Sinsal sigue encarnando la isla de los prodigios

En Música miércoles, 29/07/2026

Carlos Pérez de Ziriza

Carlos Pérez de Ziriza

PERFIL

¿Un festival en el que descubrir grupos? ¿Unos alemanes haciendo italodisco? ¿Una pareja de británicos que parecen unos LCD Soundsystem de bolsillo? ¿Un trío femenino japonés —recomendado por Rosalía— que parece un cruce imposible entre las Shonen Knife y los Beastie Boys? ¿Unos colombianos poniendo a todo el mundo a bailar a base de sintetizadores ácidos y psicodelia futurista? ¿Una nómina de músicos españoles que va del folk a la psicodelia, pasando por el hyperpop o el afrobeat? ¿Un festival del que los primeros que disfrutan (cuando pueden, claro) son sus propios directores? ¿Estamos locos o qué?

Volví a pasar hace unos días por el Sinsal, la cita que se celebra desde hace años en la pequeña isla de San Simón, en la ría de Vigo (Galicia), y que este año amplía su programación a principios de agosto a Vigo y el Camino Portugués, y si algo me vuelve a quedar claro es que no hay nada igual (creo) en toda España. Ya no solo por el enclave, que es absolutamente inigualable (una isla protegida que solo tiene actividad durante puntuales visitas guiadas a lo largo del año), o por la peculiaridad de que los nombres de los músicos que nutren su cartel permanezcan en secreto, sino por su composición: imposible dar con una cita más ecléctica.

Cualquier música del mundo imaginable tiene cabida en Sinsal. Obviamente, con un criterio detrás. Con una cierta complementariedad y unos principios rectores, y no como un batiburrillo de sonidos. Siempre hay espacio para la sorpresa.

Hay otro factor añadido: como homo mediterraneus que es uno, acostumbrado durante muchos años a frecuentar festivales masivos clónicos, cuyos carteles parecen un mero intercambio de cromos (estoy generalizando, lo sé) y en los que prima la venta de abonos al por mayor como principal divisa, cada vez tengo más aprecio por quienes cuidan el detalle. Quienes procuran un tacto artesanal a todo lo que hacen. Quienes no solo quieren cuadrar números, sino cuidar experiencias. Pero de las de verdad. De las que dejan poso.

Y eso se revela no solo en el cartel, sino en el sonido, en el emplazamiento de los escenarios, en la comodidad de las prestaciones o en la abundante señalética que explica por qué la isla de San Simón es un lugar especial y con una historia muy concreta, que conviene conocer. Y apenas nadie que no la haya pisado la conoce.

Sinsal

Merina Gris, más que convincentes (Foto: Aigi Boga).

Durante el pasado fin de semana pude ver a stage managers que se multiplicaban impartiendo talleres musicales para niños o empleados del festival a quienes igual veías en recepción atendiendo a los músicos recién llegados que ayudando a alzar una lona sobre un escenario o acompañando a una niña a la enfermería porque se había abierto una pequeña herida. Y en cuestión de minutos. Digamos que casi todo el mundo hace un poco de todo. Hay sentimiento de comunidad. Implicación colectiva. La dimensión del evento también lo propicia, claro. Pero aunque parezca algo evidente, no es algo visible en todos los festivales.

A continuación, un resumen de los conciertos que pude ver. Que fueron casi todos.

#1 España son muchas Españas

Fue precisamente un grupo de aquí el que más me impresionó. Nunca había visto en directo a los donostiarras Merina Gris, y me impactó el convencimiento con el que defienden sus contagiosas andanadas hyperpop (ellos lo llaman pop violento, y está bien). Tienen claro el concepto visual, el diseño sonoro y el poderío de unas canciones que, de haberse interpretado ya casi entrada la noche, hubieran puesto aún más patas arriba el escenario de mayores dimensiones de los tres, aquel en el que todo el mundo se pone de acuerdo en una cosa: bailar como si no hubiera un mañana. Eso decía todo el mundo.

Los valencianos Gazella brillaron con su fórmula de shoegaze/dream pop/krautrock/deje flamenco/yolatengoismo a una hora aún más temprana; Júlia Colom demostró que es, de toda la nueva hornada de cantautoras folk baleares, la que más remite a Maria del Mar Bonet (quizá habló demasiado: encomiable su esfuerzo por hacer cantar en mallorquín al público gallego, cuando a los valencianos ya nos cuesta – a veces – horrores entenderlo); los gallegos Skanderani sorprendieron con su efectiva mezcla de afrobeat, psicodelia y sonoridades árabes (su líder es Ahmed Moussa) y los sevillanos Juventude destilaron una divertida y poco trascendente fusión de pop kinki, psicodélico y sesentero, en la amplia estela abierta por Derby Motoreta’s Burrito Kachimba.

#2 Europa, bendita locura

Aquí nada era lo que se presumía. Desde Gigi Girls, un trío alemán que nos regaló una sesión de italodisco tan deliciosamente divertida como irrelevante hasta una artista como la rusa (criada luego en Israel y ahora afincada en Berlín) Mary Ocher, quien desde presupuestos teóricamente menos livianos y con mucho más contenido socio político, se marcó otro divertido set que igual podía recordarte a Ute Lemper, PJ Harvey o Laurie Anderson, según abordara la guitarra o los sintes. Imposible aburrirse con ella.

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Mary Ocher: cada canción, un mundo (Foto: Aigi Boga).

Pasando por el dúo británico AK/DK, tan abducido por el synth punk y el kraut rock que parecían unos LCD Soundsystem de bolsillo, o el británico (de padres de Sierra Leona) Nadeem Din-Gabisi, quien me gustó más cuando se parapetó tras la mesa como one man band, rapeando sobre bases que remitían a los sonidos de la diáspora que tan bien han alimentado al pop británico de las últimas décadas (muy ingenioso su sampleo del fragmento de «Still Ill» de The Smiths, el «England is mine, it owes me a living») que cuando se olvidó de ella en un tramo final algo descafeinado. Nos contó, minutos antes de su concierto, que había estado hace poco en el festival de Glastonbury con An Alien Called Harmony, la banda de la que forma parte. Habrá que escucharla.

#3 El mundo es un patio de recreo

El espíritu curioso por naturaleza, inquieto, diverso, ecléctico y libre de cualquier clase de prejuicios, que es santo y seña de este festival, quedó de manifiesto con actuaciones como la de las japonesas NI-HAO!!!, una suerte de cruce entre las Shonen Knife y los Beastie Boys, por describirlas de alguna forma: mezcla de espíritu punk, ruidismo, sampledelia, electricidad, bases de hip hop y locura desbordada, así en general. Muy divertidas y con más fundamento del que a simple vista se advierte. Rosalía las incluyó en una playlist y eligió una de sus canciones, «Matsuri-Shake», para dar la bienvenida a quienes disfrutaron de su gira Motomami, hace cuatro años.

También con los colombianos Indus, vibrante dúo de electrónica en cuyo seno laten tradición y futurismo, en la onda de formaciones como Chancha Vía Circuito. Y también con los portugueses Travo y los galaico portugueses Mocho Gris desde estilos contrapuestos: los primeros, con una contundente fórmula de trash rock progresivo y psicodélico, y los segundos con una amalgama de r’n’b digital y efluvios jazz y ambient (terminaron con una versión de «Wandering Star» de Portishead) a la que aún le falta definición y rodaje.

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Nadeem Din-Gabisi: prometía más (Foto: Aigi Boga).

#4 África, la eterna promesa

Con todos los respetos a las músicas africanas, y a riesgo de pisar terreno resbaladizo: tengo siempre con ellas la misma sensación que con las selecciones de fútbol africanas que llegan a la fase final de los mundiales. Llevamos cuarenta años hablando de ellos como el futuro. Alegran los campeonatos, progresan, ponen en aprietos a los grandes equipos. Pero casi nunca pasan de cuartos de final. Su mayor activo es el poderío físico, lo que en términos musicales equivaldría a su capacidad para poner a todo el mundo a bailar.

Lo lograron con creces los malienses Ben Zabo y Virginie Dembelé, aunque con distintas herramientas: afrobeat/rock/funk en el caso del primero y el blues de raíz de la segunda, cuya diversidad de registros me convenció más que la del primero. Años después, me suele ocurrir que me cuesta memorizar sus nombres, como si cubriesen una cuota, como si en cierto modo fueran indistinguibles dentro de sus respectivos estilos. Reconozco que igual es incapacidad mía.

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