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«La vida de una mujer», entrevista con Léa Drucker

En Entrevistas, Cine y Series miércoles, 07/10/2026

Eva Peydró

Eva Peydró

PERFIL

Gabrielle, la protagonista de La vida de una mujer, es una prestigiosa cirujana que, en la cincuentena, parece tener una vida perfectamente construida: una carrera brillante, un matrimonio estable y una existencia marcada por la responsabilidad hacia los demás. La aparición de Frida, una escritora de la que se enamora inesperadamente, altera ese equilibrio y la enfrenta a un deseo que escapa a su control. Protagonizada por Léa Drucker, Mélanie Thierry, Charles Berling, Marie-Christine Barrault y Laurent Capelluto, Une vie de femme es el segundo largometraje de Charline Bourgeois-Tacquet, quien debutó brillantemente en el largometraje con Los amores de Anaïs in Love (2021). Su nueva película compitió en la Sección Oficial del Festival de Cannes de 2026.

En vísperas de su estreno en España, entrevisté a Léa Drucker, una de mis actrices favoritas, ganadora de dos premios César —por Custodia compartida (2017) y Caso 137 (2025)—, intérprete de una extraordinaria versatilidad que ha trabajado con cineastas tan distintos como Quentin Dupieux (Increíble pero cierto, 2022) y Catherine Breillat (El último verano, 2023). Hablamos de Gabrielle y del deseo que irrumpe en una vida aparentemente bajo control, pero también de la vulnerabilidad, el paso del tiempo, el poder del arte y la libertad de una actriz que, incluso después del reconocimiento, reivindica la necesidad de seguir arriesgándose.

EVA PEYDRÓ: Gabrielle es una mujer que parece haber construido toda su existencia en torno a la responsabilidad: hacia sus pacientes, su equipo, su madre, su marido… e incluso hacia la mujer de la que se enamora. Para usted, ¿su verdadera transgresión no consiste tanto en desear a otra mujer como en permitirse, por fin, dejar de controlarlo todo?

LÉA DRUCKER: Sí. Está toda la construcción de su vida familiar, de su relación con los demás, de su relación con los cuidados, de la exaltación que experimenta a diario por aquello en lo que es brillante, por sus proezas técnicas como médica, jefa de servicio, mujer con autoridad, etc. Y, efectivamente, ese encuentro inesperado, el hecho de enamorarse apasionadamente de otra mujer, le hace perder esa sensación de control de la que usted habla.

Es alguien que cree haberlo controlado todo en su vida y que se da cuenta de que, en realidad, no controla todo aquello que pertenece al ámbito del sentimiento amoroso, de ese sentimiento que, sin embargo, es universal. No lo había visto venir y no pensaba en absoluto que pudiera responder a ello de una manera controlada.

Incluso se convierte en una jovencita en ese aspecto. Y eso es muy hermoso porque es una mujer que está en la cincuentena y, de repente, la vemos convertirse en esa jovencita enamorada, frágil, juvenil. Y eso me encanta porque se corresponde con lo que pienso de la vida: que esas cosas no se pueden controlar.

Y, por otra parte, algo que me gusta mucho es que es una mujer que está con su marido [Charles Berling]. La pareja funciona. El marido es un hombre inteligente, cariñoso. Tienen una bonita relación. No es una mujer que se aburra y necesite una aventura. Ella ya vive una aventura cotidiana con lo que hace, pero ese encuentro la trastoca por completo.

La vida de una mujer A Woman's Life

En su interpretación, pasa con gran fluidez de la cirujana, extremadamente precisa y quizá incluso autoritaria, a la hija, la esposa y después la amante, mucho más vulnerable. ¿Cómo trabajó esas diferentes facetas de Gabrielle sin tener la sensación de estar interpretando a varios personajes?

Lo hice trabajando con Charline Bourgeois-Tacquet, la directora, que tenía una dirección muy elaborada. Charline es muy buena dirigiendo actores. El guion estaba extraordinariamente bien escrito, era extremadamente preciso. Nunca cambié nada, no cambié ni una línea del guion.

Y la propia construcción me permitía mostrar distintas facetas de este retrato de una mujer. Y, como usted dice, había que conseguir que siguiera siendo siempre la misma persona.

Pero creo que ver a una mujer en plena posesión de sus facultades, ejerciendo su autoridad, en su relación con sus equipos, una mujer fuerte, segura de sí misma en lo que hace, y verla al mismo tiempo frágil, me parece completamente coherente. Somos múltiples por todas las revoluciones que llevamos dentro.

La cuestión es la libertad que nos concedemos. Y creo que esta es una película sobre la libertad. ¿Qué permitimos que exista de todo aquello que llevamos dentro? ¿Y qué permitimos que los demás vean? El cine permite expresar la intimidad. Permite mostrar de repente cosas que este personaje se autoriza a vivir.

Yo estoy convencida de que una mujer puede ser muy fuerte y, muy poco después, sentirse completamente desarmada y frágil. Creo que siempre seguimos siendo niñas. La joven que fuimos, la niña que fuimos, sigue estando en algún lugar.

Evidentemente, mi oficio de actriz me permite… En mi vida personal sigo siendo una mujer, tengo mi máscara social como todo el mundo. Y tengo mis pudores como todo el mundo. Hay cosas de mí que no quiero que se vean. Pero en el trabajo cinematográfico, en el trabajo teatral, todo está permitido.

«Esta es una película sobre la libertad. ¿Qué permitimos que exista de todo aquello que llevamos dentro?»

La película está construida en once capítulos y sigue una trayectoria muy lineal, a lo largo de la cual vemos cómo Gabrielle se transforma progresivamente. ¿Influyó esa estructura en su manera de construir el personaje? ¿La película se rodó en orden cronológico?

Sí, más o menos. Pero es cierto que empezamos por las escenas del hospital. Todo lo que sucede en el hospital fue el principio del rodaje.

Y estuvo muy bien porque me permitió construir esa columna vertebral de quién es esta mujer cirujana. Después vamos deconstruyéndola poco a poco. Y eso es lo interesante.

Pero también está, en la puesta en escena, el hecho de que Charline, en un momento determinado, lleva a esta mujer a otro lugar. La vemos en el hospital y después, por ejemplo, está en la montaña. Esa mujer a la que vemos tan grande dentro de su servicio se vuelve diminuta al lado de la montaña. Se vuelve completamente contemplativa y cambia de ritmo. Y eso también procede de la puesta en escena.

La vida de una mujer A Woman's Life

Una escena que me impresionó especialmente es la del ballet. Frida (Mélanie Laurent) se declara en la penumbra, entre los bailarines que se mezclan con el público, y Gabrielle parece casi paralizada. Hay algo muy sensual, pero también algo suspendido. ¿Cómo abordó ese momento en el que casi todo sucede en la inmovilidad, la escucha y la turbación, más que en las palabras?

Para empezar, me encanta la danza. Me encantan los bailarines, estar con ellos. Me dejé hechizar. Me dejé hechizar por completo por la coreografía.

Y además eran escenas muy difíciles de rodar desde el punto de vista de la puesta en escena. Teníamos poco tiempo. Así que había que estar extremadamente concentrados para que los bailarines pudieran hacer lo que tenían que hacer sin que los molestáramos, sin entorpecerlos. Había muchísima concentración.

Me había dejado hechizar por el espectáculo, como me habría ocurrido si hubiera ido a ver un espectáculo así, en un lugar así. Y, al mismo tiempo, me dejé impresionar por Mélanie Thierry. Mélanie es muy generosa con sus miradas, tiene una presencia muy fuerte y, en realidad, me ayudó mucho.

Me situé en disposición de poder recibir todo aquello como si todo sucediera por primera vez. Y ahí Gabrielle vuelve a ser casi como una jovencita. Es un momento suspendido porque, en la vida de esta mujer, que pasa sus días enfrentándose a cuestiones de vida, muerte, enfermedad, tratamientos, cosas muy duras, y que está profundamente comprometida con una vida dedicada a reparar, de repente aparece ese tiempo suspendido, ese momento de evasión que llega a través de la danza y que también habla de lo que la cultura aporta a nuestras vidas.

Es muy interesante. La cultura… y también el poder del arte.

Sí. Nos dejamos llevar por el magnetismo del arte. Fue muy hermoso.

Usted ha nombrado las escenas de la montaña con Erri De Luca, cuando acompaña a Frida en ese encuentro con el escritor. Esa parte de la película introduce la vejez, la soledad y también la conciencia de que todo es efímero. Pero ofrece además a Gabrielle una imagen del envejecimiento opuesta a la de su madre dependiente, que padece Alzheimer. Frente a ella, el escritor sigue siendo libre, autónomo y profundamente lúcido. ¿Esa confrontación entre dos maneras de envejecer le permitió explorar algo más en Gabrielle, por ejemplo, en su propia relación con el paso del tiempo?

Sí. Entonces, lo que quiere decir sobre la vejez es la relación entre el personaje de la madre…

Sí, la vejez y el personaje de la madre. ¿Le permite a Gabrielle reflexionar, o tomar conciencia de lo efímero, aprovechar su tiempo, contemplar su propia vida desde otro punto de vista?

Y también dejarse observar por alguien. Es también a través de la mirada de la escritora, de Frida, como Gabrielle se deja observar y su relación con el tiempo cambia también en ese momento.

Y eso está en consonancia con el hecho de que su madre está perdiendo la noción del tiempo porque está enferma. Pero también está la cuestión del tiempo que nos concedemos. Es decir, Gabrielle es una mujer que no tiene tiempo. Todo su tiempo está ocupado. No hay espacio para el tiempo. Es la vida en el hospital. Conocemos bien el hospital público: son ritmos frenéticos.

La vida de una mujer A Woman's Life

Y ella ofrece su propio tiempo a los demás.

Todo el tiempo, sí, absolutamente. Y ahí, el tiempo que se concede a sí misma, aunque solo sea para sentarse en una tumbona, estar frente a una montaña y detenerse, es algo completamente excepcional.

Y vemos claramente que, en ese momento, en el personaje hay una escucha, hay un ritmo que cambia. Ella misma observa a Frida hablando con Erri De Luca, el escritor. Mira la montaña y hay algo un poco metafísico en torno al paso del tiempo: ¿lo aprovechamos? ¿Nos permitimos el silencio, la pausa y los momentos de contemplación, o estamos inmersos en una carrera frenética?

Quizá sea otro momento suspendido dentro de la película.

Sí, eso es.

Por otra parte, me gustó muchísimo su interpretación en El último verano, con motivo de la cual tuve además la oportunidad de entrevistar a Catherine Breillat. Anne y Gabrielle son mujeres muy diferentes, pero encontré un eco entre ellas: son dos mujeres muy construidas profesional y socialmente cuyas vidas, en un momento determinado, se ven trastocadas por el deseo. Pero reaccionan ante él de maneras muy diferentes. ¿Percibe también algún vínculo entre ellas o son para usted dos mujeres completamente distintas?

Entiendo lo que quiere decir con el vínculo que puede existir entre ellas, aunque la respuesta al deseo sea completamente diferente en las dos.

En Anne hay algo del orden de la destrucción y de la autodestrucción, algo muy oscuro, muy peligroso. Creo que desciende a los abismos de un deseo. Es algo más peligroso.

Mientras que Gabrielle, que también se concede la libertad de vivir ese deseo, está más desarmada. No es en absoluto destructiva. Se deja sorprender, es frágil, no controla nada. Ha dejado de controlar por completo.

Pero es cierto que Charline quiso trabajar conmigo, creo, para este personaje porque había visto L’Été dernier. Así que necesariamente existe un vínculo, porque Charline quería hablar del deseo femenino y de tomarse la libertad de vivirlo. Pero las consecuencias no son las mismas.

Sí, pero quizá sea también porque seguimos siendo quienes somos incluso cuando nuestra vida se ve trastocada por el deseo. Sentimos y vivimos el deseo en función de la mujer y de la persona que somos. Usted muestra siempre la lealtad de Gabrielle, mientras que Anne quizá se revela desde otro aspecto de su personalidad. El deseo está presente en ambos casos, pero su personalidad permanece detrás de su manera de vivirlo.

Y, hablando de Charline, esperó un año para poder trabajar con usted. ¿Qué cambia al saber que una directora no está buscando simplemente a una actriz que interprete a Gabrielle, sino que la imagina a usted en ese personaje? ¿Supone una responsabilidad adicional?

Es curioso porque no fui realmente consciente de que hubiera esperado un año hasta que estuve trabajando en la película. Es decir, durante el año que ella pasó esperando, yo hice películas, Caso 137… Así que, como actriz, no me di realmente cuenta de lo que aquello significaba hasta estar en el rodaje, trabajando con Charline, construyendo el personaje, y comprender finalmente la responsabilidad que aquello suponía.

Quizá fue mejor no darme cuenta inmediatamente porque, de lo contrario, la presión habría sido muy fuerte.

Puede que también me protegiera para llegar un poco más inconsciente. Pero es cierto que ese deseo es un regalo. Es un premio. Yo he tenido la oportunidad, la suerte de recibir premios muy importantes a lo largo de mi trayectoria profesional, pero esto también es un premio: que alguien piense en ti.

Ella no escribió el personaje para mí, pero, en cualquier caso, el hecho de esperar expresa un deseo muy fuerte. Y es verdad que eso me impulsa. Es algo que me sostiene cuando estamos trabajando, que seguramente me vuelve todavía más sensible y que hace que quiera, efectivamente, no estropear ese deseo.

Pero, cuando estoy trabajando, intento no pensar en todo eso porque, de lo contrario, resulta muy impresionante.

«Cuando disfrutas de cierta celebridad, creo que hay que hacer primeras películas».

Tiene actualmente dos César y una carrera marcada por personajes y cineastas muy diferentes. Con el paso del tiempo, ¿siente que se ha vuelto más libre como actriz, más dispuesta a arriesgarse, a experimentar? La otra posibilidad sería volverse más consciente y exigente, pero mantenerse dentro de una línea de trabajo en la que una se siente más segura. Tengo la impresión de que, con el reconocimiento, resulta por el contrario más importante ser libre.

Hay que ser libre. Hay que ser libre y tener el deseo de asumir riesgos, y no dejarse absorber por el «bueno, esto ha funcionado». Hay que liberarse de lo que resulta cómodo y seguir asumiendo riesgos. Eso seguro. Porque, cuando uno se arriesga, trabaja mejor, creo. Es más gratificante, más estimulante.

Después hay que encontrar dónde se pueden asumir esos riesgos, algo que todavía no se haya hecho. Cuando tienes una carrera que funciona bien, cuando disfrutas de cierta celebridad, creo que hay que hacer primeras películas, por ejemplo, porque en esas óperas primas hay talentos que van a surgir y nosotros también debemos poder contribuir a que esos talentos puedan existir.

Así que eso, por ejemplo, es algo que me gusta y que quiero seguir haciendo. Y después, efectivamente, encontrar guiones en los que haya algo que te haga decir: «Ah, pero esto es algo que podría ser…».

Es muy generoso, además.

Pero es una verdadera cuestión artística, por supuesto.

Muchas gracias, Léa, por su tiempo y enhorabuena por la película.

Gracias a usted.

La vida de una mujer, que se estrena en España el 9 de octubre, encontró en Drucker a una intérprete capaz de hacer visible aquello que escapa al control: el deseo, la fragilidad y el paso del tiempo, en una película sobre la libertad de permitirse vivir cuando ya parecía todo definitivo.

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