En marzo de 1941, un desconocido escritor de ciencia ficción de revistas pulp llamado Isaac Asimov compatibilizaba su posgrado de química con los ultramarinos de la familia. Asimov había nacido en 1920 en Petrovichi, cerca de la frontera bielorrusa, en el interregno que separaba a un imperio zarista en descomposición de una Unión de Repúblicas Soviéticas en proceso de gestación. Solo tres años después, sus padres habían conseguido trasladarse a Nueva York para intentar experimentar el sueño americano en primera persona. Asimov no recordaba Petrovichi, pero siempre presumía de la Gran Manzana.
El poco tiempo libre que le sobraba a Isaac lo dedicaba a imaginar mundos que había descubierto en las revistas de ciencia ficción que pululaban por los expositores de la tienda familiar. Aquello era una carrera contrarreloj contra el aburrimiento de los críos que residieran en su barrio y dispusieran de 20 centavos para comprarlas. Asimov tuvo la suerte de vivir durante una especie de primera edad de oro del género, en la que surgió una serie de publicaciones de calidad dispar en la que, de tanto en tanto, podían encontrarse tesoros.
A los 18 años, Asimov cruzó la línea imaginaria que separa al lector del autor. Sus intentos creativos pasaban por introducirse entre el grupo estable de autores de Astounding Science Fiction, la revista líder del mercado, dirigida por John Wood Campbell, Jr., la mente más hábil de su época y su sector, y el mejor gurú a la hora de descubrir y reclutar talentos para hacer aún más grande su imperio editorial.
Asimov tenía 21 años en 1941 y desde 1938 solo había colado 3 relatos en Astounding. Inasequible al desaliento y con la única aspiración de publicar con regularidad, reconocía que el trayecto hacia la meta se le estaba haciendo muy largo. Sus historias eran entretenidos retazos deudores de otras, repletas de los errores propios de cualquier primerizo. Nadie le había aún tocado con la varita mágica que permitía galvanizarlas, o si acaso resolverlas satisfactoriamente.

Las cartas de rechazo de Campbell eran manuales de consejos para abandonar latiguillos y afectaciones que oscurecían el proceso. El editor veía algo en Isaac, pero aún no sabía el qué. Seguía sin tener idea de ello cuando un 17 de marzo lo vio acercarse por la redacción de Astounding, como solía hacer, con el fin de charlar un rato con su director.
Campbell tenía esa mañana en la cabeza el mantra de una cita del poeta Ralph Waldo Emerson que comenzaba así: “Si las estrellas aparecieran una noche cada 1.000 años, ¿cómo creerían en ellas los hombres y las adorarían?”. Era un punto de partida estimulante, y a partir del mismo surgió un intercambio de ideas, principalmente alrededor de la pregunta: ¿Qué es lo que produciría un eclipse total en un mundo donde siempre es de día?
Asimov se encogió de hombros: La gente probablemente enloquecería. Campbell no dijo nada pero llevaba toda la mañana esperando ver entrar por la puerta a la persona adecuada que le respondiera algo así, Ahí tienes una historia.
Esa tarde el joven desconocido se puso a la tarea. En primer lugar, debía crear el paisaje adecuado y en esa búsqueda encontró un sistema solar invertido, en el cual Lagash, el planeta donde se desarrollaba la historia, tenía no uno sino seis soles de referencia. Tanta estrella junta siempre iluminaba en algun momento cualquier punto del planeta, y por lo tanto la noche no existía en él. La oscuridad se limitaba a cuevas o subterráneos, la luz eléctrica era una entelequia, por innecesaria.

El desencadenante de la trama se basaba en un cuerpo errante que los astrónomos de Lagash no habían detectado, ceñidos a su inmutable cosmogonía de seis soles y un planeta. Este octavo pasajero tenía la particularidad de transitar cada 2.000 años por delante de la estrella más diminuta del sistema, justo en el momento en que ésta era la única fuente de luz de un hemisferio del planeta. El cuerpo era lo suficientemente grande como para que el eclipse subsiguiente se extendiera a lo largo de varias horas, que suponían el unico lapso de oscuridad de Lagash en dos milenios.
Asimov había creado la noche y ahora debía mostrarla adecuadamente al resto del mundo. Durante tres semanas trabajó en ello y un 9 de abril dio el proceso por terminado. Lo llamó Anochecer (Nightfall), tal como había acordado con Campbell. Con 68 páginas alcanzaba casi la extensión de una novela corta. No sabía que había escrito muy por encima de sus posibilidades, pero estaba satisfecho del ritmo del relato y de aquella estructura de cuenta atrás inexorable.
Y es esta cuenta atrás hasta la llegada de la noche, el secreto que ha enganchado a verías generaciones de lectores desde hace 85 años. El escenario único del observatorio astronómico que pretende registrar el fenómeno ajeno a sus consecuencias, y la intromisión de un intrépido periodista a la búsqueda de una exclusiva que no termina de entender, pues no cree ni una palabra de las explicaciones de los científicos (de hecho considera todo el asunto del eclipse una filfa). Y por en medio las revelaciones de una secta milenaria cuyo mantra previene de la llegada inminente de “las estrellas”.

Según va avanzando el eclipse, los nexos de la realidad conocida van deshaciéndose. El periodista descubre a su pesar que su voluntad y su independencia no son suficientes para afrontar algo tan enorme y desconocido. Los residentes del observatorio, encabezados por un integrista de manual descubren que sus teorías más delirantes se habían quedado terriblemente cortas. Lagash termina como cada dos milenios, enloqueciendo y buscando en su demencia cualquier fuente de luz para restablecer su habitual estado de las cosas. Opta por la más sencilla que es prender fuego a toda su civilización, no solo por el miedo a la oscuridad, sino por la aparición en el cielo de centenares de miles de desconocidas “estrellas”.
Lagash no es consciente de haber encontrado la explicación al enigma de su origen. La barbarie llega tan drásticamente como termina la historia, historia que en teoría volverá a repetirse periódicamente cada 2000 años, cuando el inesperado visitante vuelva para trastocar a una civilización que no está preparada para la carambola estelar que supone su llegada.
Asimov no se imaginaba la repercusión de su creación. Si una vocecita me hubiera indicado que estaba fabricando posiblemente el mejor relato de ciencia ficción de todos los tiempos, no habría pasado de la primera línea recuerda. Pero Campbell si supo ver la joya que tenía entre manos. Le asignó por primera vez la portada de la revista, y pagó a su autor una bonificación extra. De aspirar a segundo o tercer plato en la mesa, el joven desconocido pasó a ser uno de los puntales de Astounding Science Fiction. Con sus primeros relatos de la saga Fundación, alcanzó el estatus de autor de referencia en la ciencia ficción de los años 40. Al final de esta década descubrió que Arthur C. Clarke, Robert Heinlein y él comenzaban a ser llamados “Los tres grandes”. Y así fue hasta el final de sus vidas.

Eclipse. Foto: ©Miguel Macián.
La fama de Anochecer creció exponencialmente. Su perfecto mecanismo de relojería le llevó a aparecer regularmente en los primeros lugares en las antologías de lo mejor de su género. En 1968 fue elegido el mejor relato de ciencia ficción escrito hasta el momento. Campbell llegó por los pelos a apreciar su buen ojo, pues murió apenas tres años después. En 1990, ya no muy lejos de compartir el destino de su mentor, Asimov accedió como una especie de testamento a colaborar con su colega Robert Silverberg para convertir Anochecer en novela, añadiendo un primer y un tercer acto en el cual se explicaban más detalladamente las causas y consecuencias del eclipse, y los primeros atisbos de renacimiento sobre las ruinas de una civilización destruida.
Curiosidad para ansiosos que llevaran décadas esperando una conclusión más extendida a la suerte que habrían corrido Lagash y sus habitantes, Anochecer (1990, Bantan- Doubleday) no añadió ninguna gloria a la propia del relato, como tampoco lo hicieron una seria de desgraciadas adaptaciones cinematográficas, que demostraban que un buen eclipse no tenía necesariamente porque dar bien en pantalla, y que una buena historia funciona mejor cuanto menos se la toca.
A Isaac Asimov le habría tocado eclipsarse en ese 1941, escenario de su mayor victoria, cuando los nazis entraron en Petrovichi y no dejaron un judío vivo. Una colección de casualidades y circunstancias que le perseguían desde niño, lo llevaron a crear justo ese año un relato casi perfecto, que cambió a la larga su futuro y nos descubrió al autor que puso su nombre a medio millar de libros, y al divulgador científico empeñado en acercarnos a la historia y a la ciencia para por medio de ellas, alejarnos de cualquier oscurantismo.






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