Empiezo aquí, dice May Sarton. Está lloviendo. Empiezo aquí, digo yo, agosto seca las copas de los pinos.
Por la ventana, la suya, contempla el arce, algunas de cuyas hojas se han puesto amarillas. La poeta escribe en Nelson, la aldea de Nueva Inglaterra que la ha hecho hija adoptiva. Por mi ventana, escribo yo, domino la masa verde del bosque desde el octavo piso, la veo abullonada y luminosa, haciéndose más chata a medida que alcanza el mar. El garbí de la tarde riza el horizonte y llena el azul de borreguitos blancos. Si yo oigo a las chicharras, ella oye a Punch, el loro, hablando solo, y la lluvia cosquilleando suavemente en las ventanas.
Rondaba el año 72 para May Sarton en las páginas que ahora edita en castellano Gallo Nero; ella iniciaba su Diario de una soledad. Más de cincuenta años después, en otro bosque, en el Mediterráneo, yo miro desde un ángulo igual y distinto. Las chicharras aplastan aquí la tarde y nos hacen somnolientos hasta que cese la luz. Lo escribo. Deseo ser ella. Esta noche he soñado que estaba en su casa cruzada de bandas de luz y ramos de flores. En lo que recuerdo, esta anciana de gafas ochentonas y mirada de azúcar me conducía al borde de su prado y prometía enseñarme a cultivar sus orquídeas, flores de tallo gigante que se erguían alineadas como un extraño campo de maíz. Eran exóticas y delicadas, pero lucían quemadas por los bordes y yo asentía en silencio porque era su nueva discípula. Algo burbujeaba dentro de mí, algo cargado de fe y un raro terror.
¿Cómo se enfrenta una mujer en los años 50 a la escritura? ¿Cuánto valor se ha de tener si se es soltera, lesbiana, si se instala en una aldea, si ni siquiera se sabe si es de aquí o de allá, de Europa o de EE. UU., de la prosa o la poesía? Carolyn Holbrook, en su compendio de mujeres memorialistas, destaca a Sarton como una original precursora, “momento decisivo para la autobiografía femenina moderna”.

En Anhelo de raíces, publicado en 1968, ya estaba el ansia de lograr el poder y el control sobre la vida propia, deseo vetado para las escritoras hasta esa fecha, pero no había lugar para la rabia y la impotencia que provoca esa búsqueda o, lo que es lo mismo: no figuraba el “encuentro con la sombra” que propone Jung (autor muy visitado por la escritora y que se reservó para la segunda entrega de sus diarios). Cumpliendo con el canon tradicional de las memorias femeninas, el dolor no parecía existir en su primer volumen publicado y latía bajo un manto de flores, de maquillaje. Anhelo de raíces parece un poema en prosa pero Diario de una soledad, el que apareció cinco años después, será una confesión cruda y maestra. En el arranque de éste, Sarton cita su primera entrega y reflexiona: “el libro presenta una versión falsa que yo ni siquiera pretendí ofrecer, pues apenas menciona la angustia ─o los arrebatos de ira─ de mi vida en este lugar”.
Los lectores idealizaban la vida de May Sarton y peregrinaban hasta su casa, la de la “dulce ermitaña”, y ella supo que había sido deshonesta. En 1972 salió a la luz Diario de una soledad pero abarcaba el mismo periodo vital que la primera entrega; ofrecía a esos mismos lectores el reverso de su búsqueda narrado con libertad (la depresión, el pulso con el éxito que no llega, la pataleta e incluso la idea del suicidio). Ambos volúmenes de memorias cierran el círculo, uno será el ying y el otro el yang. Contamos así con el anverso acabado y ostentoso y su material de desecho, su cara B, porque toda creación contiene su escombro, pero el creador no siempre es tan generoso al compartirlo.

Yo también quiero escribir, dar con mi verdad, ser dolorosamente honesta. Por eso la leo y me voy fácilmente a ese escritorio suyo de madera maciza que diseñó su madre inglesa cuando aún no había huido de la guerra europea. Escribir y fracasar y hacerme fuerte en mi fracaso. Apartar, como dice ella, “las vidas y necesidades de los demás antes de poder abordar mi trabajo con cierta frescura y placer”. Ni siquiera ella, sin cargas familiares, sin redes sociales, sin nómina, estaba libre del sobrenadante de la vida ordinaria. Sin embargo, Sarton era consciente de que el éxito discreto que tenían sus libros la beneficiaba, era una atleta de resistencia, sufría la ambivalencia del deseo y, lo que es mejor: sabía contarla como nadie.
Todos queremos sonreír a la cámara algún día con la misma dignidad que encuentro en las fotos de ella que flotan como espectros por Google. No envidio que recibiera a Louise Glück en su casa o tomara el té con Virginia Woolf. Envidio su maestría zen y quiero envejecer igual, sin pánico. Peinar un casquete blanco y esponjado como una nube. Sus diarios se han traducido medio siglo después y se han bebido como el agua durante la pandemia. Han enseñado a vivir como un modesto manual de jardinería.
El universo Sarton no ofrece novedades ni descubrimientos brillantes, pero atrapa por igual. Quizá su éxito reciente en España radique en que fue una suerte de manual de mindfulness para personas enclaustradas, pero su sortilegio va más allá. Yo me la topo en un agosto de carreteras con atasco y temperaturas marcianas, turismo de apretón, colas, niños exigentes y hastiados, humores de perros y manos pegajosas de sudor y helado. Me la topo cuando rebrota en mí la necesidad de que me alguien me dé cobijo en un monasterio. O me empleen de farera en un peñasco árido e incomunicado porque “es un consuelo saber que hay fareros habitando en los pedregosos islotes que bordean la costa”. Desde que el mundo ha enloquecido definitivamente, todos ansiamos un pasaporte para ese islote.

En cualquiera de sus dos diarios, May Sarton enumera los placeres de la poeta (“la luz, la soledad, la naturaleza, el tiempo y el proceso creativo”) y nadie puede sentir asombro mientras desmenuza al detalle todas estas visiones y reflexiones. Desfilan por esa casa, que es una suerte de vientre de acogida, los amigos genuinos y las personas a la antigua, de una pieza, igualmente queridas tanto si son artistas o artesanos, granjeros o gente cultivada, mujeres adelantadas a su tiempo o de raíz tradicional, incluso hombres rudos en los que sabe adivinar un poeta encubierto, como en el tierno y gruñón Perley, con quien se “domestican” juntos. Ambos elevan las tareas rudimentarias a un acto de gracia, una suerte de religión en la que el premio no es tanto el elogio o el dinero sino el “respeto a sí mismo y amor al trabajo”.
Pero nada de esto es original y la poeta lo sabe. Simplemente ofrece el testimonio de su descenso a sí misma, una apuesta llena de renuncias y con pocas garantías, porque “ni siquiera puedo creer siempre en mi trabajo”, confiesa. Quiere “aprender a soltar” y se ha tomado el tiempo para dar con el nudo de sí misma, su propio bulbo. No busca la felicidad, sino “una vida con más conciencia e intensidad”, como las rosas que le crecen en el granito. Lo comparte. “No me despojéis de la edad, me la he ganado”, proclama un personaje suyo con falsa arrogancia. Para ella, “crecemos a cualquier edad conforme ensanchamos la conciencia y aprendemos un nuevo lenguaje, o un nuevo arte u oficio ─ ¿la jardinería?─ que implique una nueva forma de mirar el universo”.
En conclusión, ambos libros son una guía hacia la gruta de uno mismo y orientan al viajero. “Eso es un lujo ─admite─, el mayor lujo. Tengo tiempo para ser. De ahí mi enorme responsabilidad: usar bien el tiempo y ser todo cuanto pueda en estos años que aún me quedan por delante”. Y en esta guía abundan las imágenes macro, de estambres y pétalos, de columnas de luz, de la impronta que dejan las estaciones con todos sus ciclos, por fuera y por dentro. Paseamos por el imaginario femenino que pone la lupa en lo pequeño y lo eleva, hace literatura de lo ínfimo: una nueva veta en el canon literario occidental, tradicionalmente volcado en la épica masculina, la de la talla grande, la sustancia frente al vacío, lo épico.

También son una indagación y una experiencia del tiempo, la lealtad y la condición de mujer artista. Mujer artista que envejece. Persona que se prepara para la muerte. Del retrato de Isak Dinesen, su modelo, escribe “construimos nuestro rostro a través del caminar, ¿y qué jovencita podría tener su aspecto? La dulzura inefable de su sonrisa, la absoluta dicha y aceptación de la vida y la muerte tal y como son, de todo aquello que recibimos para dejarlo marchar una vez saboreado”. Todo ello lo escribe tal como entierra bulbos en el invierno, consciente de que la alquimia de la naturaleza creará algo hermoso desde lo hondo y desde la falta de luz, consciente de que todo contiene su contrario y no hay que impacientarse.
Unos diarios que operan una suerte de meditación zen y que la acercan a la jardinera que aspiraba a ser, que creaba puentes entre ambas disciplinas. Si la poesía le enseñaba a cuidar de sus arriates de flores, las flores igualmente la sentaban en el escritorio con una nueva voz, con su vértigo bien sujeto y sus pataletas domesticadas. Como su adorado Perley, quería forjarse un talante adusto, contenido, riguroso, honesto. Porque «así son las cosas».
El final de su viaje bordea la despedida de la casa, de Nelson y de todo lo que ha cristalizado en su lugar sagrado durante casi una década. El camino sigue, parece sugerir, porque no todo consiste en tener una “habitación propia” y una soledad blindada; la búsqueda estará siempre inacabada y todo libro y toda persona es luz y oscuridad, flujo que no cesa, sucesión de instantes completos e incompletos.
Al final de sus días un ictus paralizó sus muñecas y escribió con enorme esfuerzo y tesón, valiéndose de una grabadora. “Ayúdanos a ser fieles jardineros del espíritu ─pedía en uno de sus textos─, que saben que sin la oscuridad nada nace y sin la luz nada florece”. Parece que se sirvió de esa flor preciosa en la que se había convertido y le brotó desde tan adentro, pura belleza que podemos disfrutar hoy día.






Nadie ha publicado ningún comentario aún. ¡Se tú la primera persona!