«Criaturita», entrevista a María Bastarós

En Cultura domingo, 20/09/2026

Andrés Mainardi

Andrés Mainardi

PERFIL

María Bastarós, aunque la escritura no es lo único que la define, es una escritora singular. Casi única. El recorrido de sus tres obras más importantes lo demuestra: desde la siempre joven novela Historia de España contada a las niñas, pasando por los exquisitos y perfectos cuentos de No era esto a lo que veníamos, hasta el experimento de pesquisa personal desplegado en Criaturita, Bastarós ha construido una obra capaz de moverse entre distintos formatos y registros sin perder una mirada propia.

Con formación en Historia del Arte y una trayectoria profesional diversa, hay algo que la mantiene a raya y, al mismo tiempo, la impulsa: escribir sin pretensiones, sin fechas de entrega, al margen del reconocimiento y de las obligaciones. Los paisajes, las obsesiones, el feminismo, el cine de terror, los desiertos y la relación entre experiencia personal y literatura atraviesan esta conversación.

ANDRÉS MAINARDI: ¿Qué es para ti escribir?

MARÍA BASTARÓS: Escribir es la manera de relacionarme con el mundo. Sobre todo, al principio, con cosas que no acababa de entender o que me gustaría que fueran distintas. Al principio, siempre un poco desde la reparación, que es algo que ahora no me sucede tanto.

Esa idea de ficcionar la realidad o cambiarla desde la ficción siempre ha permeado mi escritura.

Mi abuelo tenía una máquina de escribir en su casa. Yo iba los domingos y escribía allí. Hubo un momento en que a mi canguro la dejó plantada en el altar su novio, con el que iba a casarse. Estaba muy triste y yo hice un cuento en esa máquina de escribir: Ramón, el tipo que la había dejado plantada, volvía, le pedía perdón y acababan juntos. Se lo regalé pensando que era algo guay. Ahora creo que es un poco cruel.

Esa diferencia entre realidad y ficción en mi mente no estaba del todo clara. Pensaba que a través de la ficción podía afectar, de alguna manera, al mundo real. En mi primera novela eso se ve mucho, porque hay una ucronía alrededor de un hecho muy traumático de España. Esa idea de ficcionar la realidad o cambiarla desde la ficción siempre ha permeado mi escritura.

¿Cuándo soltaste la idea de reparar los daños? ¿Sentís que la soltaste?

Creo que me queda un poco esa tendencia. Es algo natural mío, imaginar otros mundos posibles. Pero en mi libro de cuentos, que es mi escritura más auténtica, por así decirlo, suelto bastante esa idea y descubro la maravilla de escribir a solas. Y cuando digo a solas no me refiero sin un editor, sino sin un deadline, que para mí es súper importante.

Es un proceso de exploración muy intenso porque te obliga a encontrarte con la sombra de tu propia psique. Más automático y menos calculado: eso es lo que más me gusta que me pase cuando escribo. Luego siempre se cuelan intenciones, no sé si éticas o morales, pero de algún modo conservo un poco esa tendencia a reparar el mundo a través de lo que hacemos.

María Bastarós Criaturita

¿El libro de cuentos, No era esto a lo que veníamos, es lo que más te representa?

Totalmente. Creo que mi primer libro, Historia de España contada a las niñas, es un poco el libro que todos tenemos dentro: todo lo que te ha pasado en la vida, todo lo que opinas del mundo, todas las cosas que te gustan, todo convertido en un pastiche. Estás tú al cien por cien.

Hay una mirada obsesiva de las cosas que te permite escribir.

El segundo, el de cuentos, fue un proceso bastante peculiar. Yo estaba escribiendo una novela que me había pedido una gran editorial, con un deadline, y no estaba contenta con ella. Escribir algo creativo con fecha de entrega para mí es una cosa súper tortuosa. Llegó un momento en que le dije a la editorial que no quería publicar esa novela, que la tenía casi terminada, y empecé a escribir cuentos para salirme de ahí y habitar un poco mi propio mundo al margen de esa obligación.

Al tiempo les dije que tenía unos cuentos que creía que podían estar muy bien. Al principio me dijeron que sí y yo ya lo había celebrado. Después me comunicaron que no me los iban a publicar. Eso desató una ira muy profunda en mí y abandoné esa editorial. Los cuentos acabaron saliendo con Candaya y para mí es lo mejor que he hecho, sin duda. Después se publicaron en inglés y The Guardian los incluyó entre los cinco mejores libros traducidos de 2024.

Hay momentos en los que tienes que elegir entre lo que quiere el mundo de ti y lo que tú sabes que quieres hacer con él. Y siempre hay que elegir eso, porque si no te sale una úlcera.

A pesar de que tus tres obras más conocidas sean bastante diferentes, hay algo que tienen en común: una pregunta insistente por los paisajes y los territorios.

Sí. Es la pregunta principal en mi escritura. Me sucede que voy a un sitio y ese sitio me inspira los personajes y las escenas. Mi inspiración viene sobre todo de un lugar de mi infancia: la carretera que va desde Zaragoza, donde soy yo, hasta el desierto de los Monegros. Mis abuelos tenían una finca ahí en la que veraneábamos. Es un lugar súper inhóspito: una carretera en mitad de la nada, desierto, dunas, un casino abandonado, un cartel gigante con un toro de Osborne al que un tornado le arrancó la cabeza. Un sitio increíble.

En mis cuentos vuelvo todo el rato ahí. En mi primera novela también aparece mucho, junto con algunos lugares de Estados Unidos. En Criaturita, en cambio, por primera vez quería inventarme un lugar que no fuera real. Sabía cuál quería que fuera la historia, pero no quería ubicarla en un sitio concreto. Me costó muchísimo inventar un territorio que me fascinara tanto como uno real. Al final apareció Valle Milagro y terminé viéndolo bastante nítido dentro de mi cabeza.

En Criaturita no hay un anclaje referencial a un paisaje específico que hayas vivido.

Sí, se inspira un poco en el lago Tahoe de California, porque es un lago inmenso rodeado de pueblecitos. También aparece la Isla de los Ingleses, que en realidad son como las Malvinas. Todo tiene bases reales, pero está muy inventado.

A veces parece el sur de Argentina.

Sí, estuve viendo fotos y tal. Me encanta cuando escribo sobre un sitio. En el libro de cuentos, por ejemplo, aparece mucho el Yukón, que escribí durante la pandemia. Como no podíamos salir de casa, me pasaba el día en Google Maps viendo el Yukón desde arriba. Llegué a saberme las calles de Whitehorse, los nombres de las tiendas. Me encantaba. Los lugares me gustan muchísimo. No me pasa tanto con las personas: no me interesan tanto como los sitios.

¿Qué valor tienen las obsesiones para ti en la escritura?

Creo que la obsesión en la escritura es todo. Si no tienes obsesiones, no digo obsesiones que mantengas toda la vida, sino obsesiones puntuales, es muy difícil escribir. La narrativa no te aporta un beneficio inmediato y quizá no te lo aporte nunca; económicamente tampoco es especialmente lucrativa. Para mí, el motor es la obsesión.

Tenía mucho interés, además, en hacer un personaje desagradable: una mujer misógina.

En Criaturita quizá tenía una obsesión, o una deuda, con las relaciones materno-filiales, porque tuve una relación muy complicada con mi madre y quería de alguna manera reparar eso. Se mezclan muchas cosas.

Cuando estoy inspirada, todo el rato veo el mundo a través de la literatura. Hay una mirada obsesiva de las cosas que te permite escribir. Cuando no estoy inspirada, siento una falta de obsesión por lo poético. Mi foco está en cosas muy pedestres que, en otro momento, vería con otro espesor. Eso me pasa mucho.

Criaturita es una novela que tiene como eje central un duelo.

Cuando empecé a escribirla todavía no estaba en un duelo real, pero estaba anticipándolo, porque mi gato, que tenía dieciséis años, estaba muy enfermo. Tenía cáncer y yo lo estaba cuidando. Entonces tenía todo el rato una relación con esa sensación de pérdida.

Pero sobre todo quería hablar de cómo idealizamos lo que no está, de lo que no tenemos realmente. En este caso, el padre: no solo porque al principio de la novela ya está muerto, sino porque la hija nunca ha podido contar con él. Es una figura que se le escapa entre los dedos. Y, sin embargo, la madre, que está ahí, a la que ve todos los días y que se ocupa de ella, es despreciada por la hija.

Tenía mucho interés, además, en hacer un personaje desagradable: una mujer misógina. Es algo que no abunda en la literatura, pero que en la vida real hay muchísimo. Al final, a todos nos educan para ser misóginos. Es muy fácil encontrarte con chicas que sienten un desprecio y una desconfianza brutal hacia las mujeres, que no las entienden como posibles aliadas sino como enemigas, y que tienen ese tipo de relación con sus madres. Quería habitar un poco eso.

El otro día leí de pasada un título de un libro de poemas que decía: «La primera enemiga de una mujer es su madre».

Yo no diría tanto que la primera enemiga de una mujer es su madre, pero sí que las relaciones madre-hija son muy complicadas. También puede haber envidia de las madres hacia las hijas. Son relaciones difíciles.

Yo quería tener una especie de diálogo con mi madre y lo expresé a través de la literatura.

En Criaturita quería hablar de un tipo de madre entregada. En mis cuentos aparecen mujeres con una negación brutal de la maternidad; aquí había quedado pendiente un personaje de «Notre Dame reducida a cenizas», una madre muy preocupada por su hija. Quería desarrollar ese personaje: una mujer que siempre está ahí, que lo hace un poco como puede, pero que está.

A la vez, no quería convertirla en protagonista. Quería que los protagonistas fueran la hija y el padre, hasta que al final te dieras cuenta de que lo que atraviesa toda la novela es el amor de esa madre, aunque no se vea.

En estos pocos años la época cambió bastante. En Historia de España contada a las niñas hay preguntas, desde el feminismo, muy distintas de las que aparecen en Criaturita. ¿Has construido una relación fuerte entre lo personal y lo generacional a la hora de escribir?

Creo que mi relación entre lo personal y lo generacional es absoluta. Mi identidad se creó mucho con el feminismo. Estaba en una asamblea feminista en Zaragoza, hacía muchísimas cosas, montaba exposiciones, toda mi vida giraba alrededor del activismo político.

Eso se ve en Historia de España contada a las niñas, que es un libro muy activista, bastante punk y con un sentido del humor muy negro. Es el libro que representa mis años de juventud. El de cuentos es más individualista, en el que menos estoy buscando un mensaje concreto que dar. Y en el último sentía que tenía una especie de deuda que resolver con mi madre.

Muchas veces pensamos que lo que te lleva a escribir es algo público, pero en mi caso era algo personal. Yo quería tener una especie de diálogo con mi madre y lo expresé a través de la literatura, porque es la manera en la que me expreso. No quiero convencer a nadie cuando escribo.

¿Crees que cada uno de tus libros tiene, en ese sentido, un lector o una lectora distinta?

Historia de España contada a las niñas funcionó muy bien porque creo que estábamos todas así. Era un momento en el que yo tenía unos treinta años y estábamos todavía muy metidas en el activismo, muy combativas y confiando en que todo lo que hacíamos iba a servir para algo.

Luego fueron pasando los años y hubo una institucionalización del feminismo que a muchas no nos gustó cómo fue resuelta. Una decepción importante. Y eso se ve después en No era esto a lo que veníamos, un libro más individual y mucho menos político. Luego Criaturita ya es algo totalmente personal.

Ahora la autoficción está extraordinariamente de moda, hablar en primera persona de lo que te sucede. Si yo hubiera escrito un libro sobre mi relación complicada con mi madre desde un punto de vista confesional, quizá habría encontrado un bloque lector que está pidiendo eso. Pero cada una tiene que escribir desde el lenguaje y el formato que le dé la gana. Si alguien quiere escribir desde lo confesional, me parece perfecto.

No utilizaste el recurso de la autoficción, pero sí el policial. La incertidumbre te mantiene durante todo el texto. ¿Te gustó escribir en ese género?

El rollo policial o thriller en pequeña comunidad, estilo Twin Peaks o Top of the Lake, me encanta. Cuando escribo tengo muchísima influencia del audiovisual.

En Criaturita me apetecía hacer algo así. Es verdad que el libro se ha vendido como thriller rural y después la gente llega y se encuentra con otra cosa. Hay que tener cuidado cuando juegas con un género, porque si realmente estás jugando y no adaptándote a él, eso influye en lo que luego dicen de la obra.

A veces haces una especie de pacto de lectura mediante las sinopsis y, si luego ese pacto se rompe, es como que no te entregas bien a la lectura.

¿Cuánto te sirven o estorban tus estudios académicos en Historia del Arte o tus intereses ideológicos a la hora de crear?

Mis estudios académicos me sirven muchísimo. Siempre me ha gustado estudiar. He sido comisaria, montaba exposiciones, hacía didácticas. He hecho muchos cursos de arte y literatura y sigo estudiando escritura, ahora como alumna. Aprender me encanta y la cultura me inspira muchísimo.

A nivel personal, lo ideológico me estorba porque no es el tipo de literatura que quiero hacer. Entiendo que haya literatura muy política, pero no quiero hacer una escritura demasiado didáctica o explícita.

Nos hemos criado opinando de los productos culturales a través de lo ideológico, juzgándolos desde ese prisma, sin atender a lo visual, al lenguaje o a la experimentación formal. A mí eso me aterroriza. Por eso intento buscar posiciones un poco más locas, utilizar ucronías o metáforas raras. Por lo menos en mi caso, mientras más lejos esté de la explicitud, mejor.

¿Por qué te gusta tanto Estados Unidos y qué relación hay entre la estética de ese paisaje y el tuyo de origen?

La primera vez que fui fue totalmente por casualidad. Tenía 23 años y un viaje a Ecuador que se canceló. Entonces me escribió un amigo y me dijo: «Oye, yo estoy en San Francisco, vente». Fui y, a los pocos días, alquilamos un coche y nos fuimos hacia Yosemite.

Los desiertos me devuelven a un estado un poco primitivo y de experimentación con el mundo.

Cuando salimos hacia la zona del desierto, lo primero que pensé fue que se parecía a Zaragoza, pero en un formato más inmenso: desolación brutal salpicada de polígonos industriales, todo muy bajo. Me recordaba mucho a mis paisajes de infancia, pero a otro nivel.

Me enamoré muchísimo. Me hice un tatuaje del estado de California y he procurado volver una vez al año.

¿Por qué te interesan tanto los desiertos?

Porque es mi paisaje fundacional. La carretera que iba a la finca donde veraneaba de pequeña y donde tengo todos mis recuerdos de infancia está en el desierto. Los desiertos me devuelven a un estado un poco primitivo y de experimentación con el mundo. Cuando quiero descubrir el mundo, el paisaje de fondo siempre es un desierto.

Además, narrativamente es muy útil. En un cuento hay una niña que se pierde en el desierto y cree que hay un corrimiento de tierras, pero es porque el suelo está lleno de miles de conejos. Eso lo viví en el desierto, en la Sierra de Alcubierre: íbamos en coche haciendo fotografía nocturna y pensábamos que la tierra se estaba moviendo. No: eran cientos de miles de conejos que se apartaban en olitas. Los desiertos son un lugar muy lisérgico y eso me gusta.

¿Con qué nutrís tu escritura? ¿Lecturas? ¿Y además de lecturas?

Me gustan mucho los cuentistas americanos: Raymond Carver, Joy Williams, que es mi autora favorita, y Lorrie Moore. Cuando estoy reescribiendo me gusta leer un cuento de alguien que me encante, porque me sirve para coger carrerilla.

A nivel de cosas que no sean literarias, el cine y las series. Últimamente mucho David Lynch y Cronenberg, aunque todo el cine de terror me flipa, incluso el malo. Y los viajes. Diría que lo que más me inspira es viajar e ir a sitios un poco extraños, los desiertos.

El cine de terror de algún modo funciona, porque es uno de los últimos géneros que sigue prevaleciendo como género.

Creo que ahora se está experimentando mucho. El terror sirve para hacerse preguntas sobre la identidad, las relaciones, y ponerlas de una forma que puede aterrorizarte pero también aliviarte.

Agarrar los miedos y ponerlos en una pantalla los aleja de ti. Los expresa de una forma en la que puedes leerlos a través de otro código. El terror no es una manera de introducir miedos, sino de exorcizarlos.

De hecho, cuanto más deprimida he estado en momentos de mi vida, más terror he visto. Cuando estoy jodida por algo no quiero ver cosas amables, quiero ver terror, porque de alguna manera coge todas mis obsesiones y mis cuestionamientos y los pone en un lugar donde los puedo mirar.

¿Qué no te deja dormir?

Tengo muy, muy buen sueño desde siempre. Mis crisis más grandes han tenido mucho que ver con la escritura, con la falta de inspiración. Lo que más me puede amargar es eso, sobre todo pensar que no va a volver.

No estar inspirada durante una época está bien, pero como trabajo haciendo guiones muchas veces pongo toda mi capacidad creativa en otra cosa y a lo mejor no me queda energía para estar inspirada y escribir cuentos.

¿Y qué es lo que te provoca sueño, o qué te relaja y te hace ingresar en una relación más amable con la escritura?

La libertad en el sentido más amplio: no tener un deadline, no tener otros trabajos que me estén agobiando, no tener horarios, estar viajando, estar al margen de todas mis responsabilidades.

Al final, si a las personas les quitas todas las capas que se van agregando —o, por lo menos, a mi identidad—, lo que hay abajo de todo es el lenguaje. Si quitas todo lo demás, puedo acceder de otra forma.

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