Una de las propuestas más interesantes de la sección final de la 82ª Mostra de Venecia fue, sin duda, Silent Friend, de Ildikó Enyedi, que en cada momento seduce por su sabia combinación de rigor visual y sensibilidad poética. La directora húngara construye un tríptico narrativo en el que tres historias, separadas en el tiempo, se entrelazan gracias a la presencia silenciosa de un antiguo ginkgo, un árbol convertido en testigo y símbolo de una relación estrecha entre hombre y naturaleza. Cada época encuentra su propio lenguaje formal dentro del mismo marco espacial: el jardín botánico de una universidad en Alemania.

Silent Friend © Lenke Szilagy.
La sección que corresponde a 1908, protagonizada por una joven científica dentro de un marco completamente masculino, presenta un blanco y negro austero que transmite la severidad de una sociedad rígida y el peso de la ciencia como disciplina moral; la de 1972 se abre a una calidez nostálgica, teñida de tonos Kodachrome que evocan la energía juvenil de los dos jóvenes protagonistas y la efervescencia de los años setenta; la contemporaneidad, por último, se expresa en una precisión digital que acompaña la introspección de un investigador asiático, en busca de nuevas preguntas al funcionamiento del cerebro más que de certezas.
La audacia de Enyedi está en articular estas tres capas sin jerarquías, haciendo que el ritmo lento y la atención a lo mínimo —una hoja, un gesto, un silencio— revelen una conexión profunda entre lo humano y lo vegetal. La película difumina fronteras perceptivas y sugiere otra relación con el tiempo: no lineal ni apresurada, sino circular, abierta a la contemplación y al diálogo interior. Sus imágenes, siempre contenidas, rehúyen el virtuosismo y se convierten en un espacio de calma, invitando al espectador a mirar y escuchar desde un lugar nuevo.







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