La primera temporada de The Gentlemen (ganadora de un Emmy Primetime) consiguió algo que no parecía necesariamente garantizado, trasladar al formato seriado el universo criminal, aristocrático, violento y socarrón de Guy Ritchie y convertirlo en un fenómeno internacional. También provocó una respuesta antagónica en cuanto a su calidad. Allí donde unos celebraron el regreso del Ritchie más reconocible, su virtuosismo visual, el humor negro y una pareja protagonista de química indiscutible, otros vieron precisamente el reverso de esas virtudes: manierismo, reiteración, personajes convertidos en tipos y una fórmula demasiado satisfecha de sí misma.
La segunda temporada llega, por tanto, en una posición peculiar: avalada por el éxito, pero obligada a demostrar que detrás de la fórmula todavía queda una historia que contar.
Esa tensión estuvo muy presente en la conferencia de prensa internacional de la nueva temporada, en la que participaron Guy Ritchie, creador, guionista y productor ejecutivo; Matthew Read, guionista y productor ejecutivo; y sus protagonistas, Theo James (Eddie Horniman) y Kaya Scodelario (Susie Glass). Una conversación distendida —por momentos deliberadamente gamberra— que dejó entrever una temporada de mayor escala, más europea y aparentemente también más interesada en las consecuencias morales del poder.
Ritchie formuló su tema central casi como una máxima: cómo ascender sin autodestruirse.
Ritchie formuló su tema central casi como una máxima: cómo ascender sin autodestruirse. Cómo continuar siendo agresivo y ambicioso sin acabar aniquilado por el propio ego. Read añadió inmediatamente la pregunta que convierte ese planteamiento en conflicto dramático: cuál es el precio que Eddie tendrá que pagar por hacerse más poderoso y si, en ese ascenso, corre el riesgo de perder el alma.
Porque si la primera temporada relataba en buena medida la entrada accidental de Eddie Horniman en un ecosistema criminal, la segunda parece querer eliminar definitivamente la coartada de la inocencia.
Eddie Horniman descubre el placer del poder
En la primera temporada, Eddie podía justificarse a sí mismo. Había heredado un problema y tenía que resolverlo. Proteger a su familia, salvar la propiedad y sobrevivir a un negocio criminal que funcionaba bajo sus pies antes incluso de que supiera de su existencia proporcionaban una cierta cobertura moral a sus decisiones. Ahora ya no.
Theo James describió a Eddie como un hombre que está «ascendiendo» y que comienza a descubrir no sólo su habilidad para moverse en ese mundo, sino su capacidad para ejercer la violencia en beneficio propio. El personaje empieza a tomar decisiones que ponen en cuestión su propio código moral y, con ellas, algo de la bondad original comienza a erosionarse.

Benedetta Porcarli (Isabella ‘Bella’ Soranza de Parme) en The Gentlemen T2.
James fue incluso más lejos al hablar de una progresiva pérdida de empatía y de la posibilidad de aproximarse a los mecanismos de una personalidad sociopática, sin afirmar que Eddie haya llegado todavía a ese extremo. Lo interesante para el actor reside precisamente en recorrer la distancia entre el hombre relativamente convencional del comienzo de la serie —militar, vinculado a Naciones Unidas y convencido de estar haciendo lo correcto— y alguien que al final de esta nueva etapa puede haberse convertido en un individuo extraordinariamente peligroso.
No sorprende entonces que, preguntado por qué personaje de otra serie introduciría en The Gentlemen, James eligiera a Tony Soprano. Más allá de la obvia conexión mafiosa, lo que le interesa del personaje que interpretó James Gandolfini es su contradicción: un hombre capaz de resultar encantador, repugnante, vulnerable y aterrador alternativamente.
La referencia permite intuir también la ambición de esta segunda temporada. La cuestión será comprobar si la escritura consigue otorgar a Eddie esa complejidad moral o si su descenso a los infiernos permanece dentro de los placeres superficiales de la transgresión ritchiana.
Susie Glass no es fría: está controlada
Si Eddie avanza hacia el poder, Susie Glass empieza a preguntarse por qué todavía tiene que pedir permiso para ejercerlo.
Kaya Scodelario defendió con especial interés a un personaje que considera frecuentemente malinterpretado. No cree que Susie sea fría, sino extremadamente controlada: una mujer que mide sus movimientos, conoce perfectamente el funcionamiento del negocio y lleva mucho tiempo siendo, como ella misma señaló, las «botas sobre el terreno», mientras continúa respondiendo ante la figura casi totémica de su padre.
La temporada comienza aproximadamente un año después y Eddie y Susie han hecho crecer considerablemente la operación, extendiéndola hasta Italia. Empezar desde una posición de éxito resulta dramáticamente sospechoso: cuando una ficción coloca a sus personajes tan arriba desde el primer episodio, sabemos que difícilmente pretende dejarlos allí.
Scodelario insistió en que los dos personajes continúan teniendo ambiciones propias. Funcionan extraordinariamente bien juntos, existe afecto —la actriz llegó a hablar de «algún tipo de amor»—, pero no necesariamente persiguen el mismo objetivo. Esa es la base de la tensión.

Sergio Castellitto (Marco Moretti) en The Gentlemen T2.
Susie observa cómo Eddie se emancipa del papel que inicialmente ocupaba dentro de la estructura Glass y comienza a preguntarse qué ha contribuido ella misma a crear. La actriz introdujo incluso la idea de culpa: quizá Susie no esté completamente cómoda con aquello que ha despertado en Eddie ni con lo que esa transformación revela sobre su propia moralidad.
El romance, si es que alguna vez puede denominarse así, continúa por tanto instalado en un territorio mucho más interesante que la simple consumación sentimental. Se necesitan, se atraen, se divierten juntos y posiblemente se quieren; pero también podrían acabar siendo el principal obstáculo para las aspiraciones del otro.
Cuando se les preguntó directamente si trabajar juntos los hacía más poderosos o los convertía en su mayor amenaza, James fue poco tranquilizador: si ésta es una historia de ascenso, en algún momento alguien tendrá que interponerse en el camino de alguien.
Dos herederos intentando dejar de serlo
En este punto de la conversación, aportó Ritchie la idea más sugerente, que el verdadero tema de The Gentlemen, según su creador, no sería tanto el poder como la diferencia entre una identidad heredada y una identidad autogenerada.
Eddie parece representar el privilegio absoluto: título, propiedad, apellido, posición social. Pero Ritchie contempla precisamente esa herencia como una suerte de maldición. Aquello que se recibe también determina quién se supone que uno debe ser. El personaje necesita entonces utilizar lo heredado para construir algo que pueda considerar verdaderamente suyo.
Lo interesante es que Susie se encuentra, desde el extremo aparentemente opuesto del espectro social, en una situación casi idéntica. Uno ha heredado una dinastía aristocrática; la otra, una dinastía criminal.
Eddie debe escapar del personaje que su clase ha escrito para él y Susie de la sombra de Bobby Glass. De ahí que, como apuntó Ritchie interviniendo en una respuesta de Scodelario, ambos puedan reconocerse mutuamente: los dos intentan descubrir en qué momento dejan de administrar aquello que han recibido para empezar a generar su propio poder.
Pero esa emancipación tiene una cara menos noble. Liberarse de la herencia significa también ambicionar el control. La pregunta deja entonces de ser quiénes son Eddie y Susie y pasa a ser qué están dispuestos a hacer para convertirse en quienes quieren ser.

Harry Goodwins (Jack Glass) y Hugh Bonneville (Lord Hawthorne) en The Gentlemen T2.
Italia: aristócratas, mafiosos, Bellini y Caravaggio
La segunda temporada abandona parcialmente el confinamiento británico y amplía su geografía hacia Italia, un movimiento que podría parecer casi inevitable en una serie fascinada por la convivencia entre dinero antiguo y criminalidad.
Ritchie explicó la elección con su habitual falta de solemnidad: si hay que buscar una subestructura de villanos infames, Italia parece un buen lugar para empezar. Pero había una razón más interesante. Italia conserva una aristocracia empobrecida que permite prolongar uno de los principios fundamentales de la serie: la convivencia entre patrimonio, decadencia y necesidad económica.
Matthew Read habló de la voluntad de evitar una Italia convertida exclusivamente en superficie estética. Vino, arte, familia, herencia y old money forman parte de las relaciones de poder de la nueva temporada.
La propia preparación acabó contaminándose de la experiencia italiana. Durante su estancia en Milán, Read asistió a una ópera de Bellini y una de las arias escuchadas aquella noche terminó incorporándose al final del cuarto episodio.
Caravaggio también aparece en la conversación, no sólo como referencia cultural sino visual. Ritchie reconoció que determinadas escenas fueron concebidas pensando en su iluminación y que existe desde el origen una paleta cromática coherente para la serie.
No es difícil imaginar lo bien que encaja Italia en el universo de The Gentlemen: mansiones, vino, arte, aristocracia venida a menos, códigos familiares y mafia proporcionan a Ritchie un catálogo iconográfico prácticamente diseñado para su cámara. Más interesante será comprobar si, como promete Read, ese despliegue deja de ser únicamente fetiche estético y adquiere verdadera función narrativa.
«Tenemos que hacerla mejor»
El elefante en la habitación de cualquier segunda temporada exitosa apareció finalmente de manera explícita. ¿Por qué continuar? La primera temporada podía haber terminado perfectamente allí, reconoció Theo James. Si iban a regresar, tenían que profundizar, complicar y expandir ese mundo. De lo contrario, «¿qué sentido tiene?».
Ritchie admitió que el interés suscitado por la primera entrega les sorprendió y que precisamente ahí apareció el principal problema creativo: ofrecer al espectador aquello que había venido buscando sin cocinarle exactamente el mismo plato.

Vinnie Jones (Geoff Seacombe) y Michele Morrone (Cico Maldini) en The Gentlemen T2.
Matthew Read recordó la instrucción de Ritchie de manera todavía más concisa: había que hacerla mejor. Y definió el proceso con una expresión menos elegante, pero probablemente más ilustrativa: «espesar la sopa», enriquecer todos los elementos.
Es quizá la cuestión que determinará la recepción de esta segunda temporada, porque The Gentlemen posee una identidad visual y tonal tan inmediatamente reconocible que su principal fortaleza puede convertirse fácilmente en su limitación. Los trajes impecables, los criminales educados, las propiedades aristocráticas, la violencia coreografiada, los diálogos insolentes y la fascinación por hombres peligrosos que conservan modales exquisitos constituyen un universo enormemente eficaz, pero también uno que Ritchie conoce demasiado bien.
La respuesta antagónica que acompañó a la primera temporada, y parece extender a la segunda, se explica precisamente ahí: para sus defensores, The Gentlemen era Ritchie dominando su propio lenguaje; para sus detractores, Ritchie atrapado dentro de él. La segunda temporada parece consciente de esa disyuntiva.
Una química que ya no necesita construirse
Donde el regreso juega claramente con ventaja es en la relación entre Theo James y Kaya Scodelario. Scodelario explicó que trabajar de nuevo juntos ha resultado más sencillo precisamente porque ya conocen el ritmo del otro. Saben cómo se mueven Eddie y Susie, cuándo deben mirarse, cuándo caminar sincronizados y cuándo introducir conflicto. Esa familiaridad ha permitido desarrollar con mayor libertad el banter entre ambos.
La propia conferencia lo confirmó. James y Scodelario se interrumpieron, se provocaron y bromearon constantemente, hasta el punto de que algunas respuestas parecían prolongaciones improvisadas de la dinámica entre Eddie y Susie. Cuando Scodelario celebró la fluidez de su relación de trabajo, James no dejó pasar la elección de la palabra; cuando la conversación derivó hacia la posibilidad sexual entre los personajes o hacia una escena de subasta de arte, la pareja convirtió rápidamente la promoción convencional en intercambio de pullas.
Esa complicidad, incluida tensión sexual, probablemente siga siendo una de las mejores armas de la serie. Pero también aquí la temporada parece querer introducir veneno. Cuanto más convincentes resulten juntos, mayor será el efecto cuando sus ambiciones empiecen a resultar incompatibles. Este ha sido, finalmente, el territorio en el que The Gentlemen quiere instalar su segunda temporada: no tanto descubrir quién tiene el poder como observar qué hace el poder con quien consigue poseerlo.
Eddie y Susie empiezan más arriba, son más ricos, más experimentados y probablemente más peligrosos. Italia amplía el tablero y Ritchie promete una ficción más profunda, más oscura y más compleja. Ahora queda por comprobar si ese crecimiento consigue trascender la fórmula o simplemente la ornamenta con más lujo.
Porque hacer más The Gentlemen parece relativamente sencillo. Hacerla mejor, como el propio Ritchie exigió a su equipo, es otra cuestión.






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