No hay experiencia sin mediación como no hay percepción que no esté previamente organizada y orientada por una serie de parámetros que preceden a toda conciencia. Pensar que vemos el mundo tal como es constituye una de las ficciones más persistentes de la modernidad. Lo que vemos, lo que pensamos, incluso lo que creemos decidir, se encuentra inscrito en sistemas previos que delimitan lo visible e incluso lo pensable. La manipulación no es, por tanto, una anomalía del presente ni un efecto secundario de las tecnologías contemporáneas; es, desde siempre, una condición estructural inherente al origen mismo de la experiencia. Nelson Goodman formuló esta cuestión con gran claridad en Ways of Worldmaking, aseverando que no existe un único mundo, sino múltiples versiones construidas a través de sistemas simbólicos.
Lo que llamamos realidad no es algo predeterminado, sino algo construido. No descubrimos el mundo, lo configuramos mediante métodos de selección, exclusión, énfasis y organización donde cada sistema simbólico establece un modo de ordenar lo existente, un modo de hacerlo inteligible y, en última instancia, de volverlo habitable. Estas configuraciones, que podemos pensar como esferas, no son compartimentos estancos, sino entramados activos que producen sentido. Cada esfera establece sus propios criterios de validez, sus formas de coherencia e incluso sus regímenes de visibilidad. No hay acceso a lo real fuera de estas construcciones. Incluso la percepción más inmediata participa ya de este proceso. Ver implica siempre interpretar y toda interpretación implica una toma de posición dentro de un sistema. Desde esta perspectiva, la manipulación deja de ser una práctica externa para convertirse en la forma misma en que el mundo se hace inteligible.

1984 (Michael Radford, 1984).
El problema no es la existencia de múltiples esferas, sino olvidar su carácter de constructo previo. Cuando una esfera se naturaliza, cuando sus parámetros dejan de percibirse como tales, se convierte en una estructura incuestionable. Es entonces cuando la manipulación alcanza su forma más eficaz, pues no necesita imponerse porque ha dejado de percibirse como tal.
Vivimos hoy en una proliferación de esferas que no solo organizan el conocimiento, sino que modelan la sensibilidad. Algunas muy preeminentes como la esfera algorítmica, la esfera mediática, la esfera económica o la esfera institucional. Cada una de ellas opera mediante sistemas de selección que determinan qué aparece y qué permanece invisible, qué adquiere valor y, como objetivo último, qué queda fuera de toda consideración. La experiencia se convierte así en el resultado de una reorganización permanente.
En este contexto, el sujeto ya no puede pensarse como una instancia autónoma que se enfrenta al mundo desde una posición exterior. El sujeto es producido dentro de estas esferas. Sus decisiones, sus gustos y su juicio, está inserto completamente en el interior de sistemas que les condicionan a priori. La idea de una voluntad independiente se muestra entonces como una construcción cuidadosamente sostenida y, al mismo tiempo, inalcanzable.
Es en este punto cuando la reflexión de Judith Butler resulta decisiva. Aquello que entendemos como identidad no es una esencia previa, sino el efecto reiterado de normas que se encarnan en prácticas. El sujeto no existe antes de las estructuras que lo configuran, es el resultado de ellas. No hay un “yo” fuera de los parámetros que lo hacen posible. La manipulación, en este sentido, no se ejerce sobre sujetos ya formados, sino que participa activamente en su constitución.

Videodrome (David Cronenberg, 1983).
El mundo del arte ofrece un campo privilegiado para observar este proceso. Lejos de constituir un espacio de excepción, el arte contemporáneo ha desarrollado sus propias esferas de validación, profundamente codificadas. Instituciones, ferias, discursos curatoriales y mercados configuran un entramado que no solo muestra obras, sino que produce las condiciones mismas de su existencia. Comprendemos entonces que la condición artística no reside en una cualidad intrínseca, sino en su inserción dentro de un sistema de reconocimiento. Algo funciona como arte cuando se ajusta a los parámetros de una esfera determinada. Cuando la esfera artística se vuelve autorreferencial, cuando sus criterios dejan de abrir posibilidades y pasan a reproducir fórmulas, el arte deja de ser un espacio de interrogación para convertirse en un dispositivo de legitimación. La apariencia de ruptura convive entonces con una profunda previsibilidad. Las obras simulan disidencia mientras evolucionan dentro de parámetros perfectamente reconocibles.
En este punto, la irrupción del arte digital y de las nuevas tecnologías introduce una ambigüedad decisiva. Por un lado, amplifica las lógicas de control, algoritmos que determinan visibilidad, plataformas que condicionan producción e inteligencias artificiales que replican lenguajes. Por otro, abre la posibilidad de intervenir en los propios sistemas de construcción. El arte generativo y las prácticas basadas en código y datos no se limitan a producir objetos, sino que operan sobre los procesos mismos que configuran la experiencia. No trabajan únicamente dentro de una esfera pues la exponen y la reconfiguran constantemente y así se insinúa una posible ruptura sobre el modelo imperante. No porque estas prácticas estén fuera de toda manipulación, sino porque hacen visibles sus mecanismos estructurales y desplazan la atención desde el resultado hacia el proceso.
Sin embargo, esta apertura convive con su rápida absorción. Lo que aparece como ruptura puede convertirse en estilo y el estilo en norma. La historia reciente del arte está suministrada por este ciclo continuo de integración. Quizá, entonces, no asistimos a una transformación del arte, sino a la evidencia de su agotamiento como esfera autónoma. Un proceso que se arrastra desde hace décadas, la progresiva pérdida de su capacidad para constituir un espacio diferenciado de experiencia.
La desaparición del arte será un proceso de disolución en otras esferas y un cambio de denominación con una pérdida ontológica absoluta. No obstante, en este contexto, la cuestión ya no es únicamente estética, sino estructural. Repensar el sistema no puede reducirse a una consigna ni a una reforma superficial de las estructuras existentes. Implica una transformación profunda de los parámetros desde los cuales comprendemos la realidad política, económica, social y también artística. Supone reconocer, en primer lugar, que aquello que llamamos sistema no es una entidad natural ni tan siquiera es inevitable, sino una construcción histórica, simbólica y material configurada por relaciones de poder.

El Show de Truman (Peter Weir, 1998).
Repensar es desnaturalizar. La política, en este sentido, debe ser reconsiderada más allá de su forma institucional clásica. El modelo de representación delegada ha derivado en una separación creciente entre quienes gobiernan y quienes habitan las consecuencias de ese gobierno. La soberanía de los pueblos ha sido progresivamente capturada por estructuras cerradas, por dinámicas de profesionalización del poder y por redes de influencia que operan fuera de todo control efectivo. A esta crisis se suma el papel de los sistemas de comunicación. Las grandes plataformas y los lobbies mediáticos no solo transmiten información: configuran los marcos desde los cuales la realidad se vuelve pensable. Determinan qué puede ser imaginado y por consecuencia aceptado. El problema es, por tanto, también epistemológico.
En este escenario con tintes absolutistas aflora el TecnoFeudalismo como forma contemporánea de poder. Las infraestructuras tecnológicas actúan como nuevos centros de soberanía, controlando no solo la producción, sino las condiciones mismas de acceso, visibilidad o participación. Modificar este sistema exige algo más que regulación, exige intervenir en las lógicas que lo sostienen y supone cuestionar la centralidad de la eficiencia, del crecimiento y de la optimización como fines absolutos. Supone recuperar la dimensión política de la técnica pero también implica abrir la posibilidad de múltiples formas de organización. No un único sistema, sino una pluralidad de configuraciones. Una ecología de esferas que no se cierre sobre sí misma, sino que se traslade a la esfera pública.
Salir de la manipulación no implica escapar de las esferas, sino hacerlas visibles, intervenir en sus parámetros, confrontarlas entre sí y, sobre todo, que sean de acceso abierto y público. Implica asumir que toda forma de realidad es construida y, precisamente por ello, transformable y tener en cuenta que los responsables no son únicamente las instituciones, ni las tecnologías, ni las estructuras económicas, sino también la pasividad con la que aceptamos sus configuraciones como inamovibles.
La única salida posible no es exterior, sino activa. Es necesario recuperar la capacidad de construir mundo, de no habitar versiones ya configuradas, participar en su elaboración, alterar sus reglas e introducir discontinuidades allí donde todo busca repetirse.
La insistencia en situar al ser humano como centro de toda experiencia comienza a resquebrajarse en el momento en que los sistemas de inteligencia artificial intervienen en la producción de lo real. No se trata únicamente de una ampliación técnica, sino de una reconfiguración de las condiciones mismas bajo las cuales algo puede aparecer, ser dicho o ser pensado. La manipulación ya no puede entenderse como una relación entre sujetos que ejercen influencia sobre otros, sino como un efecto inscrito en dispositivos que organizan de antemano el campo de lo posible. En este sentido, el problema adquiere una nueva densidad epistemológica, los procesos de conocimiento se generan en capas operativas que no son plenamente accesibles, ni verificables, ni siquiera traducibles a categorías humanas tradicionales. Pero también se trata de una mutación ontológica, aquello que existe como experiencia deja de estar garantizado por la centralidad del sujeto y pasa a depender de tramas en las que lo humano es solo un elemento más entre cálculos, datos y automatismos. La manipulación se vuelve entonces imperceptible en su origen, no porque se oculte, sino porque coincide con las condiciones mismas que hacen posible percibir. Ya no actúa sobre lo que vemos, sino sobre aquello que puede llegar a ser visto.






Nadie ha publicado ningún comentario aún. ¡Se tú la primera persona!