“NAZA”: Gaza fuera de plano

En Cine y Series jueves, 10/09/2026

Gian Giacomo Stiffoni

Gian Giacomo Stiffoni

PERFIL

Añadido a última hora para completar los veintiún títulos del concurso, NAZA llega a la Mostra como el único documental en competición y como la confirmación de una línea que el certamen ya no puede ni quiere disimular: después de que el año pasado The Voice of Hind Rajab, de Kaouther Ben Hania, recibiera más de veinte minutos de ovación y el León de Plata, Venecia vuelve a situar el genocidio palestino en el centro de su programación, esta vez sin la mediación de la ficción.

La producción dice ya mucho del proyecto: lo firman Yuval Abraham y Rachel Szor, dos de los cuatro autores de No Other Land, Óscar 2025; lo produce The Guardian —cuyas investigaciones sobre los sistemas de designación de objetivos asistidos por inteligencia artificial están en el origen del film— junto a James Wilson, y figura como productor ejecutivo Jonathan Glazer. La pareja Wilson-Glazer viene de La zona de interés, y esa filiación no es un dato promocional: es la clave formal de estos ochenta minutos.

Porque NAZA es, sobre todo, un trabajo sobre la mirada. Rodado de noche en las azoteas de Tel Aviv, recoge el testimonio de veinticuatro oficiales y soldados de la inteligencia militar israelí —rostros y voces alterados digitalmente, tras tres años de un rastreo paciente y arriesgado— mientras la cámara se desplaza hacia el horizonte urbano: ventanas encendidas, cenas familiares, el noticiario de las ocho convertido en liturgia nacional.

Las casas de la burguesía israelí, filmadas con una distancia casi de vigilancia, funcionan como contracampo silencioso del relato de los bombardeos perpetrados en Gaza desde el 7 de octubre de 2023, pero iniciados ya años antes. Glazer formuló en su día su ética de la representación diciendo que las víctimas podían quedar fuera de plano, pero nunca fuera de la conciencia; aquí el procedimiento se invierte y se afila: Gaza está presente exactamente por su ausencia también moral, a sesenta kilómetros de un edificio iluminado donde alguien prepara su fin (el cuartel general del IDF) o donde familias viven su vida cotidiana.

Naza

Los directores Yuval Abraham y Rachel Szor. © David Levene The Guardian.

La estructura acompaña esa decisión. Abraham y Szor renuncian al montaje de bustos parlantes y organizan el material como un diálogo, con largos silencios que pesan tanto como las respuestas; la oscuridad, que en el film es a la vez condición de seguridad y condición de franqueza —se dicen a oscuras cosas que no se dirían con luz—, se sostiene sobre una banda sonora de sonidos graves apenas audibles (acreditados a Mica Levi y Rudi Zygadlo, autores de las bandas sonoras de las dos últimas películas de Glazer, Under the Skin y La zona de interés) que no subrayan nada y lo enrarecen todo.

Lo que se escucha, entretanto, tiene una frialdad administrativa que hiela. Los entrevistados describen cadenas de mando en las que la elección de los blancos se delega en sistemas algorítmicos, con márgenes de «daño colateral» fijados de antemano por los altos mandos: NAZA es precisamente el acrónimo usado con el que la inteligencia israelí contabiliza cuántos civiles prevé matar en cada ataque. Civiles vigilados durante años, cuyo vínculo real con Hamás resulta a menudo indemostrable, se convierten en cifras autorizadas por adelantado, eliminadas sin que a nadie le tiemble la voz al contarlo.

El hallazgo más inquietante es haber pedido a esos oficiales que dibujaran a mano, sobre papel, los sistemas de alta tecnología que operaban: en esos esquemas torpes se lee entera la mirada del verdugo. Y el film no se detiene ahí, porque apunta también a la persecución de quienes denunciaron los crímenes ante la Corte Penal Internacional, cerrando el círculo entre la máquina de matar y la máquina de impedir que se la juzgue.

Nada de esto se ofrece como drama de conciencia. NAZA se desentiende deliberadamente de la culpa, del orgullo o del arrepentimiento de sus fuentes, y esa renuncia se revela como cierto: al negarse a acolchar los testimonios con espesor psicológico, el film los deja desnudos como lo que son, procedimientos descritos por quienes los ejecutaban.

La objetividad no enfría el material, lo vuelve infinitamente más atroz, sobre todo en el chocante final frente a las imágenes desde móviles de los edificios derrumbados en Gaza y sus víctimas debajo de los escombros. Devuelve el centro de gravedad adonde debe estar: no en quien mató, sino en quien ha sido asesinado.

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