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En busca de Harrison Ford

En Cine y TV 20 July, 2022

Ángel Pontones

Ángel Pontones

PERFIL

No debe ser fácil ser marquesina viviente de Hollywood durante más de 40 años. Bogart y Marilyn apenas lo fueron 15, y nos parecen muchos más. Brando duró más tiempo, hasta que el perímetro de su cintura desbordó los carteles donde aparecía. 40 años de permanencia en un lugar tan volátil compuesto de gente tan voluble, exigían y exigen más de una cuota: De atractivo natural, de constancia, fortuna y un poco de tomarse las cosas con cierta filosofía. Harrison Ford, que labró su origen humilde como carpintero, pero nunca perdió de vista que este negocio le interesaba, cumple ahora años, un número redondo, contundente, como si todo este tiempo se le (y se nos hubiera) caído por un hueco de la butaca de la sala de cine, y nos hubiera obligado a perdernos parte de la película buscándolo. Y descubrir al volver a la pantalla que la figura de la marquesina ha perdido lustre y camina más despacio, se adivina en ella cierta pose encorvada, una barba larga y blanca que no llega a venerable. Pero aún así sigue atrapando la mirada de todo el que pasa por delante.

No debe ser fácil ser marquesina viviente de Hollywood durante más de 40 años.

En las historias de ascenso y superación hacia la fama no es habitual encontrarnos con la rendición, quizá porque no es un buen ejemplo a mostrar. Pero Harrison Ford, que desde muy joven se da cuenta que solo se siente hábil interpretando un texto ante un público o una cámara, va encontrándose en su singladura con varios papeles tan desprovistos de sustancia, que siendo un don nadie se atreve a criticarlos, y con ello a ser paria dentro de la industria. Salta a la televisión pero se lleva los mismos papeles insustanciales con él. Llega a la conclusión que la misma insustanciabilidad forma parte de su registro, y allá por 1970 tira la toalla. De paso casi se mata en un accidente de coche que le dota de una cicatriz muy característica. Pero eso aún nadie lo sabe.

harrison ford

Harrison Ford trabajando de carpintero en casa de Sergio Mendes.

Con 30 años escoge nueva profesión y se vuelve carpintero autodidacta. Parece arriesgado para alguien que reconoce que nada se le da bien, pero esto no se le da del todo mal, y su lista de clientes cuenta con algún pez gordo como Fred Roos, productor del nuevo Hollywood atrapado por los ecos que aún resuenan del viejo. Roos es un hilo que conecta a gente interesante, entre ellos dos jóvenes talentos a la espera de su primer encargo importante: Francis F. Coppola y George Lucas. Lucas congenia enseguida con aquel aspirante a todo, y le ofrece el papel del caradura con sombrero de American Graffiti (1973), primero de una serie de tipos muy seguros de sí mismos, que acompañarán a Harrison Ford lo largo de la siguiente década. Este fresco de Lucas, acerca de unos años 50 cuya iconografía y contradicciones siempre han fascinado al cine americano, será una tarjeta de presentación contundente para su director, pero a Ford no le sacará de la irrelevancia ni de las manualidades.

Es otro Ford, Coppola, el que alimentándole de papelitos muy secundarios pero importantes en la trama, mantendrá el interés del interprete en su carrera. Coppola es en esos momentos un rey Midas que vuelve en oro lo que toca, y Ford aprende a manejarse en esa maravillosa rareza que es La conversación (1974), o como el Coronel Lucas (¿guiño al amigo común George?) destinado a explicar en menos de 3 minutos su misión al teniente Willard de Apocalypse Now (1979). Cuando la película se estrene, tres años después de su rodaje, ni Harrison, ni Coppola, ni siquiera Willard, serán los mismos.

Harrison Ford

Harrison Ford en Apocalypse Now.

Y todo porque George Lucas, que no tenía previsto embarcar al actor en su nueva aventura, decide que no hay mejor presencia que interprete al aventurero Han solo, contrapeso de la pareja protagonista, el granjero Luke Skywalker y la princesa Leia Organa. El proyecto, un western ambientado en el espacio y rodado en Túnez con los mínimos costes, cuenta con la única y decisiva baza de una historia repleta de posibilidades. Y Ford está tan divertido y resuelto en su cometido, que de algún modo enlaza con una larga saga de héroes cuyos orígenes se remontan al cine mudo, como Douglas Fairbanks o posteriormente Errol Flynn, pasando por el protoIndianaJones Stewart Granger, hasta desembocar en el todo terreno Steve McQueen.

El éxito inesperado y descomunal de Star Wars (1976) provoca como efecto colateral que productores y agentes le echen una ojeada más extensa al hombre que hay detrás de Han Solo, sabedores que gestionado por manos hábiles, hay una máquina de hacer dinero detrás de este hijo pródigo reencontrado para la causa. Para demostrarlo, su siguiente proyecto y su primera secuela, un desastre llamado Fuerza 10 de Navarone (1978), donde la mirada cínica de Ford sostiene en vilo buena parte de la historia. La seguridad de haber encontrado su sitio demuestra que ya no tiene nada que ver con el principiante que ocultaba en su arrogancia el temor a triunfar. Ahora tiene las cosas suficientemente claras para no moverse de su terreno, donde puede esconder sabiamente sus defectos. Y podemos preguntarnos: ¿Qué defectos? ¿Acaso tener poco más de un registro? Ford tiene mucho tiempo por delante para pulirse. Ha llegado tarde pero no demasiado.

El Imperio coontrataca (The Empire Strikes Back, 1980) le servirá a Lucas para reafirmar su franquicia, y a Ford para consolidar su imagen, a la espera de un vehículo que la mitifique. Este llega con el personaje del arqueólogo Indiana Jones, creado para lucimiento de Tom Selleck, pues Ford nunca parecía ser la primera opción de los que finalmente apostaban por él. Indiana Jones En busca del arca perdida (Raiders Of The Lost Ark, 1981), es la madre de todas las aventuras pulp que sus creadores leyeron y soñaron en los cómics de su infancia, y resulta milagroso que todo el batiburrillo que contiene, transforme un sencillo divertimento de serie B en un clásico atemporal. La más afortunada conjunción de Steven Spielberg y George Lucas no solo enriquecerá el desván de los atrezzos míticos con un látigo negro y su sonido restallante, y un nuevo sombrero (marca Fedora), sino que germinará una serie de 5 películas (espoleadas las dos últimas por esta insaciable sed de nuestro siglo de aprovechar hasta el último cartucho de la nostalgia) con las cuales Harrison Ford ya entraría en el panteón de ilustres, aunque se hubiera limitado a no aparecer en un plató el resto de su vida.

Indiana Jones

Pero es en los años 80, donde se dan los máximos esfuerzos del intérprete por acercarse a un estatus de actor antes que de figura. Blade Runner (1982), otro clásico que madurará más despacio, que Ford apenas entiende y en el que no pone muchas esperanzas, es un primer paso para desvestir al ícono de su seguridad. Su alter ego Rick Deckard responde a estas dudas de Ford, y su figura cobra entidad conforme se le examina con la distancia que marca el tiempo.

Una vez cumplidos sus compromisos con las macrofranquicias de Lucas y Spielberg, nuestro hombre se atreve con otro detective metido en una historia muy diferente: Único testigo, (Witness, 1985). Tenemos aquí el más ambicioso de estos intentos de la estrella por buscar sus límites, y resulta el primer papel en que realmente Ford se desprende de su leyenda, para encarnar a alguien más terrenal. Nunca estará más cerca del reconocimiento anual de la Academia del Cine. A ella le sigue otro proyecto más ambicioso, La costa de los mosquitos (The Mosquito Coast, 1986), repitiendo colaboración con Peter Weir y cosechando su primer fiasco comercial, acaso por lidiar con un personaje imposiblemente antipático. Será más gratificante su primera colaboración con Mike Nichols en la divertida Armas de mujer (Working Girls, 1988), y decepcionante la mixtura con Roman Polanski en Frenético (1988), donde ambos demostrarán que en métodos son poco más o menos que agua y aceite. El melodramón de superación A propósito de Henry (Regarding Henry, 1991) o la exitosa adaptación de El Fugitivo (The Fugitive, 1993), completan esta fase afirmativa.

Harrison Ford

Harrison Ford con Roman Polanski en el rodaje de Frenético.

Es entrada la cincuentena cuando nuestro hombre pone un piloto automático que le lleva a aceptar proyectos intrascendentes cuando no bastante pobres. Ya no hay búsqueda de límites, sino el propósito firme de perdurar en su condición de estrella. Su intento de crear nueva saga con el agente de la CIA Jack Ryan, la creación de Tom Clancy, deja para la posteridad dos películas no precisamente memorables. Ford va dejando de ser un filón para la taquilla, con excepciones como la prescindible Seis dias y siete noches (Six days, seven nights, 1998), el encuentro demasiado forzado con la estrella emergente Brad Pitt (The Devil’s Own, 1996), o esa historia sólida y estimable que es K-19: The Widowmaker, 2002.

Es a partir de entonces cuando el actor reduce al mínimo sus apariciones, disfrutando de un dolce fare niente que suena a jubilación prematura. Al menos hasta que Steven Spielberg le reta 20 años después de su última aventura, a ponerse de nuevo en la piel del papel que mejor le sienta. El resultado es una experiencia insatisfactoria para todos los que no la produjeron: Indiana Jones y la calavera de cristal (Indiana Jones and The Crystal Skull, 2008).

harrison ford

Harrison Ford con Ridley Scott en el rodaje de Blade Runner.

Harrison Ford se ha desperezado un tanto en la década pasada. Ha sido interesante su presencia en Morning Glory (2011), y hasta simpática en la franquicia “The expendables” (sustituyendo una vez más a la primera opción, Clint Eastwood). Un accidente de avioneta y el reguero de rumores respecto a los gaps de memoria posteriores, no le han impedido seguir con la cabalgata nostálgica en el Episodio VII de Star Wars, El despertar de la fuerza, (The Force Awakens, 2015) donde se le ve en plena forma. O resucitando al policia Deckard en la decepcionante Blade Runner 2049 (2017), donde aparece tarde y mal para brindar una interpretación desganada dentro de una historia desganada, bastante impropia de su director Dennis Villeneuve.

Y en medio de todo esto, largas y más largas, rechazos, revisiones, dudas, y cientos de especulaciones acerca de su participación en la muy tardía quinta entrega de Indiana Jones, un testamento anunciado que el actor, no precisamente repleta su agenda de trabajo, siempre ha parecido renuente a interpretar. Cuando por fin ha dado el sí, Steven Spielberg ya había decidido bajarse del barco, incapaz de encontrar la motivación propia y el encaje ajeno para manejar a un icono cercano a los 80.

Ahora los cumple, recién acabado un rodaje enigmático, filtrado en cuentagotas y gestionado por un tipo tan interesante y competente como James Mangold, pero recorrido por el morbo inevitable de adivinar como serán las andanzas de un aventurero que ya parecía demasiado mayor para hacer cabriolas hace 15 años. Pero que ha vuelto a salirse con la suya encabezando otra nueva marquesina, posiblemente la última, de lo que aún hoy puede considerarse fábrica de sueños.

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