Baja de la bicicleta azul y la apoya sobre el poste de luz. Se sienta en la mesa del bar y siente que el verano está por llegar. Todo esto sucede dentro de una pequeña callejuela del valenciano barrio del Cabanyal. Ignacio Docavo Ferrán viene de probar una clase de taichí y lo primero que comenta es que el profesor era un poco charlatán para su gusto. En ese comentario, está parte de la personalidad de este entrevistado. En su ópera prima, Ejemplares, con frases como Tiempos donde todo estaba aún por destruir o En el parque reconocí la paloma de ayer, construye su condensación y sutileza, su respeto violento por el silencio y el lenguaje sencillo. Esta conversación intentará atar los cabos para construir el perfil de alguien a quien no le gusta andar de cháchara pero que, a diferencia de tantos parlanchines, tiene algo interesante para decir.
En la pequeña biografía que antecede a ese libro editado por Contrabando, que aparte de un breve poemario Ladrón de horizontes, es la primera y única publicación hasta el momento, Docavo Ferrán se presenta como Licenciado en Psicología y Biología, docente de Matemáticas y editor del sello La Coz, joven editorial que hasta el día de hoy ha editado a cinco poetas argentinos (Gabriela Saccone, Laura Wittner, Claudia Prado y Daniel Durand y Leónidas Escudero). Ya jubilado de la docencia y sin ejercer la profesión de psicólogo, esta conversación versará en torno a lo que queda: la poesía. Su edición, publicación y el estado actual de la misma en España y Argentina, dos expresiones que nacen de un mismo idioma y se diferencian en el interior de los secretos de esa cosa a la que algunos llaman lengua
ANDRÉS MAINARDI: ¿Qué es para ti escribir?
IGNACIO DOCAVO FERRÁN: En el caso de la poesía, escribir es entrar en una especie de trance. No tiene nada que ver con las drogas, pero sí con un estado en el que la censura interna cede. El control disminuye y las palabras aparecen impulsadas por el ritmo y por el propio lenguaje. Es como dejar que el lenguaje hable a través de uno.
¿Cuándo llegó la poesía a tu vida?
De niño era muy lector. Recuerdo especialmente cuando un profesor nos hizo memorizar varios poemas en la adolescencia. Ahí se encendió algo. Descubrí el placer de los versos, de su música y de su permanencia en la memoria.
Sin embargo, empecé a escribir seriamente bastante tarde, en un taller de poesía de la Universidad Politécnica de Valencia. Lo interesante era que no estaba formado por gente de letras, sino por ingenieros, arquitectos y personas de distintas disciplinas. Allí descubrí buena parte de la poesía contemporánea.
Hasta entonces conocía sobre todo a los clásicos: Góngora, Quevedo, Lope de Vega o Garcilaso. Hice el recorrido inverso al habitual. Empecé por ellos y más tarde llegué a autores contemporáneos. Dos nombres fueron decisivos para mí: Antonio Machado y Gabriel Ferrater. Machado me sigue pareciendo un auténtico brujo del lenguaje. Ferrater, en cambio, me mostró que un poema podía hablar de cualquier cosa y despertó en mí el deseo de escribir.
¿La poesía contemporánea te dio una libertad que no encontrabas en los clásicos?
No necesariamente. Ferrater me hizo ver que cualquier tema podía entrar en un poema, pero la libertad creativa también existe en los clásicos. A veces las restricciones formales generan una libertad enorme. Hay sonetos de Góngora o de Lope extraordinariamente libres dentro de estructuras muy rígidas.
¿Cómo comenzó tu propia obra?
Soy un poeta bastante inédito. Durante años escribí y compartí textos en el taller. Lo primero que publiqué fue Ladrón de horizontes, un proyecto realizado junto a un fotógrafo amigo. Eran haikus inspirados en imágenes de Cullera. Después publiqué algunos poemas en revistas, pero gran parte de mi trabajo sigue inédito.
Respecto a Ejemplares, siempre he tenido dudas sobre cómo clasificarlo. Se suele considerar un libro de aforismos, aunque yo prefiero llamarlos simplemente “frases”. Algunos podrían funcionar como poemas si se dispusieran de otra manera en la página.

Ejemplares (Ediciones Contrabando)
¿Cómo surgió Ejemplares?
Es el resultado de una acumulación de textos iniciada en 2005. Al principio escribía aforismos más convencionales, aunque el género me parece a veces un poco petulante. Lo que me interesaba era capturar momentos concretos, impresiones o asociaciones inesperadas. Son apuntes de la realidad que pueden ser líricos, humorísticos o incluso contradictorios. Muchas veces el primer sorprendido por esas asociaciones era yo mismo.
¿Qué relación existe entre atención y escritura?
Muchísima. La escritura exige un estado de atención muy intenso. Es una forma de concentración absoluta que no he encontrado en ninguna otra actividad. También existe una atención cotidiana, una especie de antena permanente que permite mirar la realidad desde una disposición poética o aforística.
Eso tiene un coste energético importante. No es un estado relajado. Al contrario: requiere una gran intensidad. Pero también produce una sensación de plenitud difícil de encontrar en otros lugares.
Hay una lectura fragmentaria posible en Ejemplares. ¿Lo pensaste así?
Curiosamente, yo soy incapaz de leer de ese modo. Cuando encuentro un libro que me gusta lo devoro. Después puedo volver a él y releerlo con otra mirada, pero me cuesta detenerme. En mis textos, además, hay un combustible importante: la irritación. Muchas frases nacen del desacuerdo con lo que me rodea o conmigo mismo. Hay algo de ajuste de cuentas, sobre todo personal.
Además de escritor, eres editor. ¿Cómo nace La Coz y tu interés por la poesía argentina?
Fue una sucesión de casualidades. Un libro fundamental para mí fue la obra completa de Joaquín Gianuzzi. Después llegaron otros autores argentinos y empecé a explorar esa tradición. Más adelante descubrí El guadal, de Daniel García Helder, un libro que me impresionó profundamente por su relación con el lenguaje.
A través de esos encuentros surgió la posibilidad de editar autores argentinos en España. Primero fue Gabriela Saccone, luego Laura Wittner y después otros nombres. No existe una decisión programática detrás. Simplemente he seguido leyendo aquello que me interesaba y una lectura me fue llevando a otra.
¿Y por qué no editar poetas españoles?
No tengo ningún problema con ello. El único criterio es que el texto me guste mucho. Siempre he pensado que aquello que me conmueve a mí puede conmover también a otros lectores. La intención de la editorial es llegar a personas cultas pero no necesariamente especializadas.
Creo que la poesía ha perdido lectores porque se ha vuelto excesivamente endogámica. A menudo parece que uno debe pertenecer a una especie de logia para disfrutar de ciertos poemas. Existe una barrera de incomprensibilidad demasiado alta. Hay poetas que parecen empeñados en resultar enigmáticos. Yo edito aquello que puedo comprender desde una sensibilidad poética. No significa que todo deba ser transparente, pero sí que exista una comunicación posible.
¿Cómo ves las diferencias entre los distintos castellanos?
Cada vez me preocupan menos. Incluso dentro de Argentina las diferencias lingüísticas son enormes. El próximo poeta que vamos a editar, Leónidas Escudero, utiliza un castellano muy particular, alejado de cualquier estándar. Esa singularidad le permite decir ciertas cosas de una manera irrepetible.
La literatura suele llevarse mal con la uniformización. Cuando el lenguaje conserva una relación viva con una experiencia concreta aparecen posibilidades expresivas nuevas. Escudero aborda temas muy serios con humor, ironía y naturalidad. Consigue decir cosas que en otros registros sonarían solemnes o insoportables.
¿Es distinto editar un libro que escribirlo?
Mucho. Editar obliga a leer con una profundidad extraordinaria. Es una forma de lectura lenta y minuciosa que disfruto enormemente. Lo difícil es todo lo demás: las ventas suelen ser malas y cada vez parece más importante la capacidad de promoción que el propio talento.
¿Qué tiene que tener un poema para ser un poema?
No lo sé. Creo que cualquier cosa puede caber dentro de un poema.






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