Danny Boyle inauguró la competición del 83º Festival de Venecia con Ink, una frenética crónica del nacimiento del nuevo The Sun, en la que Jack O’Connell se entrega a fondo para encarnar a Larry Lamb, el hombre que convirtió el periodismo en un fenómeno popular que apelaba directamente a los instintos.
En 1969 el hombre llegó a la Luna y Rupert Murdoch compró The Sun. Dos grandes pasos en direcciones opuestas. Danny Boyle establece provocativamente la proximidad entre ambos acontecimientos al presentar Ink, considerando que aquel periódico acabaría transformando nuestro mundo de forma incluso más radical, plantando una semilla abonada con todo el fertilizante del mundo, para que fuera posible la existencia de Fox News y la perversión del periodismo clásico. Murdoch, magnate de la prensa (no confundamos con informacion) y Larry Lamb le dieron al lector del swinging London aquello que no se atrevía a pedir y deseaba consumir.
Adaptada por James Graham de su propia obra teatral de 2017, Ink reconstruye con una estética agresiva y tan arrogante como su propia historia, el desarrollo del proyecto que llevó al australiano Rupert Murdoch (Guy Pearce) a adquirir un renqueante periódico para que Larry Lamb (Jack O’Connell) tuviera por objetivo superar en circulación al Daily Mirror. El resultado sería ese The Sun convertido en la apoteosis de la vulgaridad, un periódico que borró de modo histórico y radical las fronteras entre información, entretenimiento, sexo y escándalo hasta hacer de ellas su razón de ser.
El periódico como espectáculo
Boyle parece decidido a que la forma de la película reproduzca el objeto que retrata. Si el tabloide necesita atrapar al lector en una fracción de segundo, Ink busca hacer lo mismo con el espectador. Giros de cámara, planos inclinados, primeros planos deformantes, tratamiento del color y un montaje sometido a una agitación prácticamente incesante convierten la redacción en un organismo febril. La estética imita así la necesidad de impacto del propio periódico, aunque esa coherencia formal termine también por resultar agotadora.
Boyle contrapone las mariscadas y las comidas de negocios en restaurantes elegantes con las ratas que recorren el subsuelo, royendo periódicos entre las entrañas de Fleet Street. Arriba se decide qué desea leer el pueblo; abajo, las rotativas materializan el producto que al día siguiente será consumido y desechado. El director filma esa cadena alimenticia con una energía que remite a algunas de sus películas más reconocibles, con una insistencia visual que apenas concede espacio para el reposo.

En su centro está O’Connell. Larry Lamb es el auténtico protagonista de Ink y el actor se entrega físicamente a un personaje que entiende su oportunidad profesional como una revancha. Los flashbacks de su infancia, marcada por el bullying, pretenden explicar al adulto desde la superación del síndrome del impostor, aunque esa superación se parezca cada vez más a un ajuste de cuentas. Ahora él es el jefe: elige a su equipo, establece una línea editorial y decide hasta dónde puede llegar para que Murdoch sea cada día más rico y, sobre todo, para ganar.
El alumno y el magnate
A Boyle parece interesarle menos Murdoch —una figura cuya vida y legado han sido abundantemente explorados en documentales y que inevitablemente proyecta su sombra sobre Succession— que observar cómo germina en Lamb la semilla que el magnate planta en su cabeza.
Pearce compone, además, un Murdoch sorprendentemente amable. Es el iniciador, pero Lamb se convierte rápidamente en el factótum y acaba incluso superando y desafiando las expectativas del empresario, que una vez tras otra transige en aras del objetivo final. Las decisiones son siempre buenas si sirven para ganar. Ambos comparten, sin embargo, algo más profundo que la ambición: la necesidad de demostrar que merecen ocupar un espacio del que se han sentido excluidos. También el magnate arrastra su propia mochila filial. El periódico termina funcionando para ambos como negocio, arma y reparación.

Claire Foy interpreta a Jules, personaje ficticio que introduce una presencia femenina en una redacción abrumadoramente masculina. Pizpireta y tan dinámica como el universo que la rodea, es periodista, amante de Lamb y responsable de una página femenina que de feminista tiene poco: entre sus cometidos figura seleccionar a las modelos más atractivas. La contradicción no es menor en una película que observa el nacimiento de una fórmula que descubriría muy pronto que el cuerpo femenino también podía vender periódicos.
El drama vende
El verdadero punto de no retorno llega con un hecho histórico particularmente siniestro. En 1969, Muriel McKay (Lucy Russell), esposa del ejecutivo de Murdoch Alick McKay (Jonathan Hyde), fue secuestrada por unos hombres que la confundieron con Anna Murdoch. El chapucero secuestro terminó con la muerte de McKay, cuyo cuerpo nunca ha sido encontrado.
Boyle utiliza el caso para fijar el listón moral de Lamb: incluso el drama que golpea directamente a su entorno puede transformarse en material susceptible de ser devorado por sus lectores. La película llega a evocar la posibilidad de que el cadáver terminara siendo devorado por cerdos. La imagen adquiere entonces un significado circular: también el público consume vorazmente, día tras día, historias cada vez más rocambolescas, morbosas y escandalosas y el paralelismo con los animales omnívoros menos atractivos del reino animal se repite.
Entre borracheras, fiestas salvajes de oficina, castings de desnudos y ratings, lo más interesante de Ink sale a la luz y no es tanto el hecho de establecer que Murdoch creó un monstruo como el de preguntarse en qué momento el discípulo comprendió que podía llevar mucho más lejos la idea del maestro.
No se ahorran tópicos sobre el periodismo, ni tampoco un falso romanticismo, cuando en una escena Murdoch incita a Lamb a escuchar bajo el asfalto de Fleet Street la vibración de las rotativas. ¿Es eso humanización del magnate que lleva la tinta en la sangre, o el tam-tam de los tambores de una guerra que tiene su campo de batalla en el quiosco?







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