«Minotauro»: los sacrificios del poder

En Cine y Series jueves, 21/05/2026

Eva Peydró

Eva Peydró

PERFIL

Minotauro se estrenó en el 79º Festival de Cannes, nueve años después de Loveless y tras una larga convalecencia que mantuvo a Andrey Zvyagintsev hospitalizado durante casi un año después de contraer la COVID-19. El director ruso exiliado en Francia regresa a la competición con una película que proyecta de nuevo con lucidez y capacidad de observación moral su mirada sobre Rusia. Rodada en Letonia por razones evidentes, la cinta marca el regreso de uno de los grandes cronistas cinematográficos del derrumbe ético postsoviético, autor de obras premiadas en Cannes: El regreso (2007) Mejor actor, Konstantin Lavronenko—, Leviathan (2014) —Mejor guion— y Sin amor (2017) —premio del jurado.

Inspirándose libremente en La femme infidèle (Claude Chabrol, 1969),  Zvyagintsev traslada el drama conyugal de la burguesía francesa a la élite empresarial rusa contemporánea. Pero lo que en Chabrol era principalmente un estudio de celos, deseo y crimen pasional se convierte aquí en una disección mucho más amplia de las estructuras de poder que sostienen la Rusia actual. El resultado es un thriller elegante y venenoso donde las relaciones sentimentales, económicas y políticas forman parte de un mismo sistema de dominación.

Minotauro Minotaur . El Hype.

El protagonista es Gleb (Dmitriy Mazurov), propietario de una próspera empresa de transporte, casado con Galina (Iris Lebedeva), cuya insatisfacción emocional la ha conducido a una relación con el joven fotógrafo Anton (Yuriy Zavalnyouk). Junto a ellos aparece Seryozha (Boris Kudrin), hijo adolescente de la pareja y heredero potencial de un mundo construido sobre privilegios, favores y violencia estructural. Desde sus primeras escenas, la película dibuja una sociedad donde las reglas del juego están diseñadas para beneficiar siempre a quienes ya ocupan la cúspide de la pirámide.

La guerra de Ucrania nunca ocupa el centro de la narración, pero su presencia resulta constante. El reclutamiento forzoso, la corrupción administrativa, la arbitrariedad de las autoridades y la fragilidad de los ciudadanos comunes atraviesan todo el relato. El título adquiere así una dimensión particularmente reveladora. Según la mitología griega, Atenas debía entregar periódicamente catorce jóvenes al Minotauro como sacrificio expiatorio. En la película, la municipalidad exige a la empresa de Gleb la entrega de catorce reclutas para el esfuerzo bélico. Como corresponde a un hombre acostumbrado a manipular las reglas en su beneficio, encuentra rápidamente una fórmula para satisfacer la demanda sin sacrificar a sus propios trabajadores. El sacrificio siempre corresponde a otros.

Minotauro Minotaur . El Hype.

La analogía funciona con una precisión devastadora. El Minotauro no es aquí una criatura encerrada en un laberinto, sino un sistema entero basado en la lógica sacrificial del poder. Los empresarios protegidos por sus conexiones políticas actúan como nuevos señores feudales en una Rusia donde las instituciones democráticas han sido sustituidas por redes de influencia, clientelismo y obediencia. La riqueza depende de la proximidad al poder y la supervivencia depende de la utilidad que cada individuo tenga para quienes gobiernan.

Zvyagintsev retrata ese ecosistema con la precisión clínica que caracteriza toda su filmografía. Desfilan esposas desesperadas, jóvenes amantes destinadas a ocupar el lugar de las esposas anteriores, policías fácilmente corrompibles, empleados desechables y madres protectoras atrapadas en un orden social que apenas les deja margen de acción. Las mujeres continúan definidas fundamentalmente por su relación con los hombres (padres, maridos, jefes, hijos), mientras los hombres se definen por su capacidad para ejercer poder sobre los demás.

Minotauro es una amarga parábola sobre quiénes son hoy los monstruos y quiénes siguen siendo entregados al laberinto.

Gleb constituye probablemente una de las creaciones más inquietantes del cine reciente de Zvyagintsev. No es un monstruo visible ni un villano caricaturesco. Su autoridad nace de la convicción absoluta de que merece ocupar el lugar que ocupa. Posee excelentes bazas en el banco de favores, puede decidir indirectamente quién vive y quién muere, consigue retener a su esposa pese a todo y transmite a su hijo la idea de que el poder convierte a ciertos individuos en prácticamente intocables. El matonismo vestido con trajes caros se convierte en una filosofía de vida.

Como thriller, Minotauro avanza con una serenidad admirable. Nada parece precipitado. Cada revelación llega exactamente cuando debe llegar. Cada tensión encuentra su momento de desarrollo. Las escenas íntimas entre Gleb y Galina —diálogos de boudoir minimalistas—, revelan progresivamente el agotamiento emocional de ella y la obstinación de él, incapaz de aceptar la pérdida en ninguno de los múltiples tableros donde disputa sus partidas personales. El crimen pasional funciona menos como detonante narrativo que como síntoma de una enfermedad moral mucho más profunda.

El guion, escrito junto a Simon Lyashenko, encuentra además un aliado excepcional en la fotografía de Mikhail Krichman, colaborador habitual del director. La coherencia visual resulta admirable. La paleta cromática, los interiores elegantes, la atmósfera distante y el extraordinario trabajo de planificación convierten cada encuadre en una extensión del relato moral. Pocas veces la composición visual parece tan estrechamente vinculada a las relaciones de poder que describe la historia. Los espacios engrandecen constantemente a quienes dominan y empequeñecen a quienes dependen de ellos.

Y entonces llega la imagen final. Creta se intuye bajo un espeso océano de nubes. Es el descanso del guerrero en sentido literal, pero también el campo de batalla metafórico donde continúan librándose los sacrificios contemporáneos. Como sucede en las mejores películas de Zvyagintsev, el relato concreto termina abriéndose hacia una reflexión más amplia sobre la condición humana, la responsabilidad moral y las estructuras invisibles que organizan nuestras sociedades.

Con Minotauro, Andrey Zvyagintsev regresa exactamente donde lo había dejado: observando cómo el poder transforma las relaciones humanas y cómo las sociedades modernas siguen necesitando víctimas propiciatorias para sostener sus privilegios. Es un thriller preciso, elegante y profundamente político, pero sobre todo una amarga parábola sobre quiénes son hoy los monstruos y quiénes siguen siendo entregados al laberinto.

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