«La bola negra»: Lorca, reivindicación y exceso

En Cine y Series viernes, 22/05/2026

Eva Peydró

Eva Peydró

PERFIL

En La bola negra, presentada en el 79º Festival de Cannes, Javier Calvo y Javier Ambrossi acometen su proyecto más ambicioso hasta la fecha, tras su primer largometraje y sus memorables series: una epopeya de 155 minutos sobre la memoria histórica, la represión de la homosexualidad y las heridas aún abiertas de la sociedad española. Basada libremente en La piedra oscura de Alberto Conejero y articulada alrededor de la misteriosa obra inacabada de Federico García Lorca que da título a la película, la propuesta de los Javis combina melodrama histórico, fantasía, reconstrucción memorialística y reivindicación política en una estructura de tríptico que atraviesa tres momentos históricos —1932, 1937 y 2017— unidos por un mismo hilo invisible de deseo, dolor y herencia.

La película se abre en 1937 con una secuencia deslumbrante. En un pequeño pueblo español, una banda municipal se prepara para recibir a las tropas italianas que apoyaron militarmente la sublevación franquista. Mientras resuenan los acordes desafinados de Soldadito español, la Regia Aeronautica bombardea y ametralla a la población civil. El horror irrumpe con una violencia tan repentina como absurda. Entre las víctimas se encuentra la madre de Sebastián (Guitarricadelafuente), un joven trompetista que contempla atónito cómo quienes debían acudir como aliados se convierten en verdugos.

El desconcierto y la devastación emocional se condensan en una imagen poderosa: Sebastián huye trepando desesperadamente por la monumental escultura de un San Sebastián despedazado en una iglesia en ruinas. Las flechas clavadas en el mártir se convierten en asideros físicos y simbólicos para un muchacho que, en cuestión de minutos, ha perdido la inocencia y cambiado de piel.

La bola negra The Black Ball. El Hype

Ese arranque hiperrrealista a la vez que simbólico, y visualmente admirable, establece el tono de una película que utiliza la persecución de la homosexualidad como estandarte de todas las formas de represión: la política, la cultural, la intelectual, la de la empancipación femenina. Con la libertad sexual como bandera y la denuncia de la intolerancia como motor, La bola negra busca ser simultáneamente ejercicio de memoria, reparación simbólica y tentativa de concordia entre víctimas y verdugos.

El episodio ambientado en 1937 encuentra su eje dramático en el encuentro entre Sebastián y Rafael Rodríguez Rapún, interpretado por un excelente Miguel Bernardeau. Futbolista, ingeniero, militante socialista, teniente republicano, actor y secretario de La Barraca, Rapún fue además el último gran amor de Federico García Lorca. Rescatado para la memoria histórica por Ian Gibson y María Teresa León, su figura funciona aquí como catalizador emocional e ideológico para Sebastián y como punto de partida de toda la arquitectura narrativa de la película. La relación entre ambos personajes constituye el germen sobre el que Ambrossi y Calvo construyen un entramado que aspira a conectar generaciones separadas por la guerra, la dictadura y el silencio.

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El segundo movimiento, situado en 1932, es probablemente el más inspirado desde el punto de vista visual y donde la fantasía vuela más alto. A través de un joven interpretado por Milo Quifes como trasunto del propio Lorca. en esa metaficción, la película explora el significado profundo de esa misteriosa bola negra. El título procede de una novela inacabada del poeta granadino de la que apenas se conservan unas páginas y una carta dirigida a Cipriano Rivas Cherif. En ella, un joven es rechazado a causa de su homosexualidad por un exclusivo casino de Granada mediante el sistema de votación con bolas blancas y negras. La bola negra se convierte así en símbolo de todas las formas de exclusión, rechazo y estigmatización.

Los Javis convierten ese símbolo en una poderosa imagen tan negra como las ovejas descarriadas, acumulada en los rincones ocultos de la historia española: los besos prohibidos, el miedo, la clandestinidad, las palizas, la cárcel, la expulsión de la familia, la marginalidad y el extrañamiento. La secuencia final de este bloque, visualmente elocuente y emocionalmente devastadora, bebe de referencias que van de Jean Cocteau a Federico Fellini, pasando por La reina de las nieves de Andersen. En ella los directores parecen afirmar que quizá no exista justicia para los mártires inocentes, pero sí la posibilidad de una sociedad capaz de evolucionar y mirar críticamente su pasado.

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Milo Quifes en La bola negra.

La tercera línea temporal, situada en 2017, está protagonizada por un historiador homosexual interpretado por Carlos González, heredero inesperado del supuesto manuscrito completo de La bola negra, conservado durante décadas por su abuelo. La investigación sobre el texto se convierte también en una investigación sobre sí mismo. La ausencia del padre  y el abuelo, la negligencia materna y el peso del legado familiar transforman su propia biografía en un enigma conflictivo, paralelo al de la obra perdida de Lorca. Es además el espacio donde los Javis introducen una reflexión explícita sobre la relación de España con su memoria cultural, su tendencia al autodesprecio y el abandono de un patrimonio que a menudo parecen valorar más los estudiosos extranjeros que los propios españoles. La aparición de Glenn Close hablando en español funciona precisamente como símbolo de esa admiración exterior hacia una tradición cultural que el país continúa gestionando de manera problemática.

Formalmente, La bola negra exhibe una libertad creativa absoluta. Esa libertad constituye simultáneamente su mayor virtud y su principal debilidad. Los Javis no parecen haber querido renunciar a ninguna idea, ningún símbolo ni ninguna referencia, por redundante o prolongada que se muestre. El resultado posee una frescura genuina, una energía poco frecuente y momentos de auténtica inspiración visual y emocional. Pero también transmite la sensación de una obra que habría alcanzado una dimensión todavía mayor si hubiera afrontado con mayor distancia crítica cuestiones de estructura, duración y depuración narrativa. Querer contarlo todo y disponer de los medios para hacerlo no garantiza necesariamente la excelencia. Incluso las obras más desmesuradas necesitan una forma rigurosa que permita al talento desplegarse sin dispersarse.

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Javier Calvo y Javier Ambrossi dirigiendo a Guitarricadelafuente en La bola negra.

Los méritos de la película son, en cualquier caso, numerosos. Su aproximación a la homosexualidad durante el franquismo resulta eficaz y personal; sus recursos visuales son con frecuencia brillantes; y las interpretaciones alcanzan un nivel sobresaliente. Especialmente destacable resulta el trabajo de Miguel Bernardeau, cuya composición de Rafael Rodríguez Rapún podría marcar un punto de inflexión en su carrera. Menos convincente resulta el interludio musical protagonizado por Penélope Cruz, donde la brocha gorda y un casting discutible dificultan la emoción genuina que inevitablemente evocan referentes como ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990).

Lo más valioso de La bola negra no es ni siquiera su ambición formal, sino la capacidad de convertir una obra apenas esbozada por Lorca en un artefacto contemporáneo de memoria y reparación. Al imaginar que el manuscrito sobrevivió clandestinamente a la dictadura y atravesó generaciones oculto entre secretos familiares, la película construye una hermosa ficción sobre la persistencia de aquello que se intentó borrar.

Con todos sus excesos, irregularidades y desbordamientos, La bola negra es una obra apasionada, profundamente personal y políticamente comprometida. Una película que reivindica la memoria de los olvidados, denuncia la intolerancia y reclama el derecho a existir sin pedir permiso. Aunque no sea la obra maestra que por momentos promete llegar a ser, y podría consagrar a los directores de La Mesías, sí es una película singular, valiente y necesaria, capaz de convertir la herida histórica en relato colectivo.

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