Paco Roca, uno de los grandes autores del cómic europeo contemporáneo, acaba de presentar su último cómic, El viaje. Desde el éxito internacional de Arrugas, pasando por obras tan importantes como Los surcos del azar, La casa, Regreso al Edén o El abismo del olvido, ha construido una trayectoria marcada por una mirada profundamente humana y una extraordinaria capacidad para convertir experiencias íntimas en reflexiones universales sobre la memoria, el tiempo, la identidad y las relaciones humanas.
En El viaje se adentra en uno de los territorios más delicados de su obra: el final del amor. Mezclando elementos autobiográficos, experiencias cercanas y ficción, el libro explora cómo reconstruimos una relación cuando termina y cómo reinterpretamos nuestro pasado para darle sentido. Porque una de las ideas centrales del cómic es que las historias de amor nunca son relatos fijos: según los recuerdos que decidamos conservar, una misma relación puede convertirse en un paraíso perdido o en una fuga del infierno. Y es precisamente en esa fragilidad de la memoria y de los relatos que nos contamos, transformados por la fuerza y la habilidad para crear imágenes indelebles, donde reside gran parte de la fuerza de este libro. Entrevistamos a Paco Roca sobre El viaje, antes de su primera y multitudinaria presentación, en un acto en el que dibujará en directo para sus lectores.
EVA PEYDRÓ: En El viaje parece que el verdadero tema no es tanto la ruptura como la necesidad de construir un relato sobre ella. Hay una viñeta central en la que Fran comprende que puede reinterpretar toda la historia de amor seleccionando únicamente los recuerdos que confirman una tesis u otra: “paraíso perdido” o “fuga del infierno”. ¿Te interesaba explorar cómo el desamor no solo transforma el presente, sino también el pasado?
PACO ROCA: Sí, sí, la verdad es que es el tema principal del cómic, ¿no? A mí siempre me interesa hablar de la memoria, porque al final la memoria es todo. En cuanto a la memoria histórica, he defendido muchas cosas, tenía mis argumentos y pensaba hasta qué punto entraba en contradicción, o no, con la memoria sentimental. Pero al final te das cuenta de que hablar de memoria siempre es hablar del presente. Es decir, cuando hablamos de las fosas comunes del franquismo, no hablamos de ese pasado que ya terminó; lo hacemos porque es un problema del presente. Y, para entender ese problema, miras hacia atrás y buscas lo que te ayude a reflexionar sobre este momento. Cuando ya no haya gente que busque a sus seres queridos, porque no queden fosas comunes sin abrir, ya se puede guardar en un cajón toda esa memoria o todo ese pasado. Ya no tiene que estar presente en el día a día. Y me doy cuenta de que la memoria sentimental es un poco lo mismo.

Pero es menos objetiva porque es una selección de momentos para crear un relato.
Bueno, los hechos están ahí y, lógicamente, también coges lo que te interesa para el relato, lo que necesitas para el presente. En cierta manera, siempre hacemos eso y ese relato es cambiante. Coges ahora unas cosas y dentro de 15 años cogeremos otras, porque los problemas del presente serán diferentes y lo reinterpretaremos como un ejemplo del presente. Y en lo sentimental, en cierta manera, creo que es lo mismo: cuando ha habido una ruptura y, sobre todo, si es inesperada, nos pilla por sorpresa, intentamos comprender lo que ha ocurrido. La mejor manera es mirar hacia atrás, mirar qué ha fallado, en qué momento se torció todo, si podíamos haber hecho algo para cambiar las cosas o si era algo inevitable. No basta la reflexión; necesitamos crearnos un relato, igual que si nos despiden del trabajo de forma inesperada. Intentamos ver los motivos, causas y consecuencias, pero igual nos equivocamos y el motivo es algo que no podemos controlar. Si necesitamos ser víctimas, pues buscaremos en ese pasado todos los acontecimientos que nos hagan ser víctimas, ¿no? Y si, por el contrario, somos los que hemos dejado, pues buscaremos razones en ese pasado que lleven a esta decisión que acabamos de tomar.

Paco Roca dibujando en directo durante la presentación de El viaje.
El relato es cambiante.
Seguramente, el relato que tienes puede ser fruto del rencor de ese momento, entonces necesitas uno en el que la otra persona haya actuado mal, pero dentro de un tiempo, cuando ya no lo necesites para tu presente buscarás otras cosas en el pasado, rescatarás momentos bonitos, recordarás el cariño, y dirás que al final las cosas tenían que terminar, porque todo termina… y te creas otro relato.
En El viaje has combinado tu propia experiencia, con historias de personas cercanas y ficción. Aquí la autoficción parece más delicada que en obras anteriores porque ya no hablas solo de ti, sino también de personas de tu entorno. ¿Hubo un conflicto ético o emocional a la hora de decidir cuánto mostrar y cuánto proteger?
Todo viene de una ruptura real que tuve hace años y, bueno, reflexioné sobre lo que había pasado… Para mí, tomar notas me ayuda a entender las cosas, necesito escribirlas. De alguna manera, porque sé que mis historias, al final, nacen de todas estas vivencias, apunto porque pienso que en algún momento pueden servirme para algo. Aquello me sirvió para reflexionar, para entender. Y, en algún momento sí, empecé a ver que era un tema de interés, en el sentido de que mucha gente que tienes alrededor está en las mismas situaciones. Al final, bueno, el 50% de las parejas se separan. Eso tampoco quiere decir que los de la otra mitad estén bien juntos, quizá no puedan o se atrevan a separarse, o hay cosas que les compensan por seguir juntos. Las relaciones de pareja conllevan un gran esfuerzo mental, y pensé ¿por qué no contar esta historia ? Y empecé a escribir el guion.

¿Fue catártico?
Sí que es cierto que fue muy terapéutico. Creo que para los autores, en general, trabajar con la autoficción implica ver tu realidad desde muchos ángulos diferentes, acabas viéndote a ti como un personaje ajeno, es algo a lo que los que contamos historias estamos obligados, a ver las cosas desde diferentes personajes y comprenderlos a todos. Esto te hace llegar, a veces, a conclusiones dolorosas, pero te sirve mucho como terapia. Pensé que sería bueno hacer este cómic donde mezclar en mi experiencia personal, de una ruptura en particular, otras experiencias que he tenido a lo largo de la vida, que acaban siendo todas iguales en cuanto a lo doloroso o en cuanto a las circunstancias, pero también la de mucha gente a mi alrededor. Tengo muy claro que no estoy haciendo algo autobiográfico, cuando hago un cómic siempre pienso que debo ir donde la historia me lleve, y ya está. También hay una especie de poder del autor sobre la persona, es decir, que no eres muy consciente de lo que estás haciendo. El autor prevalece a cualquier pudor o a cualquier ética que pienses que deberías tener.
¿Y en cuanto a los límites?
Sí, a ver, en general no de pudor, sí de exponerme yo, pero intentar no exponer a los demás y jamás negativamente. Creo que es el límite que me puse, sobre mí podía descargar todo lo que yo quisiese, pero no sobre los demás.
El cómic transmite emociones como culpa, arrepentimiento e impotencia: la sensación de que quizá hubo un instante preciso donde todo podría haberse salvado. La máquina del tiempo que aparece varias veces permite rebobinar hasta el primer “te quiero”, pero nunca parece viajar hacia adelante. ¿Crees que El viaje es, en el fondo, un libro más obsesionado con corregir el pasado que con imaginar el futuro?
Yo creo que cuando estás en esa situación no ves el futuro. Claro, la nostalgia, que es algo que en mi caso yo nunca había tenido…, en mis cómics hablo del pasado pero nunca con nostalgia, nunca he pensado que fuera mejor que el futuro y que el presente, pero sí que es cierto que cuando estás en una crisis, lógicamente, vas pasando por situaciones que tú querrías que no pasasen y te gustaría que las cosas siguesen siendo como en el pasado, o sea, mueren tus padres, pero sabes que entra dentro de lo inevitable, entra dentro de la norma, porque, al menos, mis padres murieron de viejos. Pero es verdad que cuando tienes una crisis de este tipo e imagino que, pues es lo que podríamos llamar una depresión, es cuando el futuro no es nada esperanzador, no ves en el futuro ni en el presente nada que sea mejor que tu pasado. Yo creo que por eso el personaje de Fran solamente mira para atrás y nunca mira hacia adelante. En todo caso, es el personaje de Sonia, la mujer que encuentra en el hotel de Patagonia donde se han quedado varados sin vuelos, la que le dice que en un futuro las cosas cambiarán, que volverá a sentir el amor, que volverá a tener ilusión de nuevo por las cosas.

Tus metáforas visuales son uno de tus recursos creativos más valorados, siempre únicas, originales, amplifican el sentido a tus relatos, son distintivas de una forma de narrar. En El viaje hay especialmente dos muy bellas, la metáfora de Pangea, los continentes que se separan lentamente, pero conservan la huella de su antigua unión. Frente a ella aparece otra imagen opuesta: la de la pastilla efervescente que termina diluyéndose por completo. ¿Cuál de las dos ideas te parece finalmente más cercana a la experiencia amorosa? ¿Conservamos realmente algo de quienes amamos o muchas veces ese universo compartido desaparece casi por completo?
Yo creo que es una mezcla de las dos cosas, o sea por un lado es cierto que una separación tras una relación larga, en la que ha costado mucho construir, sin darte cuenta, a veces con esfuerzo y a veces sin esfuerzo, pero has construido un montón de cosas en común: una familia con unos hijos, un lenguaje propio, unas costumbres, has dado por normalizadas unas rarezas de otra persona y te parece la cosa más normal del mundo…, esa persona ha hecho lo mismo de ti, ha habido una simbiosis en muchos sentidos y has creado muchos proyectos de futuro… Te das cuenta de lo mucho que cuesta eso, y de la pereza que da volver a construir todo eso. Tardas décadas a llegar a esa simbiosis y ves lo rápido que todo se diluye.
Quizá se ve más rápido cuando te dejan, posiblemente la otra persona lo lleva diluyendo más tiempo.
Sí, no eres consciente de eso y hay un momento en que empieza la disolución, pero al mismo tiempo, si buscas la parte positiva, que te dé un poco de esperanza en estas cosas para no pensar que siempre estás en la misma casilla de salida, piensas que todo eso de alguna forma ha creado tu identidad, que tú eres así por lo que has vivido, quizá te ha hecho fuerte. Para definirnos a nosotros mismos, queramos o no, como geografía, es necesario saber que una vez chocamos o estuvimos unidos a otros continentes.

Hay una viñeta muy poderosa donde Susana, la ex pareja de Fran, aparece tachada en una fotografía familiar. Es un gesto mínimo, casi doméstico, pero visualmente funciona como una especie de aniquilación simbólica. Recuerda a esos rostros recortados en las fotos familiares. ¿Te interesa especialmente trabajar esos pequeños gestos cotidianos donde las emociones se vuelven más violentas precisamente por su aparente banalidad, como un gesto simbólico?
Yo creo que sí, claro. Digamos que en las rupturas de todo tipo, estamos hablando de las sentimentales, pero pueden ser con tu socio de trabajo…, en las relaciones humanas, hay a veces un punto de rencor, incluso de odio, cada uno lo llevará de la manera que quiera. A veces es inevitable, son gestos como nimios que nos sacan realmente lo que sentimos y, a veces, son contradictorios porque piensas que, por un lado, esa persona que te ha hecho daño te parece odiosa, pero al mismo tiempo querrías volver, con lo cual no llegas a entenderte a ti mismo, es muy contradictorio. Y yo creo que lo hacemos también incluso en la memoria, es la forma de hacerle daño a la otra persona. Otra forma que tenemos de hacerle daño, entre comillas, a la otra persona es borrarla de nuestra memoria. Pensamos que la memoria es nuestro tesoro.
Volvemos al principio de la conversación…
Con eso, sí. También te vas dando cuenta de que depende en qué momento de tu situación como separado estés utilizas el «nosotros» o el «yo»… «Nosotros cuando tuvimos a nuestros hijos» o «nosotros cuando hicimos la reforma en casa», esto o lo otro, y poco a poco pasas al yo, empiezas a tachar a la otra persona conscientemente de la memoria.

Patagonia aparece casi como un territorio mental: un paisaje suspendido, inhóspito, donde Fran queda atrapado entre los remordimientos y las versiones alternativas de lo que pudo haber sido. ¿Buscabas convertir el viaje físico, desubicado en una estepa con perros vagabundos, en una representación visual del limbo emocional posterior a una separación? No puede ser más simbólico.
Creo que no podía funcionar en otro sitio. En la historia real, me cancelaron un vuelo en Buenos Aires, y tuve que quedarme unos días, pero claro, allí había mil distracciones posibles. Para el cómic necesitaba un lugar que favoreciera la introspección, esa soledad obligada. Sin salir de Argentina, pensé en Patagonia. Me recordaba la novela de Julio Verne, El faro del fin del mundo, y cuando llegas allí, te das cuenta de que es así… de que no hay nada, es la nada, es la estepa por todos lados, con pocas poblaciones y es todo muy artificial, no son poblaciones que se hayan creado de modo natural, porque allí no hay nada que hacer, solo turismo, o minería…
Hay una frase especialmente dura que Susana le dice a Fran: “Cambié cuando supe que tú no cambiarías”. La novela parece plantear una paradoja, aquello que inicialmente nos enamora de alguien puede terminar convirtiéndose, con el tiempo, en una carga insoportable. ¿Crees que en las relaciones largas existe una tensión inevitable entre autenticidad y transformación?
Creemos que nosotros no cambiamos, que es la otra persona la que cambia, siempre pensamos que nosotros somos coherentes con lo que siempre hemos sido. Las relaciones están repletas de contradicciones, yo creo que no podemos asumir muchas veces nuestros errores o nuestras contradicciones. Entran en juego muchísimos factores, por un lado, yo creo que tenemos en nuestra cabeza —y sobre todo pienso en muchas mujeres todavía educadas de una cierta manera— lo que tiene que ser una relación de pareja, lo que es una vida perfecta, nos queremos casar a lo grande, queremos tener hijos, queremos tener unas determinadas cosas y luego nos damos cuenta de que eso no nos hace felices, de que todo eso, en el fondo, no es la felicidad que buscábamos o simplemente cuando las tenemos ya nos cansamos de ellas.

Aunque El viaje habla del amor y la ruptura, también da la impresión de ser un libro sobre el vértigo identitario. Cuando una relación larga termina, no sólo desaparece la pareja: también se derrumba la narración que uno tenía sobre sí mismo, sobre su familia y sobre su futuro. ¿Te interesaba retratar precisamente ese momento en que uno deja de saber quién es fuera de la historia compartida?
Sí, claro, es que depende, como que cada uno lo lleva de una manera, para unos es más fácil que para otros. Depende de en qué momento tú ya no te sientes identificado con esa relación de pareja y lo que para uno puede ser la caída en el abismo, para la otra persona es una liberación, es salir precisamente del abismo. Con lo cual hace tiempo ya que esa identidad no la representaba y para la otra persona, de repente, es como decir «bueno ¿ahora qué soy?», también porque yo creo que depende de cada uno, pero creo que la palabra «separado», la palabra «divorciado», para determinadas personas es una palabra que implica un fracaso, un estigma, y que en cierta forma te identifica con algo que tú no has pretendido. Nadie decide ser separado, tú puedes decidir ser casado, es una identidad que eliges, pero ser separado no es una identidad. En esa reinvención, en la palabra, a veces hay un estigma y te cuesta reinventarte.

El viaje transmite una enorme complejidad emocional —y en esta charla lo estamos reafirmando—, pero también la sensación de un proceso muy exigente a nivel creativo y personal. ¿Cuál ha sido la mayor dificultad que has afrontado durante este proyecto? ¿Ha sido más difícil encontrar la forma narrativa adecuada o exponerte emocionalmente a través de ella?
Sí, por un lado, yo creo que era el intentar hacer atractivo algo que a priori no lo es. Es decir, que confías en que lo que cuentas es interesante, pero la forma de mostrarlo no es interesante, porque es gente hablando, que al final es como nos relacionamos, como reflexionamos y como llegamos a la mayor parte de las conclusiones. Pero eso en el cómic y en el cine realmente no funciona, es muy difícil, no es lo más atractivo del mundo. En literatura eso te da igual, tú puedes leer sobre dos personas hablando e igual acabas el libro y ni te has enterado, no has caído en ese detalle, pero en un cómic o en una película es un reto, porque normalmente lo que estamos acostumbrados a ver es gente haciendo cosas y, de hecho, cuando te enfrentas a una idea como esta lo que intentas es, en lugar de estar aquí encerrados hablando, pues lo vamos a contar directamente de una forma lineal. Vamos a hacer ver cómo se ha unido la pareja, luego vamos a ver cómo se separan, luego se va a ir a Patagonia, va a pensar en esto y va a conocer a los otros… es como gente que va de un lado para otro haciendo cosas, pero aquí intentaba que no fuese así. Fue un reto encontrar cómo hacerlo con dos personas sentadas hablando, que fuese atractiva visualmente y narrativamente, cómo hacerlo funcionar en el cómic, el lenguaje del cómic funciona ahí. Hay que mantener ese interés, crear dos personajes que funcionen, que interactúen entre ellos. A mí no me gusta el plano-contraplano, no utilizo ese tipo de cosas, o primeros planos. Entonces para tener a los dos siempre en escena y que funcione necesitas que el lenguaje corporal sea importante, que si uno dice algo ver cómo el otro reacciona, es un reto.
Y no es el único, el vértigo de la autoficción nunca acaba de superarse en una historia tan íntima como la de El viaje…
Mientras te enfrentas a la historia como creador no eres tan consciente como cuando lo terminas, porque estás ocupado eligiendo qué cuentas, cómo, dónde lo pones, eligiendo personajes… pero al final, es cuando lo ves como lector…
El viaje nos confirma que la verdad son recuerdos fragmentarios, versiones parciales y relatos que vamos reconstruyendo para poder seguir adelante. La universalidad intrínseca de las obras Roca radica en cómo nos habla del paso del tiempo, de la memoria, de la identidad y de esa dificultad que todos tenemos para aceptar que las relaciones más importantes de nuestra vida pueden ser, al mismo tiempo, hermosas y dolorosas. El autor de Arrugas ha impulsado una vez más el valor del cómic como una de las mejores herramientas para explorar la condición humana.






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