Si la mejor forma de entender a los iconos es a través de su obra, quizá podamos saber algo más de Marilyn Monroe interrogando a los personajes que interpretó a lo largo de una carrera demasiado corta —solo catorce años—, pero tan intensa y fascinante que no podemos dejar de hacerle esta entrevista en su centenario.
ÁNGEL PONTONES: ¿Le duele la cabeza?
MARILYN MONROE: No. Duermo poco y tomo demasiadas pastillas.
Podemos hacer esto otro día.
No, no, hoy está bien. Y las pastillas no son para poder dormir sino para olvidarme de cosas que me pasan. Hace unos días murió alguien a quien quise como a un padre.
¿No sería Gay Langland, a quien interpretaba Clark Gable, en Vidas Rebeldes (1961)
¿Lo conocía?
Fueron dos de las horas mejor invertidas delante de una pantalla.
Y eso es lo único que me queda de él.

Eva al desnudo (All About Eve, Joseph L. Mankiewicz, 1950)
¿Buscaba entonces a un padre?
Buscaba amigos. Algunos querían ser mi padre y la mayoría otra cosa.
He elaborado una lista de preguntas para la entrevista, pero me doy cuenta qué debe estar harta de contestarlas.
Si no me las dice nunca lo sabremos.
¿Le gustó su etapa de modelo?
Ya ni me acuerdo. O igual es que he sido siempre modelo.
¿Le cayeron bien los Hermanos Marx?
Me hablan mucho de ellos pero no sé quiénes eran. Una vez acudí a una agencia de detectives para contratar a un hombre llamado Grunion.
Ese hombre era Groucho (Amor en conserva, 1949).
Y también se puso a seguirme.
¿Le invitaban a muchas fiestas?
A algunos estrenos. Salía con un crítico de teatro, Addison (George Sanders, en Eva al desnudo, 1950), que quería promocionarme como actriz, pero la vida me ha hecho tener reparos de la gente que quiere ayudarme demasiado. Y Addison era amable pero tampoco muy diferente al resto.
Le presentó a Margo Channing (Bette Davis), la mejor actriz de su tiempo.
Que también fingía hacerme caso y ayudarme, pero lo hacía para quitarle el papel a otra chica más ambiciosa que yo, a la que temía. Sabía que esa chica era una trepa de cuidado.
Y quería trepar adonde estaba Margo.
Vaya si lo hizo.
¿Le gustaba ser actriz?
Me parecía todo fácil y falso. A menudo me daba vergüenza, y otras veces la sensación de estar interpretando un papel. Pero eso debe ser actuar.
¿Margo le dio algún consejo?
Que me dedicara a otra cosa y que no le hiciera ni caso. Me dijo una cosa y la contraria.
Hiciera lo que hiciera, le hizo caso.
Conocí a Alonzo (Louis Calhern en La jungla de asfalto, 1950), un hombre muy interesante. Me quería, pero sospecho que como a un jarrón chino que te ha costado un riñón en una subasta.
No le dijo toda la verdad.
No. Tenía problemas que no controlaba del todo. Había planeado un atraco, y al mismo tiempo engañar a los atracadores para quedarse con todo. Quería que nos escapáramos a Cancún, a Australia. Lo más lejos posible.
¿Estaba casado, no?
Eso no me importaba. Era sincero cuando decía de fugarnos. Pero le presionaron y acabó escapándose al otro barrio.

Me siento rejuvenecer (Monkey Business, Howard Hawks, 1952).
¿Le interrogó la policía?
Yo ya no estaba allí. Durante un tiempo trabajé de secretaria en los laboratorios Oxly. Allí me enamoré de Barnaby Fulton (Cary Grant) Guapísimo, muy inteligente, sencillo. Y no me miraba como a un montón de carne. Ahora asumo que no me miraba en absoluto. Pero era maravilloso.
Algo tendría.
Otro casado. O yo no tenía suerte o caía mal a los guionistas. Y Barnaby era un encanto. pero el señor Oxly le presionaba demasiado para conseguir un producto que rejuveneciera a la gente.
Y lo consiguió.
No sé por qué le cuento cosas que ya sabe.
Por qué no lo sé todo.
Lo consiguió, pero luego se supo que el componente que lo hacía funcionar lo había encontrado un mono que se había puesto a jugar con los ingredientes.
Una idea muy original.
Como Barnaby ya no era necesario, el señor Oxly lo despidió y se pasó el resto de su vida viendo al animal hacer pruebas, por si se repetía la magia. Sin Barnaby aquello me parecía muy aburrido, y acabé también dejando ese trabajo.

¿Siempre se cansó pronto de aquello que no sintiera?
Como debería hacer todo el mundo. Dejé ese trabajo y pasé unos años raros. Era como si en la película de mi vida pasara de repente de ser actriz secundaria a disfrutar de escenas y minutos. Y como en el fondo esperaba, cuanto más salía en pantalla más errores cometía.
Mi sensación es que sí que maduró.
No, seguí siendo una cría volátil. Tuve sueños curiosos en los que Marlon Brando me enseñaba a tocar el piano en una fiesta. O sueños extraños en los que estaba casada con un jugador de beisbol al que planeaba matar arrojándole a las cataratas del Niágara.
¿Cómo terminaba el sueño?
Mi marido descubría el plan y no me dejaba despertar.
Habría sueños más simpáticos.
En otro vivía en un ático con dos amigas modelos, y se nos metía en la cabeza casarnos con un millonario. Los encontrábamos (tampoco era tan difícil) pero cada una elegía a la pareja ideal de la otra. Todo muy colorido, y eso que suelo soñar en blanco y negro, y además salía bien, yo que nunca he sabido soñar finales felices. Por lo que he leído, todo se reduce al sexo, al miedo o a una mala infancia.

Marilyn Monroe y Arthur Miller.
¿Le gustaba leer?
Siempre me ha gustado aprender. Y siempre me han querido ver como un saco roto por el cual se marchaban mis lecturas. Como si no tuviera voluntad para retener lo que leía.
El tópico de la «chica guapa y tonta porque no necesita ser lista» es bastante más viejo que usted.
Nunca he sido tonta pero he hecho todas las tonterías del mundo. Igual no me quedaba otro remedio que hacerlas.
¿Fue una tonteria volver a actuar?
No. Conseguí entrar en algunos castings y me animé a mudarme a Nueva York, a un piso muy coqueto que no era fácil de detectar por moscones. Aun así, un productor me regaló una caja de bombones y un vestido blanco precioso, pero al día siguiente su mujer encontró la factura, así que pude lucirlo sin tener que dar nada a cambio.
Y un fotógrafo captó ese momento en que el aire de una rejilla de metro le levanta el vestido…
Y mi vecino Tom Ewell estaba pasando por la crisis de los cuarenta, como mucha gente que me encuentro por la calle. El caso es que se encaprichó de mí, cuando yo solo intentaba ser amable. Y es una pena porque me caía bien, y sobre todo porque era verano y él tenía aire acondicionado y yo no.
“Solo intentaba ser amable” y “Fue un malentendido” deben ser dos frases separadas al nacer.
Y tras ellas casi siempre acabo mudándome de casa.

Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, Billy Wilder, 1959)
¿Hacia dónde siguió su vida?
Miami, esta vez con la orquesta femenina de jazz de Sweet Sue. Me hice amiga de dos compañeras muy simpáticas, Josephine y Daphne (Jack Lemmon y Tony Curtis). También conocí a un tipo encantador al que al parecer se le salía el petróleo por las orejas. Nos gustamos y todo parecía ir bien.
Pero…
Pero el tipo era un saxofonista que no tenía un centavo. No sé cómo, había logrado suplantar a un viejo verde que iba tras Daphne. Y espere que esta es buena.
Estaba casado.
El tipo era ¡Josephine!. Bueno, mi compañera Josephine era él disfrazado. Josephine y Daphne eran en realidad dos tíos disfrazados, huyendo de unos mafiosos por ser testigos de un ajuste de cuentas en Chicago. ¿Qué le parece?
¿Nadie se dio cuenta?
La gente casi nunca nos damos cuenta de nada.
Acabó con el saxofonista y escuchó una de las mejores frases finales que he visto en una película (Nadie es perfecto).
Acabé con un embustero que besaba muy bien y que tenía dos agujeros en las manos por donde se marchaba el futuro. Yo sabía que en algún momento me despertaría y él ya no estaría allí.
¿Seguían llamándola para actuar?
Solo para papeles serios. Una actriz depresiva que tenía un lío con el presidente de Estados Unidos. Una actriz depresiva que se casaba con un Premio Pulitzer y siempre se sentía acomplejada junto a él. Mi vida no necesitaba papeles serios.

Vidas rebeldes (The Misfits, John Huston, 1961)
¿Conoció por entonces a Gay Langland?
Me había divorciado de Joe (el saxofonista) y no lo estaba pasando bien. Una vecina me vio tan mal como para invitarme a tomar una copa, y en un bar conocí a Langland. Gay me gustó de una forma que no esperaba.
Antes ha dicho que lo quiso como a un padre.
De esas personas que quieres que te abracen fuerte, para sentirte como en casa.
Pero por lo que recuerdo, usted acababa encariñándose de un tercer vaquero, Pierce (Montgomery Clift).
Pierce me parecía aún más desgraciado que yo, y quizá por eso tenía necesidad de estar cerca para ayudarle. Pero Gay era alguien que había vivido mucho y eso le daba una fuerza especial. Al mismo tiempo era consciente de lo solo que se sentía. Eso me resultaba muy familiar, muy cercano.
Creo que no fue una gran idea juntar a ese grupo.
Me va a decir que porque todos eran tan solitarios como Gay.
O porque todos querían acostarse con usted.
Dígame algo que yo no sepa.






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