«Hope»: burbuja de proporciones épicas

En Cine y Series martes, 27/10/2026

Javi Cózar

Javi Cózar

PERFIL

Hope, película del coreano Na Hong-jin con la participación de Michael Fassbender y Alicia Vikander —en su segundo trabajo juntos—, estrenada en el Festival de Cannes, era también una de las más esperadas en el festival de Sitges. No se le puede negar un arranque interesante en el que la película, siempre fuera de plano, nos va acercando poco a poco a los devastadores efectos que algo (aún no sabemos bien qué) ha provocado en una pequeña población coreana. Es una estrategia que recuerda al mejor Steven Spielberg, o, por ejemplo, a la excelente Godzilla (1998) de Roland Emmerich; es decir, una táctica que consiste en mostrar primero las consecuencias del desastre y después su origen, lo que multiplica la ansiedad en el espectador. ¿Qué o quién ha provocado el paisaje de destrucción y caos en este pequeño pueblo?

Pronto acabamos inmersos en una persecución, cuando ya queda claro que estamos ante el ataque de algún tipo de monstruo. Y, pronto también, la película comienza a revelar uno de sus principales problemas: todo este planteamiento inicial se alarga durante unos interminables 47 minutos, sí, 47 minutos de película en los que todo se reduce a un señor corriendo por el pueblo, disparando fuera de plano y poniendo caras de terror. Nada más se expone, se plantea, se explica o se insinúa. Nada. Solo eso.

Cuesta sintonizar con una película que durante 47 minutos no propone más que disparos fuera de plano.

Ya es una primera muestra de la inoperancia narrativa de Hope: cuesta sintonizar con una película que durante 47 minutos no propone más que disparos fuera de plano. Y que, ciertamente, tampoco es capaz en todo su posterior aparato, de ofrecer aliciente alguno que sirva de asidero al abrumado espectador. El ruido es extenuante, la acción imparable, la música ensordecedora, y aun así toda la narrativa está estirada, tensada al límite sin justificación argumental válida, con lo que la película deviene un agotador, insoportable calvario de 161 minutos de duración.

Sitges Hope

Después de esos primeros 47 injustificables minutos llega el primer encuentro con el monstruo en cuestión, una secuencia de nuevo alargadísima que revela ya otro de los principales defectos de la película: es una producción de 2026 con efectos especiales visuales de 1999. En efecto, tras una primera aparición ciertamente memorable, con un diseño relativamente novedoso que acerca la morfología del monstruo a la del Saturno devorando a su hijo de Goya, este se mueve después con la típica ausencia de volumen, de masa, de fisicidad, típicas de un CGI pobremente ejecutado. El monstruo corre, resbala, choca como lo que es, un dibujo, y no como si estuviera realmente en las calles del pueblo cuyo nombre titula la película.

Y esto es un problema serio cuando haces una monster movie. Porque condiciona todo el relato y, como espectador, te expulsa una y otra vez de la narración: cuando el ojo percibe de manera tan descarada esa falta de masa, a la mente (por lo menos la mía) le cuesta otorgar la suspensión de la incredulidad necesaria sobre todo en este tipo de cine. No se trata de creer que pueda existir en la vida real este monstruo, se trata de creer que pueda existir en el contexto de esta película, y esa es una tarea en la que Hope fracasa miserablemente.

Con estos dos serios problemas, Hope avanza a trompicones entre secuencias de diálogos absurdos e innecesarios, y se abre paso a través de una interminable persecución en una autopista en la que, sin desvelar mucho, el diseño de los monstruos ya no es tan original como el de la primera aparición, aquí ya nos movemos en un diseño bastante más previsible y aburrido. Todo para desembocar en un final desconcertante, casi un pegote, bañado por una obvia inspiración (argumental y visual) del temible Avatar de James Cameron.

En definitiva, Hope se revela como una de las grandes decepciones de la temporada, seguramente auspiciada de manera artificial tras su paso por festivales como Cannes y San Sebastián: este es solo el cuarto largometraje de Na Hong-jin y se hablaba de él como de un fenómeno de proporciones épicas. Quizás habría que empezar a hablar de que muchos festivales de cine, hoy en día, viven en una burbuja de desconexión total con el público de salas de cine, y a menudo se generan reputaciones que no tienen mayor recorrido cuando llegan (si llegan) a los cines.

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