fbpx

Cultura

Entrevista a Paco Roca: “Regreso al Edén”, el ámbar y el mosquito

En Entrevistas, Cultura 24 January, 2021

Eva Peydró

Eva Peydró

PERFIL

Paco Roca, el dibujante más carismático de España, ha continuado el viaje creativo iniciado con La casa, publicando Regreso al Edén (Astiberri, 2020), una obra madura, compleja y profunda, que nace de la intimidad de la memoria y los afectos, para poder volar alto y ofrecer con ojo de halcón la nítida perspectiva de una época. Con Arrugas y la serie del pijama (Un hombre en pijama, Memorias y Andanzas) Paco Roca llevó el cómic a hogares donde nunca había entrado. Sus cómics, ilustraciones, murales, fallas, tertulias, exposiciones, han llegado a museos, campañas publicitarias, adaptaciones cinematográficas… Tras ser reconocido con el Premio Nacional de Cómic en 2008, por la monumental obra sobre los estragos del alzhéimer, que ya lleva acumulados más de una docena de galardones de primer nivel, llegó el Goya en 2012 al mejor guion adaptado y en 2020, el Oscar del cómic: el Premio Eisner a La casa, en la Comic Con (virtual) de San Diego.

En Regreso al Edén, Paco Roca continúa su exploración en la memoria doméstica y, a través del testimonio de su madre, reivindica las luchas anónimas, imposibles de descontextualizar en un entorno inmisericorde de posguerra y oscuridad. Al abrigo de una fría mañana, el dibujante nos concede una extensa entrevista, en la que nos acompaña a revisitar los vericuetos del Edén dibujado, soñado y recreado que transitó Antonia, la protagonista, en su infancia, juventud e incluso madurez.

Los personajes de Regreso al Edén pertenecen a la estirpe de los anti-héroes y no son los únicos en tu obra. ¿Te sientes atraído por la épica del perdedor?

A mí me gustan ese tipo de personajes, sobre todo los perdedores que pierden con dignidad. Es algo que está presente, como tú decías, en Los surcos del azar, en El invierno del dibujante, esa gente que aun sabiendo que su lucha va a ser una derrota pierde, pero sin perder la dignidad y actúa estoicamente ante esos hechos.

Y no solo los grandes héroes, también en las historias más íntimas y familiares.

Así es, porque la lucha contra el sistema hace que los héroes perduren, pero a mí me interesa esa otra gente, la de la épica cotidiana, la de la gente que no es protagonista de la Historia, ni aparecería en la prensa, ni nada de esto. Al final, es la mayor parte de la gente, cuya única lucha es sobrevivir.

Esa reivindicación enlaza con otro de tus grandes temas, el de la memoria, que has tratado en Arrugas, en La casa y, ahora de nuevo en, Regreso al Edén, donde escribes esto: No somos nada sin un pasado, lo necesitamos para sentirnos parte de algo más grande y antiguo que llamamos ancestros, humanidad y parece ahondar en la cita de Buda que incluiste en Arrugas: Las nubes no desaparecen, se convierten en lluvia.

Al final, creo que están de alguna forma unidas las tres obras, en el sentido de que el pasado es nuestra identidad, sin él no somos nada, para mí ese es el interés de la memoria, saber en cierta manera lo que eres. Para ello es necesaria esa mirada atrás para saber de esa genética, de la educación familiar, para saber incluso cómo eres como ciudadano de una civilización, incluso, de unos hechos que han llegado a formar tu entorno.

¿Esa conciencia es también una cura contra el orgullo, la falta de humildad?

Nunca lo había planteado así, pero creo que de cierta forma sí. Cuanto más sabemos de nosotros mismos, más nos ayuda a darnos cuenta de nuestra insignificancia. Es el comienzo de Regreso al Edén, si consideramos nuestra vida como ese mínimo destello en la existencia…

Regreso al Edén

Era también un tema de El dibujado

Sí, al final todo se va enlazando, lo que aprendes de un proyecto pasa a formar parte del otro, y al final creo que cambia poco, tenemos unas motivaciones que son las que nos llevan a crear y, dentro de esas motivaciones, vuelves una y otra vez, porque nunca te quedas satisfecho, aunque te interese un único tema, tú vas cambiando… como persona y como autor, continuamente. Por tanto, el enfoque que tengas sobre un tema, ya sea la memoria, la muerte, el amor, el desamor… a lo largo de la vida, va cambiando tu visión y cada vez que vuelves a enfrentarte a ese tema, lo haces con otra mirada. Las miradas se van superponiendo y es cierto que El dibujado y Regreso al Edén comparten esa forma de narrar y ese tema.

Por otra parte, si la memoria nos hace más humanos ¿nos deshumanizamos si olvidamos, ya sea por una enfermedad o por soberbia?

Sin duda, era una de las cosas que me interesaban en Arrugas, respecto a una enfermedad como el alzhéimer, hasta qué punto somos lo que somos. Y, quizás, ese yo es lo que hemos ido acumulando con el tiempo. Al ir borrándose la memoria, la enfermedad va borrando la identidad, era algo que en ese momento me interesaba contar: ese poso que la vida va dejando en nosotros, en el yo.

Pero por otra parte, en Arrugas, igual que en Regreso al Edén, hay una reescritura del presente. En la primera, el olvido también se vive como una liberación, al dejar atrás la vida anterior y poder vivir de otra manera (por ejemplo, en las nuevas parejas de ancianos en la residencia…), vivir inconscientemente, sin reprimirse por las normas sociales o morales. 

De hecho es uno de los temas de Regreso al Edén, la reconstrucción del pasado, el relato de la historia a otro nivel. Desde el presente recreamos continuamente el pasado, ya sean nuestros recuerdos, que intentamos hacer que encajen con nuestro yo presente. Como si desde la infancia existiera un camino claro que vamos siguiendo, pensando: yo siempre he sido así, siempre me he mantenido. Por eso necesitamos borrar las incoherencias, reescribiendo nuestro pasado. Cuando lo reconstruimos, en nuestra juventud es de una forma, en la edad adulta es de otra. Vamos reconstruyendo nuestro relato. Ocurre lo mismo con la historia, de hecho lo decía Georges Orwell: Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro, y de cierta forma es así. El relato de la historia es un tema político, lo vemos en España donde hay una continua reescritura de la historia para poder justificar determinadas cosas del presente en la política.

Antonia creó su propio Edén y tuvo la esperanza de que algún día en el breve destello de su vida ese falso pasado sería una realidad. Es paradójico que ese supuesto día feliz del que emana toda la narración es en realidad un recuerdo triste y esa foto deja impregnado un falso Edén para la posteridad.

Crear o borrar el pasado es un mecanismo de supervivencia, típico del estrés postraumático y ahí entra también la historia del hermano de Antonia que regresa de la guerra en el bando perdedor. Es uno de los temas, la idealización del pasado, pero es que incluso es algo totalmente necesario también. La verdadera patria es la infancia, como dijo alguien, incluso en una infancia tan desoladora podían encontrar ese momento de felicidad en la reconstrucción. Eso es necesario a todos los niveles, no es tanto ese momento feliz que se perdió como la posibilidad de encontrarlo en un futuro, casi como un mapa para el futuro. Las personas hacemos eso, pensar que en la infancia lo pasamos muy bien y que siendo padres, lo recuperaremos con nuestros hijos o que, en el futuro, tendremos ese tiempo libre de la infancia o la adolescencia. En otro nivel, también lo hacemos continuamente, el pensar que en nuestra civilización cuando era un mundo rural se vivía mejor, que con la aceleración de lo urbano se ha perdido. Idealizamos el Edén del pasado pensando que podemos buscarlo, funciona como una necesidad, que si lo hemos tenido lo podemos recuperar, con lo cual es más posible que exista, que hay un camino que nos puede ayudar. Al fin y al cabo no deja de ser un ideal.

Paco Roca

Foto: Juan Martínez Lahiguera.

En Regreso al Edén nos muestras una familia numerosa, que se hacina en un pequeño piso en Ruzafa, un barrio popular de Valencia, han sobrevivido a la guerra,  en la que el padre y un hijo han luchado en el bando republicano. Es una familia donde enfocas especialmente a las mujeres, desde una perspectiva de protagonismo novedosa respecto a obras anteriores.

Sí, al final te vas dando cuenta de que a la hora de elegir los temas y los personajes tienes un sesgo. También lo he tenido a la hora de elegir el género, pero no sé si conscientemente, al hacer una historia sobre mi madre, me centré en su propia madre, su hermana… Y al final se centra en esos personajes, que quizá en otro momento no hubiese elegido. Quizás también puede que sea porque tengo dos hijas pequeñas y veo las cosas de otra manera… cuando ellas me hablan de sus sueños, de sus ilusiones para el futuro, me hacen pensar en la enorme diferencia respecto a las mujeres como mi madre, que tenían una vida y un futuro muy determinados. Eso me ha influido.

Fue una generación de perdedoras entre perdedores, porque ellas tenían un papel de sostén de la familia, pero también en ese ámbito privado fueron oprimidas por padres, maridos e hijos.

Estaban al final del escalafón, porque más allá de ganar el sustento, que correspondía al hombre, todo dependía de ellas, cómo gestionar el dinero, negociar con el prestamista, educar a los hijos, todo entraba en su ámbito.

Y además, el papel de garantes de la armonía familiar…

Ajá, hablamos de un estrato social muy determinado, había otros de gente pudiente que no se relacionarían así. Pero en ese momento, este era el mayoritario, como dices, era la unión familiar en el momento en que la familia era lo más importante, el estado no era un estado protector, había una gran miseria, había más egoísmo, se movían a nivel de supervivencia. La mujer unía el núcleo familiar.

Regreso al Edén

¿Las historias que narras y dibujas en Regreso al Edén son reales? 

Sí, ha sido un interés que surgió a partir de Arrugas, de la muerte de mi padre, al darme cuenta de que sabía poco de él. Intenté reconstruir su vida a partir de testimonios de familiares y para mí fue una espina clavada el no conservar la memoria de mi padre. No quería que me pasara lo mismo con mi madre, por eso  empecé a entrevistarla, lo amplié al resto de la familia y me reconcilié con la importancia de la familia, que es algo que hasta La casa no valoraba. A partir de La casa volví a sentirme parte de algo más grande, simplemente por el hecho de que no se perdiera la memoria, el recuerdo. No era por hacer una historia, ni siquiera tenía claro que quisiera hacer un cómic sobre esto. Simplemente, por pensar que quizás a mis hijas, en algún momento, les gustaría conocer la vida de su abuela, tatarabuela o el resto de su familia. Quizás, en algún momento, se preguntarían de dónde vienen y me parecía interesante.

Tener hijos resitúa en la línea del tiempo, porque ya no somos el último eslabón de la cadena…

Sí, no creo que sea necesario tenerlos para llegar a esta convicción, pero a mí me ha ayudado tener dos hijas para entender determinadas cosas, el ciclo de la vida. Además, mi padre murió cuando acababa de nacer mi hija, ves un ciclo terminado prácticamente, de perder un padre y convertirte en padre. Te hace comprender muchas cosas sobre la paternidad que luego puedes extrapolar al ser humano en general y la sociedad: hacer cosas que te van a sobrevivir, que no tienes muy claro para qué… Me sorprendía que mi padre mayor y enfermo plantara árboles frutales en la casa… te das cuenta del porqué cuando tienes hijos, porque piensas en que el mundo seguirá cuando tú ya no estés. Insisto, no creo que haya que ser padre para entenderlo, pero a mí me ayudó.

¿En este relato tan experiencial te has autocensurado? No lo parece, porque es muy valiente al mostrar la violencia de género, se insinúa la prostitución…

No, porque también es verdad que el vestirlo de ficción me ha ayudado a no autocensurarme, y luego también porque creo que si haces historias de este tipo es porque realmente quieres lanzarte a la piscina, piensas que esa honestidad puede ser también una buena terapia para ti. Ya no solamente el dibujar momentos duros, como maltrato y contar intimidades de mi madre, que ella nunca me había contado, sino también llegar a comprenderte mejor a ti mismo y avergonzarte de ciertas cosas en las que no habías pensado nunca hasta que empatizas con ese punto de vista. Por ejemplo, lo crueles que éramos mis hermanos y yo en la infancia, cuando nos burlábamos de la incultura de mi madre, una persona que nunca había estudiado y no sabía ni leer ni escribir. Nosotros, que teníamos una educación gracias a nuestros padres, nos burlábamos. Recuerdo lo mal que lo pasaba ella y a nosotros no nos importaba lo más mínimo y nunca había pensado en ello. Es de esas cosas que has borrado de tu memoria y que me vino a la mente al hacer esta historia. Como persona te ayuda, y por eso has de ser honesto al hacer este tipo de historias, porque, al final, también le sacas un provecho personal.

Leyendo Regreso al Edén, me vino a la mente la obra de la escritora francesa Annie Ernaux, un referente de la autoficción, y he recordado esta cita: Al expresar estas historias se estrecha el camino entre dignificar un modo de vida considerado inferior y denunciar la alienación que conlleva… Felicidad y alienación a la vez. En tu última obra es donde más clara he visto la relación entre historia, sociología y experiencia.

Es verdad, yo creo que todo va unido, no puedes separar la parte de ti mismo, que es tu madre y es tu abuela, que en cierta forma eres tú, porque te ves reconocido en muchos aspectos. Incluso como autor, también, tienes que actuar como ellos, tienes que ponerte en su papel y ver cómo se comportarían en determinados momentos. Se confunde ya todo, quién eres tú, quién es tu madre y quién es tu abuela… Y por otro lado, no puedes hablar de una persona sin hablar de su contexto y más cuando es un momento tan especial como una posguerra y tan al límite como la miseria, la falta de alimentos, y la represión de una dictadura. Es importantísimo también abrir el foco.  Al final, todo se une ahí, lo personal y lógicamente el contexto social.

Al expresarlo de forma artística se produce un exorcismo, ahí se encontrarían la felicidad y la alienación en una dimensión mayor.

Sí, de hecho, hay momentos que se hacen duros también, como cuando estás dibujando esos malos tratos, algo que mi madre no me había contado nunca, hasta que empezamos a hacer las entrevistas. A veces sientes vergüenza de cosas que estás contando, pero son muy útiles para ti como persona y como autor y piensas que también lo pueden ser para el lector. Piensas que tu viaje es el mismo en el que se va a embarcar el lector y que tus descubrimientos, dramas o los momentos emotivos también los va a vivir. Hay que ser honesto, aunque se utilicen trucos narrativos para hacer más interesante la historia, pero intentas que sean los mínimos posibles.

Esa honestidad es la que propicia la empatía del lector…

Y también que hay dos tipos de historias, por simplificar mucho, las de la gente de la Historia con mayúsculas como Los surcos del azar, con los que empatizamos de forma diferente, porque hicieron actos heroicos luchando contra un sistema. Aunque no eran militares profesionales, eran civiles con oficios, que te respondían que hicieron lo que hicieron porque les tocó. Pero este tipo de historias nos atraen por la extrañeza de lo que nos cuentan, pero hay otras historias como Regreso al Edén, que nos atraen porque nos sentimos identificados con la voz de la normalidad, la lucha de lo cotidiano.

También muestras la resignación con que se vivía, la aceptación abnegada del estatus, el determinismo en su aceptación, la falta de perspectivas, de sueños… Sin embargo, hay un personaje, Pepito, el hermano pequeño, que sueña con ser pintor, aunque sea de brocha gorda. Para escapar de ahí hace falta un puente.

La educación.

Exacto. Ese puente es la evolución. Tú tampoco estabas encaminado al arte, de alguna manera conseguiste ese sueño.

Tuve mucha suerte, en cierta manera, de salir de mi destino, entre comillas. Como dices, vivimos en una sociedad muy estanca, siempre ha sido así, quien nace pobre muere pobre. No salimos de nuestro estatus social, la única forma es la educación. Por eso es tan importante el acceso a la educación pública, los intentos de determinados estratos por mantener la jerarquía social son una lucha por lo privado, por cargarse la educación. Esto es tan estanco que hasta tenemos una palabra para definir la normalidad: el sueño americano. Amancio Ortega lo consiguió, por ejemplo, pero ese es uno… ese ejemplo intentaría demostrar que existe una permeabilidad entre clases.

Regreso al Edén

Siempre han querido que creamos en la cultura del esfuerzo.

De hecho me repatea bastante, cuando los grandes empresarios hablan del esfuerzo y de que hay que esforzarse mucho, como han hecho ellos, mientras que en realidad cualquiera que trabaje para ellos, hasta el último cajero de supermercado trabaja las mismas horas con un sueldo ínfimo. Nos han hecho creer ese mantra, volvemos a lo que decías, se intenta que todos se queden en su sitio sin pretender nada más. Si no he llegado es porque no me he esforzado lo suficiente, porque no he estudiado… y quizá es porque no he tenido acceso a esa enseñanza… pero te autoconvences de que no lo tienes, porque no has hecho bastante. Sin embargo, el gran empresario, que ha nacido rico, está en esa situación porque se ha esforzado mucho. Ese mantra hace que el sistema funcione.

El sociólogo Bourdieu definía el habitus como los esquemas de obrar, pensar y sentir asociados a la posición social, pero hay que romperlos para cambiar de estatus, por ejemplo mediante un capital cultural adquirido, que te proporcione las herramientas y la capacidad de reflexionar sobre ese estatus.

Como en todo en la vida, hay una delimitación incluso en los sueños, mi madre no pensó nunca que podría ser algo más que ama de casa, no habría creído que podría haber sido profesora… A otro nivel, hoy en la clase media, también hay profesiones, por ejemplo ser notario, que ahora aún quedan excluidas del sueño de determinada gente, tenemos unas limitaciones propias.

El pensamiento de carencia y de resignación se ha inculcado desde hace milenios.

De hecho, la guerra civil en España surge de ese concepto. Otros países lo hicieron, los franceses con la Revolución francesa… ese intento de lucha social en España que venía con la democracia de la república se fue al garete, cuando las élites vieron peligrar su estatus social, los terratenientes, los militares, el clero, cuando vieron que se les acababa el chollo milenario dieron un golpe para acabar con ese sueño de igualdad de clases. Los cuarenta años de franquismo redundaron en ello, la Transición fue lo que fue… con lo que aún seguimos heredando un poco esa jerarquía que asegura el funcionamiento del sistema.

Paco Roca

Foto: Juan Martínez Lahiguera.

¿De esa herencia, del dolor de la generación anterior, qué valores positivos podemos rescatar? 

Una, importante, que ha hecho que pueda ganarme la vida es el gusto por la fantasía y la ficción, la tradición del relato oral de mi abuela a mi madre, la forma en que mi madre me contaba historias me ha hecho tan fantasioso. Pero yo con mi educación lo convertí en un trabajo. En vez de lastre, para mí es una liberación. Como cuento en Regreso al Edén, tengo presente cuánta gente tuvo la capacidad de contar historias y por su situación no pudo expresarse. Hablamos de dos mujeres en la España de la posguerra, pero podríamos hablar de la población afroamericana en Estados Unidos a principios del XIX o en la actualidad de cualquiera que esté en un país donde la cultura sea la llave para hacer algo.

Entre los recursos narrativos que empleas en Regreso al Edén están los insertos de la historia sagrada, leyendas… La estructura es más compleja que en obras anteriores.

Cada cómic representa un reto para mí, explorar un terreno que para mí no esté trillado, aunque para otro lo esté. No pretendo hacer la mejor obra del mundo, ni la más vanguardista, siempre suelen ser retos interiores. En este caso, se trataba de intentar huir de la estructura de un guion. En mis obras anteriores todo se mueve por los diálogos y la acción de los personajes, pero en este caso me apetecía más divagar, poder reflexionar y pensaba que con la estructura de guion que había utilizado hasta entonces no podría. Buscaba la libertad de la literatura, donde puedes entrar, salir de un tema, ir a los lados, volver… contar algo que no tiene nada que ver… pero que a la vez contextualiza. Esa forma de narrar me funcionaba bien para esto y necesitaba para ello un narrador. Ser más literario y menos cinematográfico, por decirlo de alguna manera. He explorado un terreno nuevo, donde poder reflexionar, más allá de lo que se está contando, poder entrar en la fotografía, en la cabeza de los personajes. Y como decías, el tema de la ficción, al final no sabes de dónde salen las historias, como decías antes de empezar la entrevista, a veces tienes una historia que piensas que no se sostiene… La de mi madre no la veía clara, no veía cómo contarla, hasta que se juntó un recuerdo de la infancia que es la historia de Don Milán, que me contaba mi madre. Ni siquiera sabía que se llamaba así, me enteré después… Era un acróbata que salió de la plaza de toros en un globo, se perdió por el cielo y nunca regresó. Esa historia me maravillaba y la he dibujado tal como recuerdo que la imaginaba cuando me la contaba. En ese momento, todo cuadró al introducir una historia que no tiene nada que ver y pensé que por ahí podía ir la historia, en la que se mezclaba lo poético… al meterla ahí todo cobró vida.

¿Por qué eliges una foto como punto de partida? En Regreso al Edén, donde curiosamente también tiene gran presencia el fuera de campo, pones el acento en el poder de la imagen. Las tres fotografías de Antonia reflexionan sobre el poder de captar la realidad, como el trozo de ámbar que guarda en su interior un mosquito, valioso vestigio del pasado.

En las entrevistas a mi madre, vi que tenía muy presente a la suya, es algo que también me hacía pensar… mi madre hace 70 años que la vio por última vez, ha estado más tiempo sin su madre que con ella. Sin embargo, es un personaje que necesita. El poder de la madre es algo que quería destacar. Ella me contaba que a veces le costaba recordar su cara y se refirió a la foto familiar de la playa. Entonces me acordé de haberla visto protegida, como un mosquito, debajo del cristal de la mesita de noche. La busqué y pensé que podía significar mil cosas. La había visto tantas veces y no era nada especial para mí, pero para ella era un objeto venerado. Vi en ello el poder de la fotografía como puerta para entrar en un mundo de emociones, las manchas de imprimación en el papel tienen un enorme valor.

Regreso al Edén

Se aprecia un gran influencia de la fotografía, de las imágenes icónicas de guerra y posguerra: el hombre que cubre a sus hijos con una manta similar a la madre de Antonia cobijando a sus hijos en el hueco de la escalera, durante un bombardeo, por ejemplo.

Era muy curioso, esas fotos de la época tienen una magia.

Otros referentes que he asociado durante la lectura han sido las fotografías de Robert Frank, representante del humanismo de posguerra, que pasó cinco meses en el barrio valenciano de El Cabañal en 1952  y otra de Elliot Erwitt, que curiosamente está conectada: la pareja bailando en una cocina muy similar a la que dibujas, que son el propio Robert Frank y su mujer, Mary Lockspeiser. Es una instantánea de una poderosa intimidad, inusual, es como una foto robada.

En esa época había poca fotografía cotidiana. Eran acontecimientos especiales, la gente no se retrataba así como así. Me costó mucho encontrar lo cotidiano. Las fotografías eran profesionales. Las películas de la época me han ayudado mucho más, aunque el cine español de los años 40 no muestra una realidad de la miseria, siempre hay pequeños detalles, en que se aprecia la normalidad de la calle. Por ejemplo, la película El niño que robó un millón (Charles Crichton, 1960), rodada en Valencia, muestra el interior de una casa y el “vacío” de las calles con poco tráfico.

La escena del padre sacando al niño del colegio me recordó a Padre Padrone (Paolo y Vittorio Taviani, 1977)

De ahí es de dónde venimos, de una generación que no pudo estudiar, al menos los de una clase social. Los hijos de los jerarcas del régimen no dejarían los estudios. No recuerdo que en mi casa hubiera libros, alguna enciclopedia, algún libro de regalo… Ese era el ambiente cultural de mi casa.

Incluso, asocié el cuento La pequeña cerillera de Andersen, que encuentra el edén en el más allá, con la mentalidad de la recompensa en otra vida.

En muchos casos incluso se vivía peor en la posguerra que en la guerra, la miseria de esos veinte años fue terrible. El pensamiento de la recompensa futura ayuda a que la gente no se rebele. La iglesia incluso le negó eso a una parte de la población.  A los rojos ni siquiera les quedó el consuelo del más allá.

La muerte como liberación, edén, reencuentro con los seres queridos…

Es una fantasía reconfortante. Hay una película de Ricky Gervais (The Invention of Lying, 2009), donde la gente no conoce lo que es mentir, la madre del protagonista está muriendo y el médico se lo dice sin ambages. Cuando el hijo aprende a mentir, la primera mentira que dice es a su madre, inventa un mundo de fantasía para reconfortarla. Es el papel de las religiones y la fantasía.

La portada de Regreso al Edén, es una representación modificada de la foto en la playa, donde falta Antonia. Rompes la cuarta pared y los personajes se giran, mirando hacia el lector, en la misma dirección que mira el fotógrafo. Esta imagen crea un puente temporal al presente. ¿Miran a Antonia que estaría fuera de campo o miran al lector?

Ambas cosas, representa el regreso de Antonia al Edén, sus familiares la invitan a vivir ese momento, ese mundo de ficción, acompañada del lector. Por eso en este cómic he intentado contar ya la historia desde la portada.

No hay portada interior, las hojas de cortesía son ya texto…

Es una de las cualidades del cómic, que el propio libro ya es parte de lo que estás contando.

La historia está contextualizada en un antes y un después, lo materializas utilizando para ello el libro físico, el soporte, fuera de sus límites tradicionales.

Por eso, volver a poner el título, etc. habría roto esa idea. Desde que empiezas ya estás dentro de la historia, atrapa el interés del lector desde la primera página del objeto, para que entre cuanto antes en la ficción.

Los símbolos son un recurso muy característico de tu obra. En Regreso al Edén hay volcanes en erupción y extintos, también imágenes a las que recurres a menudo, como el cielo, las nubes, el globo, volar, que en tu imaginario representan el escape y la felicidad. Las imágenes reprimidas del subconsciente están representadas en ese baúl que encierra experiencias y recuerdos, todo el estrés postraumático de la guerra. Pero entre todos hay uno especial: el mapa del mundo que es el mapa del mundo subjetivo de Antonia, personal, emocional, dibujado con su mente a través de sus propias experiencias y que traslada a la burbuja de su propia familia, con esa ansia de protección.

Ella no se siente en una sociedad que entiende, se siente inferior en todos los sentidos, nunca ha aprendido y no se siente a gusto. El mundo, incluso sus hijos, se ríen de ella, y ahora lo entiendo… se creó una especie de burbuja para toda la familia, quería que siempre estuviéramos juntos que no nos relacionáramos con otros vecinos ni con otras familias. Allí se sentía segura, refugiada de ese mundo complicado que no llegaba a comprender.

Alternas diversos estilos: el didactismo de la infografía (en la genealogía, el mercado negro, la dictadura), los insertos, el collage, la ilustración de la Historia sagrada, incluso las viñetas típicas del TBO.

El cómic permite compaginar todas esas expresiones, al final todo es dibujo, ahora ya se hace en todos los medios (documentales, cine…) quizá es en la literatura donde no se mezcla, pero esa reunión de texturas hace que el cambio de estilo sea natural y funciona muy bien.

Regreso al Edén

La constelación familiar está marcada por la religión, el creacionismo, el pensamiento mágico, el analfabetismo, la pobreza, el hambre, los traumas ocultos, la dictadura, la doble moral, las apariencias, el machismo, los malos tratos… Todo ello comporta una actitud de resignación y de victimización, de asunción de una supuesta responsabilidad en su destino. Y no solo en las mujeres, también en la figura del padre, que se siente un fracasado. En la parte opuesta, lo único positivo es el paraíso, que es una fantasía. No hay esperanza, ni contrapeso, no hay un héroe, nadie que exprese otra forma de vivir. Los clavos ardiendo a los que se agarran para salir de ahí son un matrimonio de conveniencia o la emigración.

Es cierto, es bastante oscuro. Prácticamente, lo único que hay con colores vivos o más alegres es la ficción. El día en la playa tiene la pátina dorada de la nostalgia, todo lo demás es triste, porque quería hacer hincapié en eso, en la soledad, en la falta de ayuda que tenía esta gente que no podía contar con nadie. Hay una parte que quería incluir y es algo que me contaba mi tío paterno, que tiene ochenta y pico años, es la muerte de su hermano pequeño por tuberculosis. Los medicamentos se obtenían del mercado negro a un alto precio, y mi abuelo tenía que doblar turno para conseguir el dinero, cuando lo reunió, mi abuela fue a comprar el medicamento de estraperlo en el puerto y en cuanto salió se lo decomisó un guardia civil. Mi abuela se echó a sus pies desesperada, pero no consiguió que se lo devolviera y su hijo murió. En esa sociedad de supervivencia no se podía confiar en nadie.

Llama la atención la frialdad con que se tratan los propios miembros de la familia… siempre juzgándose.

En los momentos duros solo los héroes son solidarios…

En la impactante secuencia del padre sentado en la escalera, expresas tanto con tan poco: el individualismo, el egoísmo…

Es absurdo, pero tiene una carga dramática. En contexto, mi madre y mis tías me contaban que a quien no le debía faltar nunca la comida era al padre. Nosotros no podemos imaginar eso en la actualidad, o la sensación de no comer en todo el día y bajar a la calle a jugar para olvidar el hambre. Detrás estaba el sacrificio de la madre, que aún se alimentaba menos, mientras que al padre nunca le faltaba la comida, como si fuera el cazador… La sociedad era insolidaria.

Regreso al Edén narra vivencias en un contexto histórico que se remonta al Big Bang y llega a nuestros hijos. En cuanto al valor de lo permanente es una reflexión más refinada y de mayor dimensión que ninguna de tus obras anteriores.

Es una evolución, volvemos a lo de antes, hablamos del mismo tema y lo vamos enriqueciendo, aunque se pueda perder en otras cosas, pero esto da mucha fuerza. El hecho de hacer un cómic sobre mi madre y que ella lo pueda leer me dio como alas. Esto era una deuda con ella y cuando se lo llevé solo por eso valió la pena. Lo miró en silencio, lo hojeó y reconoció cosas, en la parte del maltrato le salió una lágrima, aunque nunca lo había expresado… Acabó el libro, lo cerró y lo abrazó, lloró y me pidió que lo cuidara porque era único y tenía que pasar al resto de la familia para que perdurase. Ella pensaba que solo había un ejemplar y que era para ella. Cuando le dije que había 25.000 ejemplares se sintió abrumada. Eso es lo que nos gusta a todos, que nos comprendan, y algo que nunca había contado… nunca ponemos voz a esa generación si no es porque han hecho cosas excepcionales. Así que para ella ver que tanta gente está leyendo su vida le emocionó mucho. Es la mejor recompensa, sentirse escuchada.

La parte positiva estaba fuera de la obra.

Hay historias, como Arrugas o La casa, donde se mezcla lo que el lector ve en la obra con sus propias vivencias, porque se empatiza y se acaba alabando la obra por cosas que no están ahí, por cosas que recuerda. El libro simplemente es un punto de partida para que el lector vaya más allá con sus propias emociones.

 

Terminamos la conversación con este reconocimiento del autor sobre el poder del arte, de la ficción y la autoficción para trascender la propia obra y abrirnos senderos por los que nos incita a transitar, reflexionando sobre la fantasía para acceder a la introspección. La capacidad de fabular y de transmitir es ciertamente un legado asegurado, que Paco Roca, con su vehemencia y talento, convierte en magia con cada nueva obra.

Foto de cabecera: Juan Martínez Lahiguera.

Compartir:

CómicLibrosPaco Rocapremios goyaLa casaGuerra civil españolaBudaGeorges OrwellRegreso al EdénEditorial AstiberriposguerraArrugasLos surcos del azarEl invierno del dibujanteEl dibujadoRicky GervaisAnnie Ernaux

Artículos relacionados

Comentar

Debes ser registrado para dejar un comentario.

Sin comentarios

Nadie ha publicado ningún comentario aún. ¡Se tú la primera persona!