La Venus eléctrica, de Pierre Salvadori, confirma desgraciadamente una tradición. La película inaugural del Festival de Cannes suele funcionar, con contadas excepciones, como un extraño anticipo invertido del certamen: rara vez representa lo más arriesgado, innovador o cinematográficamente estimulante de la programación, y más bien parece responder a equilibrios industriales, diplomáticos o estratégicos antes que a una verdadera declaración artística. Salvo excepciones como el magnífico documental de Mark Cousins, The Story of Film: A New Generation (2021), en la edición post-COVID, la inauguración acostumbra a marcar un punto de partida modesto desde el que el festival solo puede mejorar.
Ambientada en el París de los años veinte, dentro del universo decadente de una feria ambulante que por momentos parece extraída de Nightmare Alley, la película mezcla espiritismo, melodrama romántico y comedia de enredo en una trama de falsas identidades, manipulaciones y ambiciones cruzadas. El proyecto dirigido por Salvadori —quien actuó en Planetarium, también centrada en médiums y espiritistas— nace a partir de una idea original de Rebecca Zlotowski (Vida privada) y Robin Campillo (120 pulsaciones por minuto) —ambos habituales de Cannes—. Sin embargo, aquello que en otras manos podría haber derivado hacia la melancolía fantástica o la sátira amarga queda aquí reducido a una narración extremadamente convencional.

Suzanne (Anaïs Demoustier) es la Venus electrificata, una joven explotada por el feriante que la compró a su padre y que, mediante un truco oculto, ofrece por unas monedas la experiencia de un “beso eléctrico” al público de la barraca. El personaje contiene probablemente la dimensión más interesante de la película: su sufrimiento físico y emocional, su condición de mercancía y la humillación cotidiana a la que es sometida podrían haber sostenido una reflexión mucho más oscura sobre la explotación y el deseo. Pero el filme opta continuamente por la ligereza.

Cuando Suzanne suplanta a Claudia, una falsa vidente, entra en escena Antoine (Pio Marmaï), un pintor alcohólico devastado por la culpa y por la pérdida de Irène (Vimala Pons), la mujer que impulsó su carrera artística. A su alrededor gravitan falsos amigos, intereses ocultos y dobles imposturas espiritistas —la falsa médium sustituida por otra aún más falsa— en una maquinaria de equívocos que desemboca en una historia de amor con ecos de Romeo y Julieta, donde las apariencias engañan constantemente y Gilles Lellouche interpreta a Armand, galerista manipulador y principal instigador de los engaños.
La levedad corre el riesgo de convertirse en simple inanidad elegante, en oficio sin verdadera sustancia.
Todo el reparto de La venus eléctrica hace lo posible dentro de un registro cómico que, tanto en su forma como en su esencia, parece pertenecer a otra época. La narrativa, el desarrollo dramático y las resoluciones no pueden ser más tradicionales. Y, sin embargo, la ligereza nunca es sencilla. Construir una buena película que aparente flotar con la naturalidad de una comedia de enredo sofisticada solo está al alcance de cineastas excepcionales, se apelliden Ernst Lubitsch o Woody Allen. En los demás casos, la levedad corre el riesgo de convertirse en simple inanidad elegante, en oficio sin verdadera sustancia.

Eso es precisamente lo que termina ocurriendo en La Venus électrica. La película desaprovecha buena parte del potencial dramático de Suzanne e Irène, los dos personajes femeninos más complejos y vulnerables del relato, mientras los hombres permanecen mucho más planos y previsibles. El hambre —literal y simbólica— de amor, libertad, reconocimiento y realización personal empuja a ambas hacia el engaño, el sacrificio o el abismo, pero el filme nunca termina de asumir plenamente la oscuridad emocional de ese conflicto. Todo queda amortiguado por el tono ligero y por una puesta en escena que parece temer constantemente profundizar en sus propias heridas.
El resultado final es un entretenimiento correcto, ocasionalmente encantador y visualmente cuidado, pero también una película donde cualquier ambición más profunda parece haberse quedado por el camino. Cannes vuelve así a perder la oportunidad de inaugurarse con una declaración de riesgo o de modernidad cinematográfica, y optar con un elegante artificio de ligereza limitante.







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