Primer título de Gaetano Donizetti en llegar a las tablas en forma acabada, Enrico di Borgogna debutó en Venecia el 14 de noviembre de 1818 en el Teatro San Luca (hoy Teatro Goldoni), marcando el estreno público del compositor bergamasco, entonces de veintiún años, sostenido por el amigo y libretista Bartolomeo Merelli. El futuro empresario de éxito en La Scala sería el mismo que años más tarde animó a Verdi a escribir Nabucco cuando el compositor estaba viviendo un terrible momento de luto familiar.
El argumento de Enrico di Borgogna desarrolla un enredo de usurpaciones, amores contrariados y restauraciones dinásticas según las convenciones de la ópera heroica, y las páginas iniciales revelan un dominio técnico sorprendente para un debutante, con algún destello ya personal. Pero la promesa se diluye pronto: avanzada la partitura, Donizetti se repliega en un seguimiento demasiado fiel de los modelos rossinianos, hasta el punto de que las soluciones más interesantes del arranque quedan sin auténtico desarrollo.

Teresa Iervolino en el segundo acto de Enrico di Borgogna © Michele Crosera.
Enrico di Borgogna regresa hoy “a casa” para la temporada del Teatro La Fenice. Para la ocasión, en el Teatro Malibran se repone el montaje coproducido con el Donizetti Opera y firmado por Silvia Paoli en el Teatro Sociale de Bérgamo en 2018. La idea de partida —el teatro dentro del teatro, con la representación de la obra durante su propio estreno veneciano y todo el muestrario de incidentes, rivalidades y vanidades del mundo del espectáculo— no es nueva. En lo específico de la puesta en escena veneciana, se resolvió además con escasa variedad de recursos. Paoli multiplicó los hallazgos cómicos sin discriminar entre ellos, y el resultado fue una acumulación de gags que se atropellan unos a otros sin verdadera progresión dramática. El exceso de gesto y de movimiento escénico presentado de esta manera genera una confusión visual constante que distrae más que ilumina: el espectador se ve empujado de un chiste al siguiente sin que la relación entre el texto y la música tenga ocasión de respirar.

Teresa Iervolino y Omar Montanari en el segundo acto de Enrico di Borgogna. © Michele Crosera.
Lo metateatral, que podría haber sido una clave de lectura, se convirtió así en simple pretexto para la acumulación de ocurrencias, y las fragilidades dramatúrgicas de una obra juvenil quedaron no tanto absorbidas como sepultadas bajo una maquinaria escénica que no conoció la pausa ni el silencio. Ni el teatrillo giratorio con telones móviles de Andrea Belli, ni los coloridos trajes de época de Valeria Donata Bettella, ni las luces de Fiammetta Baldiserri lograron poner orden en una propuesta que confundía demasiadas veces vivacidad con desorden.

Teresa Iervolino y Dave Monaco en el segundo acto de Enrico di Borgogna. © Michele Crosera.
El reparto vocal, completamente renovado respecto a las funciones bergamascas, ofreció resultados desiguales. Teresa Iervolino encarnó a el protagonista en travestí con autoridad estilística y un timbre oscuro propio del modelo, hoy raro, del contralto heroico, aunque su interpretación se mantuvo en un registro de corrección más que de verdadera incandescencia. Dave Monaco prestó a Guido una vocalidad de tenor brillante arriesgada y cierta vis escénica, sin que el personaje sin embargo terminara de desprenderse del trazo grueso que la dirección le impuso.
Por otra parte, Giuseppina Bridelli presentó una pulida interpretación del personaje de Elisa, aunque su gracia escénica se diluyera en el continuo bullicio que la rodea. Omar Montanari (Gilberto) confirmó oficio y mesura en el terreno bufo, una de las pocas zonas donde el equilibrio entre canto y comicidad sobrevivió felizmente al conjunto. Más comprometida resultó la prestación de Christian Collia: el empeño fue evidente, pero la tesitura de Pietro de tenor agudo puso continuamente en evidencia una voz algo frágil, sobre todo en la zona mediana. En los papeles de apoyo, finalmente, Giuseppe Toia (Brunone), Nicola Pamio (Nicola) y Chiara Notarnicola (Geltrude) cumplen sin destacar, y el coro masculino del Teatro La Fenice no siempre brilla por precisión, aunque afronta con profesionalidad las numerosas intervenciones requeridas por la partitura.

Dave Monaco en el segundo acto de Enrico di Borgogna. © Michele Crosera.
En el podio de la Orquesta del Teatro La Fenice, Corrado Rovaris ofreció una lectura de tempos animados, pero marcada por una notable monotonía tímbrica: la paleta orquestal permaneció de esta forma en todo momento casi invariable , sin las variaciones de color y de tensión que la partitura habría permitido explorar. El empuje rítmico no es nuca suficiente para compensar la uniformidad sonora, y algunos desajustes con el escenario y el coros (dirigido de forma algo confusa por Alfonso Caiani) contribuyeron a una sensación general de monotonía, más que de verdadera energía teatral.
El numeroso público presente en la sala acogió el espectáculo con entusiasmo sincero. Una señal de que este primer Donizetti, sostenido por una idea teatral más depurada y menos dispersa, podría aspirar a algo más que a la simple curiosidad histórica.






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