sirven. Después del paréntesis sentimental de Hors Saison (2023), el director francés vuelve al díptico que formaron La Loi du marché (2015) y En guerre (2018), esta vez mirando la empresa desde dentro de su cúpula directiva en lugar de desde el lado de los trabajadores.

En Un bon petit soldat, Carla Moretti (Alba Rohrwacher) es una ejecutiva de éxito recién nombrada responsable de recursos humanos en una gran aseguradora parisina. Su misión oficial es velar por el bienestar de los empleados sin renunciar a los objetivos de rendimiento que le impone su jefe (Vincent Lindon, en su sexta colaboración con Brizé); cuando descubre un caso de gestión tóxica dentro de su propia empresa, los compromisos a los que se ve arrastrada empiezan a costarle la cordura y también la relación con su hijo.

Un bon petit soldat

Alba Rohrwacher en Un bon petit soldat. © Christine Tamlet.

La crudeza con la que el director galo, acompañado en la escritura del guion por Coralie Amédéo y Olivier Gorce, retrata el mundo empresarial es de una lucidez quirúrgica. El mismo Brizé ha explicado que el tono de esta película es más cáustico que el de sus trabajos anteriores, y se nota: la empresa aseguradora de la ficción exhibe con total desparpajo un discurso de diversidad, inclusión y bienestar laboral que cambia de bandera según la moda del momento, sin que ninguno de esos valores llegue jamás a encarnarse en una decisión real.

Es un cinismo que no necesita ser exagerado porque la realidad ya lo es; la película se limita a mostrarlo en toda su indecencia desnuda, incapaz de comprender que la inclusión que proclama no es un eslogan sino una práctica cotidiana que exige renunciar a algo.

Un bon petit soldat

Vincent Lindon en Un bon petit soldat. © Christine Tamlet.

El hallazgo más logrado y al mismo tiempo doloroso de la película, sin embargo, está en cómo esa lógica de la performance se cuela en la vida privada de Carla, y particularmente en su fracaso como madre. Rohrwacher retrata a una mujer que jamás concede a su hijo Louis el derecho a la más mínima fragilidad, exigiéndole el mismo rendimiento sin tregua que ella misma se impone en la oficina, en un intento inconsciente de acallar sus propias inseguridades proyectándolas sobre él.

Carla cree en la diversidad, en la empatía, en la idea de un mundo más justo, pero esa convicción personal se queda suspendida en el plano de la intención: no logra traducirse ni en sus decisiones laborales, donde sigue amparando el sistema que la explota, ni en su relación materna, donde repite exactamente los mismos mecanismos de exigencia que padece. Es una contradicción que el realizador no resuelve ni perdona, y que convierte a la protagonista en víctima y verdugo de sí misma, sin necesidad de un solo gesto de villanía explícita dentro de una jaula de la que le es impossible escapar.

El estilo vuelve a ser el característico rigor seco de Brizé, reforzado aquí por un montaje deliberadamente fragmentario —firmado por Géraldine Mangenot— que salta de reunión en reunión como si imitara el desplazamiento nervioso del scroll en redes sociales, y por la decisión radical de no mostrar jamás a Carla fuera del espacio laboral: toda su vida privada llega mediada por pantallas, videollamadas, mensajes, una virtualización total del vínculo humano que resulta más terrorífica que cualquier discurso explícito sobre la alienación contemporánea.

Un bon petit soldat

Alba Rohrwacher en Un bon petit soldat. © Christine Tamlet.

Un bon petit soldat funciona de esta forma como capítulo de cierre, o al menos de síntesis, de la trayectoria que Brizé ha dedicado al mundo laboral desde La loi du marché: quizás no sea su película más lograda de esa serie — cierta reiteración de mecanismos ya vistos se deja sentir —, pero sigue siendo un trabajo notable, sostenido por una Rohrwacher en estado de gracia y por la certeza de un relizador que continúa siendo uno de los cineastas europeos más lúcidos a la hora de diagnosticar cómo el capitalismo contemporáneo nos enseña a violentarnos a nosotros mismos antes de que nadie más tenga que hacerlo.

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