«Shana» o cómo sobrevivir al desapego

En Cine y Series domingo, 17/05/2026

Eva Peydró

Eva Peydró

PERFIL

En Le Roi David (2023), el cortometraje nominado a los premios César, con el que Lila Pinell comenzó a perfilar el universo de Shana, ya estaba presente una sensibilidad muy concreta hacia los márgenes emocionales y familiares. Ahora, la cineasta francesa expande aquel relato en sy largometraje, presentado en la Quincena de los cineastas, del 79º Festival de Cannes, y protagonizado de nuevo por Eva Huault junto a Noémie Lvovsky. El resultado es un retrato vibrante y doloroso de una joven atrapada entre el deseo de emancipación y la imposibilidad de encontrar un lugar propio.

Pinell define a su protagonista como un cuerpo en movimiento constante. “Su personaje se desplaza, como el anillo, de una historia, un mundo o una situación a otra”, explica la directora. Y, efectivamente, Shana funciona como una fuerza centrífuga: atraviesa espacios familiares, sentimentales y sociales sin terminar de pertenecer nunca del todo a ninguno. Cada escena parece registrar esa fricción continua entre el impulso de huir y la necesidad desesperada de ser aceptada.

Shana es un retrato vibrante y doloroso de una joven atrapada entre el deseo de emancipación y la imposibilidad de encontrar un lugar propio.

Shana es una luchadora, aunque no tenga herramientas para sobrevivir. Mantiene una relación de abuso con un pequeño traficante encarcelado y, mientras él cumple condena, intenta sostener el negocio por su cuenta. Cuando la mercancía se termina y el dinero desaparece, empieza para ella una deriva desesperada. Lo que podría haberse limitado a otro relato sobre juventud precarizada y sin horizonte se convierte, sin embargo, en algo mucho más complejo: un drama de heridas invisibles narrado con la ligereza amarga de la tragicomedia.

Shana

Porque la película no tarda en ampliar el foco. Más allá de la supervivencia económica o afectiva, Pinell sitúa a Shana dentro de un paisaje emocional marcado por el desapego familiar y la fractura identitaria. Desde la primera reunión familiar —donde la vemos desplazada, ansiosa por encajar y al mismo tiempo orgullosa de su diferencia— comienzan a aparecer las grietas de una inadaptación todavía sin explicación. La tradición, la herencia cultural, la práctica del judaísmo o los rituales familiares se convierten en escenarios donde Shana siempre parece un verso suelto.

En el bar mitzvá, en el funeral de la abuela o en las pequeñas celebraciones domésticas, la protagonista intenta desesperadamente ser una más. Pero hay algo en ella que nunca termina de alinearse con el resto. Pinell filma esa distancia con enorme delicadeza, evitando cualquier subrayado psicológico. La cámara acompaña a Shana desde muy cerca, registrando su vulnerabilidad, su impulsividad casi adolescente y, sobre todo, la incomodidad permanente que siente dentro de su propia piel.

En su errancia emocional, Shana encuentra una forma extraña y conmovedora de resistencia.

La interpretación de Eva Huault sostiene buena parte de esa verdad emocional. Su trabajo se mueve entre la fragilidad y la insolencia, entre la ternura y el desastre. Shana acumula pequeños fracasos y humillaciones cotidianas que la película transforma en episodios de una triste comicidad: trepar por un balcón tras olvidar las llaves, regalar un foulard robado del guardarropa o embarcarse en la odisea de recuperar el anillo heredado de su abuela. Como tantos antihéroes del cine contemporáneo, Shana avanza torpemente, improvisando, sobreviviendo como puede.

Shana

Pero será en el enfrentamiento decisivo entre madre e hija donde la película revele la verdadera dimensión de su herida. La familia emigró desde Marruecos y, tras rehacer su vida con otra pareja, la madre decidió marcharse al sur. Shana, incapaz de aceptar esa nueva familia, se quedó atrás con apenas doce años y pasó el resto de su infancia y adolescencia en una casa de acogida. De pronto, todo cobra sentido: la rabia, la inseguridad, la necesidad enfermiza de afecto, la incapacidad de pertenecer.

Pinell evita convertir ese descubrimiento en una resolución terapéutica. Al contrario, entiende que esa fractura no desaparece, simplemente se aprende a habitarla. Por eso resulta tan importante el anillo que atraviesa toda la película: una joya de oro y esmeraldas con forma de pájaro que perteneció a la abuela de Shana. Más que un objeto heredado, funciona como un talismán, una promesa silenciosa de continuidad y emancipación. También como símbolo evidente de libertad, de vuelo posible.

Lo que Shana decide hacer finalmente con él revela su evolución íntima, pequeña pero decisiva. Porque Shana habla precisamente de eso: de cómo sobrevivir cuando nadie te enseñó a hacerlo. De la resiliencia sin épica. Del desamparo convertido en identidad. Y de esas mujeres que avanzan a trompicones, equivocándose constantemente, pero conservando aún una feroz necesidad de ser queridas.

Con una aparente ligereza que nunca banaliza el dolor, Lila Pinell construye una heroína imperfecta y profundamente humana, una figura capaz de despertar empatía inmediata incluso en sus peores decisiones. En su errancia emocional, Shana encuentra una forma extraña y conmovedora de resistencia.

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