Un poeta, estrenada en la sección Un Certain Regard del pasado Festival de Cannes, donde obtuvo el Premio del Jurado, supuso un nuevo triunfo para su director, Simón Mesa Soto, y le confirma como una de las voces más singulares del cine latinoamericano actual. No es un recién llegado a la Croisette: tras la Palma de Oro al mejor cortometraje por Leidi en 2014 y el reconocimiento en la Semana de la Crítica con Amparo (2021), su nuevo trabajo consolida una mirada que oscila de nuevo en Un poeta entre lo áspero y lo profundamente humano. Desde su estreno, la película ha sido seleccionada como candidata de Colombia a los Oscar y también fue nominada a Mejor Película Internacional en los Spirit Awards.
En el centro del relato está Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos), un poeta de Medellín que encarna con precisión el absurdo en sentido camusiano: el conflicto entre el deseo de sentido y un mundo que responde con indiferencia. Óscar no encaja, no produce, no avanza. Vive atrapado en una precariedad económica fruto de su testarudez y de la fe ciega en su talento, que ha dejado de explotar, rechazando un trabajo como profesor porque lo considera una traición a su vocación. Solo la necesidad —y una hija a la que ha sido incapaz de cuidar— lo empuja finalmente a ceder. Pero incluso ese gesto llega contaminado por la inercia del fracaso, del que parece obtener una forma perversa de identidad.
El personaje bordea constantemente la caricatura: desaliñado, torpe, con un cuerpo que parece no encontrar su lugar en el espacio, Óscar se aferra a la idea del genio incomprendido, pero Simón Mesa Soto no le deja caer, aunque tampoco le redime, nunca le deja de la mano, acompañándolo en su derrumbe con una lucidez que emociona. El poeta se compara con José Asunción Silva, al que considera injustamente eclipsado por Gabriel García Márquez, en un discurso que revela tanto su agudeza como su autoengaño. No ha publicado desde los veinticinco años, pero sigue habitando una narrativa de grandeza que el mundo no valida. El gran logro de su director es convertir a este personaje incómodo en alguien profundamente verosímil.
El punto de inflexión llega con Yurlady (Rebeca Andrade), una joven alumna con un talento poético inusual. En ella, Óscar deposita una generosidad inesperada, una vocación de mentor que contrasta con su propia incapacidad para salir del estancamiento. La relación entre ambos es uno de los grandes aciertos del film: lejos de cualquier paternalismo, se construye como un espejo invertido donde la madurez, la intuición y la determinación de ella ponen en evidencia la fragilidad y la deriva de él. Que ninguno de los dos sea actor profesional no hace sino intensificar la autenticidad de sus interpretaciones, de una naturalidad sorprendente.
Un poeta construye un retrato profundamente honesto de un hombre que, incapaz de habitar el mundo, convierte su fracaso en su única forma de estar en él.
Estructurada en cuatro partes y rodada en un 16 mm de textura granulada por el director de fotografía Juan Sarmiento, la película despliega un universo visual coherente con su materia: una Medellín opaca, casi detenida en el tiempo, donde la vida de Óscar transcurre sin posibilidad de redención. Lo cómico y lo trágico conviven sin necesidad de subrayados, ya es suficientemente incómoda su observación. La precariedad del protagonista no se estetiza ni se justifica, simplemente ocurre, se repite, se enquista.
En paralelo, el ascenso de Yurlady introduce una línea de contraste que el director aprovecha para deslizar una crítica sutil pero incisiva al sistema cultural: festivales, lecturas, circuitos donde el talento comienza a convertirse en valor de cambio. Frente a ese incipiente reconocimiento, la figura del poeta fracasado adquiere una dimensión casi ética, como si su incapacidad para integrarse en ese sistema fuera también una forma de resistencia, aunque nazca más del sabotaje personal que de una elección consciente.

Un poeta no ofrece redención ni consuelo, no hay esperanza. Incluso cuando asoma una posibilidad de sentido a través de la relación con Yurlady, la vida de Óscar permanece estancada, atrapada en una lógica donde creatividad y miseria parecen indisolubles. Un poeta brilla en la negativa a resolver lo irresoluble, en la aceptación de que hay existencias que no avanzan, que no se transforman, solo persisten.
Entre la repugnancia inicial y la ternura que termina imponiéndose, el film construye un retrato profundamente honesto de un hombre que, incapaz de habitar el mundo, convierte su fracaso en su única forma de estar en él.






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