Con Butterfly Jam, estrenada en la Quincena de los cineastas del 79º Festival de Cannes, el cineasta ruso Kantemir Balagov continúa explorando las heridas emocionales que dejan los entornos cerrados sobre los cuerpos y las relaciones humanas, aunque esta vez desplazando su mirada desde los universos femeninos de Demasiado cerca (Tesnota, 2017) y Una gran mujer (Beanpole, 2019) hacia la masculinidad y los vínculos entre padres e hijos. Presentada en Cannes tras el paso de sus dos anteriores largometrajes por la Croisette —Tesnota obtuvo el premio FIPRESCI en Un Certain Regard en 2017 (en cuyo jurado participé) y Una gran mujer, el premio a la mejor dirección en la misma sección en 2019—, la nueva película del director nacido en Nalchik confirma la coherencia de una filmografía obsesionada por la presión que ejercen la comunidad, la tradición y el trauma sobre la construcción de la identidad.
La película comienza in medias res, lanzando al espectador a una situación traumática cuyo verdadero alcance iremos conociendo. El acontecimiento al que se hace referencia en sus primeros minutos posee un simbolismo brutal y funciona casi como una tesis pesimista que atraviesa toda la narración: incluso dentro de este extraño cuento de hadas contemporáneo sobre la ternura masculina y el deseo de emancipación, la violencia estructural de la comunidad y de la herencia cultural termina contaminándolo todo. Desde el inicio, Balagov deja claro que la fragilidad emocional de sus personajes se desarrolla bajo la amenaza constante de la destrucción.
Balagov reflexiona sobre la expresión emocional masculina dentro de una comunidad profundamente marcada por códigos de rudeza, orgullo y silencio afectivo.
Pyteh, el adolescente de quince años, divide su vida entre los entrenamientos de lucha y el pequeño restaurante circasiano de su familia en Nueva Jersey, al borde de la quiebra. Lo que inicialmente parece un relato sobre inmigración y herencia cultural se transforma progresivamente en una reflexión mucho más compleja sobre la expresión emocional masculina dentro de una comunidad profundamente marcada por códigos de rudeza, orgullo y silencio afectivo. Pero la génesis del filme tuvo un camino inverso, Balagov sitúa la historia en Newark tras su salida de Rusia a raíz de la invasión de Ucrania. Exiliado voluntariamente en Los Ángeles, el director encontró allí una comunidad kabarda que le permitió trasladar a Estados Unidos una historia que originalmente deseaba filmar en el Cáucaso Norte. Sin embargo, como él mismo ha señalado, el desplazamiento geográfico no modifica la esencia del conflicto: rodarla en Rusia o en Newark habría sido, emocionalmente, casi lo mismo, pero esa nueva dimensión americana acentúa además el conflicto generacional entre padre e hijo.

El padre de Pyteh, Akik (Barry Keoghan), emigró a Estados Unidos siendo todavía un niño y ha conservado una actitud humilde y resignada frente a la vida, mientras el hijo —campeón de lucha nacido ya en América— cree todavía en la posibilidad de aspirar a algo más grande, chocando continuamente con el peso de la tradición familiar y comunitaria. La emancipación a la que aspira el joven, inseparable de su profundo apego hacia su padre, refleja también la propia relación ambivalente de Balagov con la comunidad circasiana de la que procede.
Formado en la escuela fundada por Alexander Sokurov en Kabardino-Balkaria, Balagov vuelve a construir un universo donde las emociones aparecen atrapadas dentro de estructuras culturales rígidas, aunque aquí introduce un tono nuevo, inesperadamente tierno y hasta luminoso. El cineasta, que escribe el guion junto a Marina Stepnova a partir de experiencias personales, plantea una especie de cuento contemporáneo sobre el orgullo, la herencia y la vulnerabilidad masculina. En ese mundo, los hombres luchan físicamente entre sí, pero también se abrazan, se besan y se tocan como una forma indirecta y torpe de expresar afecto. La lucha se convierte así en una prolongación física del cariño reprimido, en una coreografía brutal donde violencia y ternura dejan de ser opuestas.
La fragilidad emocional de sus personajes se desarrolla bajo la amenaza constante de la destrucción.
La historia se mueve continuamente entre la brutalidad, la ternura y la torpeza emocional. Los personajes viven atrapados entre la necesidad de afecto (y de expresarlo) y la incapacidad para verbalizarlo. Balagov parece interesado en provocar una discusión sobre la vulnerabilidad masculina y sobre la dificultad histórica de las relaciones entre padres e hijos en contextos donde mostrar debilidad se percibe como una amenaza. La rudeza, la falta de comunicación y la represión emocional heredada estructuran un ecosistema donde cualquier gesto de cariño adquiere una intensidad extraordinaria.
Formalmente, Balagov nos mostró en Beanpole que las paletas cromáticas también hablan, pero en Butterfly Jam amplía su universo visual mediante una extraña fusión entre realismo y fantasía. La fotografía revela constantemente esa dualidad, con una saturación cromática marcada por la presencia insistente del color rosa en determinadas escenas. Asociado tradicionalmente a la feminidad, aquí el rosa impregna todo: los cuerpos masculinos, los interiores domésticos, los espacios de lucha y el entorno comunitario. Esa contaminación cromática genera una sensación de extrañamiento poético y vulnerabilidad latente que desarma los códigos tradicionales de representación de la masculinidad. La atmósfera casi irreal aleja la película del naturalismo puro en esos momentos, y convierte la comunidad circasiana retratada por Balagov en un espacio suspendido.

Incluso la aparición de Monica Bellucci —en un breve cameo inspirado en una anécdota transmitida entre la comunidad circasiana, que le atribuye ese origen genealógico, como lo era madre de Leonardo da Vinci—, adquiere un valor simbólico dentro de la narración: representa el deseo de ser más de lo que uno es, la fascinación aspiracional y casi legendaria que atraviesa las fantasías masculinas de varias generaciones.
El reparto contribuye decisivamente a esa tensión entre vulnerabilidad y violencia. El joven actor kazajo-estadounidense Talha Akdogan sostiene no solo con presencia física su parte del relato, acompañado por Barry Keoghan (Azik) quien, según el propio Balagov, contactó con el director directamente a través de Instagram para trabajar con él y hace, en cierto modo, de Barry Keoghan —adaptándose al personaje como un guante gracias a esa mezcla tan suya de amenaza, vulnerabilidad y extrañeza. Riley Keough (Zalya, hermana de Azik) brilla en un papel secundario de enorme sensibilidad y Harry Melling (Murat) resulta impresionantemente hipnótico, aportando una densidad emocional inesperada a cada una de sus apariciones.

La película fue rodada entre Nueva Jersey y Francia —esta última localización utilizada por motivos presupuestarios—, aunque el resultado mantiene siempre la sensación de un territorio cultural cerrado sobre sí mismo. Como ya sucedía en Tesnota y Beanpole, las motivaciones de los personajes permanecen deliberadamente crípticas. Balagov obliga al espectador a reorganizar constantemente las piezas del puzle emocional y narrativo, alejándose por completo de cualquier psicología estandarizada o explicativa. Sus personajes no buscan resultar inmediatamente comprensibles, ni siquiera especialmente empáticos. En Butterfly Jam, además, la incorporación del humor, de la fantasía y de ciertos elementos casi de fábula contemporánea, dentro de un drama profundamente áspero, puede producir inicialmente una cierta sensación de desconcierto. Sin embargo, a pesar del riesgo evidente de dificultar la entrada en la película, esa inestabilidad tonal termina convirtiéndose en una de sus mayores virtudes.
Es especialmente apreciable que Balagov no haya escuchado cantos de sirena industriales ni suavizado su personalidad cinematográfica en esta primera película realizada fuera de Rusia. Lejos de adaptar su cine a modelos más internacionales o complacientes, el director permanece radicalmente fiel a su propio talento: incómodo, elíptico, visualmente poderoso y profundamente interesado en las contradicciones humanas antes que en las convenciones narrativas. Tras los retratos femeninos devastadores de Tesnota y Beanpole, Balagov desplaza ahora su sensibilidad hacia un territorio masculino donde la torpeza afectiva genera otra forma de tragedia silenciosa. Butterfly Jam muestra a hombres incapaces de expresar el amor sin recurrir a la fuerza, pero también deja abierta la posibilidad —dolorosa, imperfecta y profundamente humana— de aprender finalmente a hacerlo.







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