Tras doce días de competición marcados por una notable densidad cinematográfica y por la ausencia de un favorito indiscutible, el jurado de la Sección Oficial del 79º Festival de Cannes, presidido por Park Chan-wook, ha resuelto esta edición con un palmarés que combina ambición artística, equilibrio geográfico y apuesta segura.
Más que rupturista o polémica, la decisión final —broma incluida de su presidente, al decir que hubiera preferido no dar premios en un festival que se los ha negado, pero que no tenía Other Choice— transmite la sensación de un jurado que ha intentado repartir el reconocimiento entre varias de las películas que mejor definieron esta edición, premiando tanto a cineastas consagrados como a nuevas voces, como es el caso del premio de interpretación masculina.
El gran vencedor de la noche fue el director rumano Cristian Mungiu, cuya película Fjörd obtuvo la Palma de Oro. El galardón sitúa al realizador en el club de los cineastas que han conseguido la máxima distinción en dos ocasiones: Francis Ford Coppola, Shōhei Imamura, Bille August, Emir Kusturica, Jean-Pierre y Luc Dardenne, Michael Haneke, Ken Loach y Ruben Östlund. El reconocimiento a Mungiu, tras haber conseguido la Palma de oro y el premio FIPRESCI en 2007 con 4 meses, 3 semanas, 2 días, y el de mejor director en 2016 con Los exámenes, ex aequo con Olivier Assayas por Personal Shopper, confirma además la extraordinaria relación que mantiene desde hace años con Cannes.

El Gran Premio del Jurado recayó en Minotauro, el esperado regreso del ruso exiliado Andrey Zvyagintsev. Tras años de ausencia y tras las secuelas físicas provocadas por la COVID-19, el director volvió a la Croisette con una amarga reflexión sobre el poder, la corrupción y la guerra. Durante la ceremonia aprovechó su intervención para pedir públicamente el fin del conflicto entre Rusia y Ucrania, convirtiendo uno de los momentos más comentados de la gala en una declaración política de enorme carga simbólica.
Entre las decisiones más llamativas figura el reparto ex aequo del premio a la mejor dirección. Por un lado, los españoles Javier Ambrossi y Javier Calvo fueron reconocidos por La bola negra, una ambiciosa exploración de la memoria histórica y de la represión sexual en España. Por otro, el polaco Pawel Pawlikowski obtuvo nuevamente este galardón, obtenido en 2018 con Cold War, gracias a Fatherland, una depurada y profunda reflexión sobre Thomas Mann, el exilio y la identidad europea en la posguerra, que podría cerrar su gran tríptico.
Este premio compartido nos ha retrotraído al memorable, por desigual, Premio del Jurado que se llevaron conjuntamente Xavier Dolan y Jean-Luc Godard en 2014, por Mommy y Adiós al lenguaje, respectivamente. Entonces se habló de relevo generacional, ahora podría ser de puerta abierta a simultáneas propuestas radicalmente opuestas, donde la película de Ambrossi y Calvo posee méritos cinematográficos suficientes para dialogar de igual a igual con uno de los cineastas más respetados del continente. El jurado apreció tanto la exuberancia de unos como la austeridad del otro, y eleva a los españoles a una conversación distinta. Dejan el nicho del culto o las series de gran calidad, para entrar en la liga de los grandes autores europeos. Con quién han compartido el premio es casi más importante para su prestigio que el haberlo conseguido, al consolidar su proyección internacional y despegarlos del fenómeno cultural que han constituido hasta ahora.

El Premio del Jurado distinguió a The Dreamed Adventure, de la alemana Valeska Grisebach, consolidando el regreso de una cineasta cuya filmografía, aunque escasa, se ha convertido en una referencia. Rodada en Bulgaria y producida entre Alemania, Francia, Bulgaria, Austria, la película confirma la capacidad de Grisebach para observar los desplazamientos culturales y emocionales desde una perspectiva profundamente humanista, de la que participaba Western, la película con la que compitió en Un certain regard en 2018.
En cuanto a los premios a los mejores intérpretes, en lugar de premiar actuaciones individuales, el jurado optó por reconocer dos dúos actorales. El premio femenino fue compartido por Virginie Efira y Tao Okamoto por sus trabajos en All of a Sudden de Ryusuke Hamaguchi, con grandes competidoras como la talentosa Victoria Luengo, que brilló en la película de Sorogoyen. No pude evitar la decepción al verla en el aeropuerto de Niza, dos horas antes de la ceremonia de clausura, junto al equipo de la película, abandonando toda esperanza de conseguir un premio para El ser querido. En la categoría masculina, los jóvenes Emmanuel Macchia y Valentin Campagne fueron premiados por Coward, dirigida por el belga Lukas Dhont.

El premio al mejor guion reconoció a Notre salut, segunda película del francés Emmanuel Marre, quien continúa consolidando una trayectoria iniciada con fuerza en la Semana de la Crítica hace apenas unos años. La película, protagonizada por un excelente Swann Arlaud —merecedor del premio al mejor actor, como lo ha sido Javier Bardem, por El ser querido—, es una incisiva y despiadada crónica de los años oscuros de la historia de Francia, cuando los arribistas y falsos patriotas colaboraron con el Tercer Reich. Marre se basó en la correspondencia que mantuvieron los bisabuelos del director y el libro del mismo título que autopublicó su antepasado, Henri Mar. Este retrato de las miserias de los funcionarios de Vichy ha servido en el festival como contracampo al filme de László Nemes, Moulin, centrado en el héroe que unió la Resistencia y cayó en manos de Klaus Barbie en Lyon.
Fuera de la competición principal, la Cámara de Oro distinguió a Ben’Imana, ópera prima de la directora ruandesa Marie-Clémentine Dusabejambo. La película, presentada en Un certain regard, destaca el protagonismo del cine africano y fue una revelación, en la que Dusabejambo se aproxima con talento a la historia reciente de las luchas tribales entre hutus y tutsis y a la posibilidad de una reconciliación tras la barbarie.

En la competición de cortometrajes, la Palma de Oro fue para For the Opponents del argentino Federico Luis, una producción internacional de México, Chile y Francia.
Más allá de los nombres concretos, el palmarés deja la sensación de que Cannes ha premiado películas preocupadas por la memoria histórica, los conflictos identitarios, la libertad sexual, las fracturas sociales y los mecanismos del poder.
En una edición donde no faltó la polémica enconada de detractores y defensores de filmes como La bola negra, que revolucionó el festival, con una selección donde dominaba el déjà vu de grandes nombres y una serie de flojas películas francesas —como fue el caso de Mémoire d’un fille (Judith Godrèche), con Annie Ernaux de coguionista, o la ínfima Histoires de la nuit, de Léa Mysius— y donde las discusiones críticas permanecieron abiertas hasta el final, el jurado optó por una solución, como siempre, discutible. El filme de Mungiu no fue el mejor de su carrera y el pulso directoral del director de Cold War fue merecedor de un galardón más valioso. Quizá no satisfaga todas las quinielas, pero sí ofrece una fotografía bastante fiel de los títulos que mejor definieron esta intensa edición de Cannes.







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