Ahora que soy adulto, pienso la ciencia ficción como filosofía social, pero cuando era niño viajé por las lunas de Júpiter con Lucky Starr.
Recuerdo todos esos relatos de Isaac Asimov a los que no he vuelto en deferencia a la infancia, para mantener intacto su delicado prestigio, por así decir, y algo semejante me ocurre con las historias de Richard Matheson —Soy leyenda (1954) y El increíble hombre menguante (1956)— a las que prefiero no regresar. En realidad, fueron otros los que me asomaron a las peculiaridades literarias de la ciencia ficción, más allá del encanto que ya me producían las historias de H.G. Wells. Pienso en cómo ciertos cuentos de Jorge Luis Borges, como «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» o «La biblioteca de Babel», me permitieron entender que la ficción especulativa era algo más que una fábrica de artilugios del porvenir. Allí había ya una interrogación radical sobre la identidad, el pasado, el lenguaje y todo lo existente.
Wells sigue siendo una de las puertas encantadas y está, por cierto, detrás de una de las mejores obras literarias del año pasado, La pregunta 7, de Richard Flanagan.
Como a muchos, tengo entre mis preferidas Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin, una forma afinada de reafirmar la convicción de que no hay individuos fuera de lo social. Del clásico Solaris, de Stanislaw Lem, sigue deslumbrándome la idea de que el universo no esté hecho a la medida de la comprensión humana, y acaso tampoco la fuerza del amor, dicho sea al pasar. Agradezco al gran conocedor de Lem y amigo Ramón Cabrera, autores chinos como Liu Cixin, Chen Qiufan, Hao Jingfang, Han Song, Xia Jia o Tang Feila así como la invitación a dedicarle más atención al universo de William Gibson y Neuromante, un hilo que reaparece en Constructos Flatline, de Mark Fisher (su tesis doctoral).

Hablando del que siempre hablamos, forman ya parte del canon de una ciencia ficción pensada desde la filosofía política y la crítica cultural las obras de J. G. Ballard o páginas como las que Mark Fisher dedicó al Edipo gótico y al Batman Begins de Christopher Nolan para profundizar en el deseo, el miedo, el orden y la subjetividad contemporánea (algo de lo que trataba mi ensayito Me hicisteis mal).
Hace poco, mi colega María Pina Fersini organizó en Málaga un congreso sobre la forma en que la política y la ley beben de la ciencia ficción y, por poner un ejemplo de ese cruce entre ficción especulativa y filosofía jurídica, ella misma ha escrito recientemente un artículo sobre Kentukis, de Samanta Schweblin, donde examina, desde una metodología iusliteraria, los dilemas normativos de las smart homes, la videovigilancia en contextos de cuidado y la tensión entre protección e intimidad.
El caso es que esta primavera ya ida (por enloquecida) pude disfrutar de dos novelas publicadas por Sloper, Cabezahueca (2025), de Óscar Gual (Almazora, 1976), y XXVI (2026), de Jesús Pérez Caballero. Ambas sirven para apuntar algunas cuestiones de filosofía práctica, social y política muy pegadas al presente. De la primera, con todo su eco de Philip K. Dick, quedarán mucho tiempo en la memoria del lector la imagen del duende sobre los hombros, los guiños a Ubik, las peleas en rings y cierta querencia por los universos rebuscados de George Saunders. La literatura de Óscar Gual está cargada de interrogantes de rótulo postmoderno y sostiene una fuerza irónica, disolvente y muy viva, capaz de hacer reír dentro de una tradición próxima a la sátira política.

La postmodernidad de Cabezahueca se deja ver también en el recurso a nombres de desagradable actualidad, Raphael, Rosalía, Gwyneth Paltrow, en un pastiche medido, en la mezcla de alta cultura y cultura popular, en una superficie narrativa que absorbe registros muy diversos sin aspirar a recomponerlos en una síntesis normativa fuerte. o no metamoderna (en el sentido que le da Jason Ānanda Josephson Storm). Nos gustó del gran oficio de Gual, el trabajo con modulaciones, combinaciones y desplazamientos, dentro de un presente que ya no cree del todo en grandes relatos legitimadores y, sin embargo, sigue necesitando artefactos de orientación. En Gual la rareza vuelve más nítido al mundo, como ocurría en They Live, en Brazil o de nuevo en algunas zonas de Saunders, y también en ese presente viscoso que Grafton Tanner describió en Porsiemprismo. Cuando nada termina nunca (Caja Negra, 2024, traducción de Sofía Stel).
Pero quizá lo más estimulante de Cabezahueca esté en su forma de imaginar la resistencia en su relación con el Politainment. Tiene algo de gesto, de interrupción, de performance de sociedad del espectáculo de Guy Debord. En ese sentido, su rebeldía se acerca al situacionismo, a la potencia crítica de una escena, de una deriva en el sentido que le dieron los guiones de Black Mirror, de una distorsión súbita de la vida administrada. Hay ahí algo que puede ponerse en relación con esa larga historia subterránea de insumisiones culturales que Greil Marcus rastreó en mi biblia Rastros de carmín que me regaló mi amiga C.M., donde el punk, el dadaísmo y la Internacional Situacionista quedaban enlazados por una misma voluntad de sabotear el lenguaje del orden. También en Gual la resistencia adopta una forma performativa, casi carnavalesca por momentos, hecha de desvíos y humor.

Ese punto carnavalesco me parece el único punto en común con mi segunda y reciente lectura de ciencia ficción. En XXVI, de Jesús Pérez Caballero, la dominada ha arrasado a la población. Tras la pandemia, los becchini, sepultureros, se han vuelto una profesión tan habitual como lo fueron en la peste negra del siglo XIV. Uno de sus descendientes, huérfano, se refugia en un edificio que todavía parece conservar alguna forma de cordura gracias a la publicación de unos textos vagamente periodísticos, «los cuadernillos de la Escalera», promovidos por una cooperativa de clones. Cuando esa fantasmagórica redacción se desmorona, el periodista fugaz se alista en el ejército de Nuevo Refugio, trasunto del actual Matamoros, en la última frontera americana, donde comandos armados aniquilan a rivales reales o inventados con el pretexto de contener la enfermedad y mantener el orden fronterizo.
Décadas después seguiremos a un becchino ya viejo y a su discípulo como en los mejores momentos del Lazarillo de Tormes y la picaresca hispana por ciudades donde la mayoría reposa conectada a omnipresentes cubos oulipo, acaso con un guiño al imaginario patafísico, donde la felicidad, sueño adentro, aparece ligada al misterioso retorno de los muertos, sueño afuera. La literatura de Pérez Caballero, con la pandemia y la violencia como trasfondo, dialoga con autores como Elias Canetti, cuyo Masa y poder sugería que las religiones actúan como gestoras de masas de muertos, al transformar a los fallecidos en una congregación invisible que mantiene a los vivos unidos y dóciles mediante la promesa de inmortalidad y la administración del miedo.
Con su tono medieval y su aire de cruce entre La peste de Albert Camus, y el universo de François Rabelais y ciertos diagnósticos contemporáneos sobre la desigualdad, el libro deja ver un mundo posterior al desgaste de la legitimación política de las democracias liberales, tras policrisis acumuladas, descarrilamientos y ascensores sociales averiados. El mundo medieval de Pérez Caballero recoge así las preocupaciones de un escritor, jurista y pensador siempre atento a la historia humana en grandes plazos. Si Alain Minc, en La nueva Edad Media, describía ya la evaporación del optimismo histórico y las primeras dudas sobre el progreso, la armonía, la justicia y el orden racional, este autor, a caballo entre España y México, ha proyectado esa intuición hasta el siglo XXVI.
Ahí está una de las virtudes más persistentes de la ciencia ficción, llevar el presente a un terreno distópico perfectamente reconocible, ¿cuándo podremos imaginar el futuro como un escenario encantador?
Hermosos: libros y pensamientos de Liu Cixin y Chen Qiufan.
Malditas: distopías neofascistas que padecemos de la actualidad.






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