Biennale Arte 2026: «In Minor Keys»

En Cultura miércoles, 05/08/2026

Chloé Hasgaard

Chloé Hasgaard

PERFIL

La Biennale de Venecia es una de las instituciones que mejor han definido la cultura contemporánea durante los últimos ciento treinta años. Fundada en 1895 como una exposición internacional de arte, la Bienal ha crecido hasta convertirse en un organismo único capaz de reunir, bajo una misma institución, las artes visuales, la arquitectura, el cine, la música, el teatro y la danza. Su influencia trasciende ampliamente la ciudad de Venecia: cada edición marca algunas de las principales líneas de debate del arte contemporáneo y atrae a cientos de miles de visitantes de todo el mundo. No en vano, fue también la impulsora del primer festival de cine de la historia, celebrado por primera vez en 1932, al que se sumarían posteriormente la Bienal de Arquitectura y el Festival Internacional de Danza, consolidando un modelo cultural sin equivalente en el panorama internacional.

La Mostra de cine con una periodicidad anual, coincide en 2026 con el arte internacional; con o sin polémicas este arrebata el protagonismo. Mientras millones de visitantes recorren sus canales atraídos por la belleza de una ciudad convertida en patrimonio universal, entre mayo y noviembre la capital del Véneto experimenta una segunda transformación mucho menos evidente pero igual de profunda: se convierte en el mayor laboratorio internacional del arte contemporáneo.

La 61ª Exposición Internacional de Arte de la Bienal de Venecia, permanecerá abierta hasta el 22 de noviembre bajo el título In Minor Keys. A pesar de que este año una serie de catastróficas desdichas han amenazado el certamen —la muerte de Koyo Kouoh, la comisaria camerunesa, la dimisión del jurado (el fallo será emitido por el público) y las protestas por la participación de Rusia e Israel— la Bienal sigue siendo una especie de ciudad paralela que durante seis meses reorganiza la experiencia urbana. Los Giardini y el Arsenale constituyen únicamente el punto de partida de un recorrido que se expande por palacios renacentistas, iglesias desacralizadas, antiguos astilleros, fundaciones privadas y espacios industriales recuperados. En Venecia, el visitante no necesita entrar en un museo, porque la ciudad se convierte en uno.

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Foto © SJLL_arq.

Una ciudad convertida en exposición

Durante la Bienal, Venecia deja de ser únicamente un escenario monumental para convertirse en un inmenso mapa de propuestas artísticas.

Caminar por el sestiere de Cannaregio, atravesar Dorsoduro o perderse por Castello supone encontrarse con instalaciones, vídeos, esculturas o performances en lugares que durante el resto del año mantienen funciones completamente distintas. El recorrido nunca termina realmente. A las sedes oficiales se suman decenas de exposiciones colaterales organizadas por museos, fundaciones y colecciones privadas que convierten cualquier itinerario en una sucesión de descubrimientos.

Esa expansión constituye una de las grandes singularidades de la Bienal. A diferencia de una feria o de un museo convencional, aquí no existe un recorrido único ni una experiencia definitiva. Cada visitante construye su propia Bienal.

Escuchar las voces menores

In Minor Keys fue concebida por la comisaria camerunesa Koyo Kouoh, fallecida inesperadamente en mayo de 2025 cuando el proyecto estaba prácticamente concluido. Lejos de replantear la exposición, la Bienal decidió respetar íntegramente su propuesta curatorial, desarrollándola junto al equipo que ella misma había reunido durante el proceso de preparación.

El título constituye ya toda una declaración de intenciones. Tomado del lenguaje musical, In Minor Keys invita a abandonar el ruido de los grandes discursos para prestar atención a aquello que normalmente permanece en un segundo plano: las voces discretas, las memorias olvidadas, las formas silenciosas de resistencia, los procesos de reparación y las historias que rara vez ocupan el centro del relato.

No resulta casual que muchas de las obras reunidas exploren cuestiones como la herencia colonial, la memoria, la ecología o las formas alternativas de conocimiento. Más que ilustrar un discurso político, la exposición propone otra manera de habitar el presente.

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Pabellón español comisariado por Carles Guerra. Los restos (Oriol Vilanova).

El mundo explicado a través de cien pabellones

Si la exposición internacional constituye el corazón conceptual de la Bienal, los pabellones nacionales continúan siendo uno de sus rasgos más fascinantes. Ningún otro acontecimiento artístico mantiene de forma tan visible esta peculiar geografía cultural donde cada país construye su propio relato contemporáneo.

Es inevitable que el formato, heredero de las exposiciones universales de finales del siglo XIX, nos obligue a plantearnos preguntas incómodas. ¿Tiene sentido seguir representando el arte mediante fronteras nacionales en un contexto globalizado? Paradójicamente, esa aparente contradicción convierte a la Bienal en un extraordinario termómetro geopolítico, marcado por los grandes conflictos a los que nos enfrentamos en la actualidad.

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Koyo Kouoh (1967-2025).

Mucho más que una exposición

Una de las virtudes de la Bienal consiste precisamente en que obliga a reconsiderar qué entendemos hoy por exposición.

No se trata únicamente de contemplar obras de arte. La experiencia implica caminar durante horas, cruzar puentes, descubrir patios ocultos, entrar en edificios normalmente inaccesibles y recorrer una ciudad cuya propia historia dialoga constantemente con las propuestas contemporáneas.

El visitante alterna sin solución de continuidad un Tintoretto en una iglesia del siglo XVI con una videoinstalación inmersiva; una fachada bizantina con una performance; un palacio gótico con una intervención sonora.

En pocas ciudades el patrimonio histórico y la creación contemporánea conviven de una manera tan natural.

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ARKEO, Luana Bottallo, Jorge Chavarría, Manuel Navichoc, Ana Lorena Núñez, SOY artistic group y  Elsie Wunderlich participan en el pabellón de Guatemala.

¿Sigue escribiéndose aquí la historia del arte? Desde hace años se repite periódicamente una misma pregunta: ¿siguen siendo las bienales el lugar donde se define el futuro del arte contemporáneo?

El mercado parece desplazarse cada vez más hacia las grandes ferias internacionales, mientras las redes sociales aceleran la circulación de imágenes y discursos. Sin embargo, la Bienal conserva algo que difícilmente puede sustituirse: la experiencia física de recorrer un inmenso relato construido colectivamente.

Cinco pabellones para comprender la Bienal de 2026

La grandeza de la Bienal reside precisamente en que resulta imposible abarcarla en una única visita. Los más de cien pabellones nacionales y las decenas de exposiciones repartidas por toda Venecia convierten cualquier itinerario en una elección. Si hubiera que seleccionar algunas propuestas especialmente representativas de esta edición, estas serían algunas de las imprescindibles.

Entre las participaciones nacionales, el pabellón español presenta uno de los proyectos conceptualmente más sugerentes de esta edición y una visita obligada.

Con Los restos, el artista Oriol Vilanova, bajo el comisariado de Carles Guerra, transforma el histórico edificio de los Giardini en un extraño museo construido a partir de decenas de miles de postales recopiladas durante más de veinte años en mercadillos y tiendas de segunda mano.

Lo que podría parecer un inmenso archivo sentimental acaba convirtiéndose en una reflexión sobre la memoria visual, el turismo, el colonialismo y los propios mecanismos de legitimación del museo. Esas pequeñas imágenes impresas, aparentemente inocentes, revelan cómo la historia también se escribe mediante objetos cotidianos que circulan, desaparecen y reaparecen con nuevos significados.

El proyecto dialoga de manera especialmente inteligente con el espíritu de In Minor Keys: la necesidad de revisar los relatos establecidos y observar aquello que normalmente permanece oculto en los márgenes de la imagen.

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Liquid Tongues, instalación audiovisual de Bogna Burska y Daniel Kotowski. Pabellón de Polonia.

Otro de los grandes atractivos es el Pabellón del Reino Unido, protagonizado por Lubaina Himid, una de las figuras fundamentales del denominado Black British Art. Su trabajo sobre la memoria colonial, la representación y las identidades poscoloniales convierte esta participación en uno de los acontecimientos artísticos más esperados de la Bienal.

Muy distinto resulta el Pabellón de Grecia, donde Andreas Angelidakis propone Escape Room, una instalación inmersiva que mezcla arquitectura, cultura digital, activismo queer y referencias a la filosofía clásica en una de las propuestas más provocadoras y lúdicas de esta edición.

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La instalación inmersiva Escape Room, de Andreas Angelidakis, transforma el pabellón de Griega en una contemporánea Caverna de Platón.

También destacan el Pabellón de la Santa Sede, que apuesta por una reflexión silenciosa sobre la memoria y la espiritualidad en un momento de enorme polarización política, y el Pabellón de Marruecos, una de las revelaciones de la Bienal gracias a una propuesta que explora la identidad, la diáspora y la construcción de la memoria desde una perspectiva profundamente contemporánea.

El Pabellón de Austria completa esta selección con una intervención espacial que utiliza la arquitectura como parte inseparable de la obra, mientras que el Pabellón de Alemania vuelve a demostrar por qué continúa siendo uno de los espacios más ambiciosos de los Giardini, combinando instalación, memoria histórica y reflexión política en una experiencia inmersiva.

Pero reducir la Bienal a sus pabellones nacionales sería un error. Buena parte de la riqueza de cada edición se encuentra precisamente fuera de los Giardini. Exposiciones colaterales como Personal Structures, instalada en varios palacios históricos, o las grandes muestras organizadas por la Fondazione Prada, Palazzo Grassi y Punta della Dogana amplían el mapa artístico de la ciudad hasta convertir Venecia en un museo sin límites físicos.

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