Hacia el final de ¡Adelante, cronófobos! Novela contra el tiempo (1997- ), de Diego Garrido (Madrid, 1997), leemos una posible definición de este libro con título de arenga inteligente:
«Si tuviera que definir de alguna manera este libro rarísimo, diría que es una épica del fragmento, una épica moderna. El héroe es el ser humano y sus aliados, los sueños, las ilusiones; la némesis, la pura y simple realidad, la naturaleza, indiferente, eterna y brutal; el cambio, el tiempo. El humano, el héroe, se revuelve como gato panza arriba desde que pone un pie en este mundo y, por supuesto, fracasa, termina por fracasar».
Pronto, el narrador asume que su obra cae bajo la influencia del Zibaldone, del poeta Giacomo Leopardi, inagotable serie de experiencias, notas, pensamientos y observaciones, diario vital, filosófico y poético, cumbre de la literatura íntima del siglo XIX, pero uno cree que esta obra intempestiva (la de Garrido Velilla) se sitúa más convenientemente en la intersección de distintas corrientes de la literatura contemporánea: la hibridez, la autoficción —afortunadamente no autoafligida, es decir, no convertida en autoaflicción—, la nueva sinceridad, la cercanía al ensayo y, en particular, al commonplace book, ese libro de citas y afinidades electivas que tan bien cultivaron Hugo von Hofmannsthal en El libro de los amigos o Wallace Stevens en Sur plusieurs beaux sujects.

Leopardi por Biagio Martini.
Literatura del yo, escritura diarística, artefacto cultural, mal de libros. Esta novela sobre el temor a la muerte, el tic, tac del fin o contra la finitud comparte con su anterior Libro de los días de Stanislaus Joyce (Anagrama, 2024) la continua interrogación sobre los efectos de la infancia, la crisis de sentido y la conciencia del arte, y con el commonplace book su carácter de libro en sucio, variante literaria del cuaderno de borrador comercial donde el mercader anotaba operaciones, deudas, entradas y salidas antes de pasarlas en limpio al libro mayor. Georg Christoph Lichtenberg frecuentó esa práctica tan gozable en sus Sudelbücher, «cuadernos de residuos», donde el pensamiento todavía no ha sido ordenado del todo. No son exactamente diarios ni libros de aforismos, aunque en algún punto participan también de ello.
Garrido, buen conocedor de la historia de las subjetividades y del arte cinematográfico —así de Teofrasto a Radu Jude o Mia Hansen-Løve—, parece acercarse a esa misma tradición con sus notas dispersas y sus restos fechados que denotan tanta querencia por lo orgánico en un siglo (el XXI) que ya no escribe en libros de comercio, ciertamente, pero tampoco en archivos de Word.

Diego, del equipo cronófobo (cortesía del autor).
Las referencias culturales no caen aquí, como dirían hoy generaciones más jóvenes, en el dropeo. No son decoración ni sólo catálogo de afinidades, operan más bien como melancólica compañía y en ese sentido, el libro puede leerse también como una biblioteca sentimental.
Anima ¡Adelante, cronófobos! la entrañable alineación incluida como parte del paratexto hacia el final del libro. Allí aparecen, junto al poeta de Recanati, Josep Pla, James Joyce, Proust, Victor Hugo o J. D. Salinger, Gabriel Ferrater, Víctor Erice, el propio Diego, Hu Bo y, de nuevo, Joyce —James—. Y, calentando banquillo, una serie —me atrevo a decir— de fichajes que no parece claro que haya pedido el entrenador, quizá caprichos de presidente: Robe, Rosalía, Stanislaus Joyce, Julio Iglesias, todos marcados de cerca, desde la banda, por la Parca como en El séptimo sello de Ingmar Bergman.

Unos y otros salen y entran a voluntad de un escritor disimulado o dividido en personajes tan creíbles como seguramente oscurecidos y muy mezclados. Hace bien a esta obra llena de fechas como charcos la tabla de ocho capítulos (ver abajo) para una historia de la cronofobia humana en el tiempo taumatúrgico, tiempo de recepción de fantasmas en una suerte de gótico emocional. Se señala allí un inicio hacia 2022, justamente los veinte, esa década de bisagra y de nouvelle vague que recorre la porosa textura de la memoria, por así decir.
¡Adelante, cronófobos! participa también de la metanovela o, quizá mejor, de una forma de novela autorreflexiva —de Cervantes a Sterne, de Gide a Nabokov, de Italo Calvino a Cortázar, de Goytisolo a Vila-Matas, de Piglia a Bolaño, etcétera—: una narración que convierte el propio proceso de escritura, sus materiales, sus restos, sus fechas, sus apoyos y sus vacilaciones en parte de lo que cuenta.
Apuntes sobre la muerte y los fantasmas, idas y venidas contenidas al modo de Laurence Sterne, brillos y gatos, reconcomios, mitologías y algo de resquemor, efectos juguetones de un traductor de Joyce, fragmentos y obsesiones y otra clave de esta obra lúdica y lúcida, a la vez sincera e inspirada por otros, es el egotismo. El egotismo, que no debe confundirse con el solipsismo, es la corriente mental —del corazón, si se dirige a la poesía— que sitúa el yo como centro del análisis de las cosas y referencia constante: confusión entre el sujeto y el objeto de la escritura en la estela de Montaigne. Una poética que podemos encontrar en autores tan distintos como Unamuno o Valéry y que, salvando las insalvables distancias, fue también el objeto de Una casa holandesa. Por eso este libro me ha tocado de muy cerca, o lo he entendido de cerca, por decirlo así.

La obra de Garrido Velilla parece seguir, con su peculiar estilo, aquella dúctil teoría de la novela futura que Enrique Vila-Matas formuló en Perder teorías: intertextualidad, conexión con la alta poesía, escritura vista como un reloj que avanza, victoria del estilo sobre la trama y conciencia de un paisaje moral ruinoso. En Garrido, esos rasgos no cumplen estrictamente con una poética declarada, más bien aparecen desplazados como viento de tiempo y en cualquier caso es bueno que ¡Adelante, cronófobos! se beneficie de un sinfín de buenas teorías y lecturas, de canciones y posiblemente de películas, de poéticas de la memoria, al fin y al cabo, de esas que uno encuentra tanto en Silver Jews como en Proust o en Amarcord y que enriquecen con música, imágenes y palabras el diálogo siempre imposible con la familia viva o muerta. Así, la voz de esta novela, por decirlo con Óscar Tacca, se refuta con Amanda, en un espíritu lucreciano entre la ciencia y el arte.
De la relación fraterna, del desamor y de la historia con Patricia surgen páginas conmovedoras, de una extraña sinceridad y un compromiso con la memoria poética en el sentido que le dio Milan Kundera. Nos gustan los interrogantes, el debate con Leopardi, la forma de ironizar sobre la ironía de Josep Pla, de este escritor deslenguado, sus obsesiones y sus filias, sus debilidades, dudas y fobias.

Nieto de Teodora Puértolas, abuela de Diego G. V. (Cortesía del autor).
Poetas como Hölderlin fueron conscientes del irreversible paso del tiempo. En Das Angenehme dieser Welt…, poema tardío que suele fecharse hacia 1811, escribe: Das Angenehme dieser Welt hab’ ich genossen, he gozado lo agradable de este mundo, y enseguida: Die Jugendstunden sind, wie lang! wie lang! verflossen (Las horas de juventud se han ido, cuánto , cuánto hace).
¿Cuánto hace de todo, poeta? Eh, so poeta, ¿cuánto hace de todo?
Nada.
La noche como almacén, la luna como caja fuerte de la memoria sentimental, la aceleración de la vida, el amor, el desamor y sus tiempos disímiles —la distinta forma de sentir el paso del tiempo en la persona que ama y en la que no—, objeto, por cierto, de una de las mejores películas del siglo XXI, Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan, realizador próximo a Garrido en su plástica concepción del devenir, aunque quien aparece en este tratado de la cronofobia sea el suicida Hu Bo. Bueno, Jaime Gil de Biedma lo dejó escrito en No volveré a ser joven, incluido en Poemas póstumos en 1968: Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde. Garrido parece escribir a golpe de intuiciones a la vez geniales y cercanas, como joven que es, con esa mezcla de entusiasmo, pudor, exageración y miedo. Más allá de algunas cuestiones de engrase sintáctico y de ciertas concesiones del egotismo, a uno le queda la impresión de alguien que no deja de pensar, de anotar, alguien que, como los seres humanos más inteligentes, se contradice y lee, ama y se pierde, se ríe de sí mismo a veces, como si imaginara en ese instante que pasa para no volver jamás a algún insensato escribiendo contra el paso del tiempo.
Hermosos: historias cronofóbicas también (pendiente) la de Sergio C. Fanjul (Cronofobia, Arpa, 2026).
Malditas: pringosas cremas antiedad hechas de baba de caracol.






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