En The Station (Al Mahatta, 2026), la directora yemení-escocesa Sara Ishaq construye un extraño oasis de resistencia femenina en medio de la devastación de la guerra civil en Yemen. Presentada en la Semaine de la Critique del 79º Festival de Cannes, la película transforma una gasolinera exclusiva para mujeres en algo más que un espacio físico: un territorio precario de libertad, cuidado y supervivencia emocional dentro de un país donde la violencia ha colonizado incluso la vida cotidiana.
Rodada en Jordania debido a los riesgos y dificultades de seguridad que implica filmar en un país todavía devastado por la guerra, The Station, que la directora ha escrito junto a Nadia Eliewat, se inspira en hechos reales y continúa la preocupación de Ishaq por representar Yemen desde una complejidad rara vez visible en Occidente. La directora ya había abordado las consecuencias del conflicto en sus documentales Karama Has No Walls —nominado al Óscar y al BAFTA— y The Mulberry House, pero aquí da el salto a la ficción para encontrar, según sus propias palabras, una libertad creativa que le permitiera proteger a las personas reales que inspiraron la historia.
The Station muestra las estrategias íntimas de resistencia que las mujeres desarrollan para seguir existiendo dentro del desastre.
El resultado es una película que no muestra tanto de la guerra como de sus consecuencias invisibles: la fragmentación de las familias, la militarización de la infancia, el miedo permanente y, sobre todo, las estrategias íntimas de resistencia que las mujeres desarrollan para seguir existiendo dentro del desastre.
Layal dirige una gasolinera donde las normas son claras: no se admiten hombres, armas ni política. Ese pequeño enclave se convierte en un refugio improvisado para mujeres que necesitan combustible para generadores y coches, pero también para respirar, conversar, «ir de compras» o simplemente existir lejos de la vigilancia masculina. Cada mañana, el espacio se transforma casi clandestinamente en un salón al aire libre donde circulan el té, el narguile (de tapadillo) y las confidencias. En medio de un país destruido, Ishaq imagina una pequeña utopía femenina sostenida por la complicidad cotidiana.
La película adquiere entonces una dimensión inesperadamente cálida, incluso humorística. Admiradora declarada de Elia Suleiman, Ishaq introduce toques de absurdo y un humor delicadamente burlesco que alivian —sin neutralizar nunca— la dureza de la situación. El tono recuerda por momentos a Bagdad Café: un espacio fronterizo, detenido fuera del tiempo, donde personajes heridos, que pueden redimirse, intentan reconstruir formas mínimas de comunidad, mientras alrededor continúa el derrumbe.
Sin embargo, bajo esa apariencia de refugio suspendido, la amenaza permanece constante. Yemen, dividido por la guerra civil, ha separado también a las dos hermanas protagonistas tras la muerte de otro de sus hermanos. Ambas intentan salvar ahora al menor de la familia, todavía un niño, amenazado por el reclutamiento forzoso. A partir de los doce años, evitar el servicio militar requiere pagar una exención económicamente imposible para la mayoría de las familias. Cada hermana afronta esa lucha desde posiciones opuestas: una desde el activismo directo y la confrontación; la otra desde los cuidados, intentando preservar una burbuja afectiva dentro del horror.

El desplazamiento entre controles militares, las negociaciones desesperadas y los pequeños actos de astucia necesarios para proteger al niño terminan revelando no solo las distintas personalidades de las hermanas, sino también la manera en que las mujeres deben reinventar constantemente formas de supervivencia dentro de estructuras autoritarias y profundamente violentas.
En cuanto a su reparto, Ishaq combina intérpretes experimentados con actores no profesionales procedentes de Yemen, Egipto y Jordania (Manal Al-Mulaiki, Abeer Mohammed. Rashad Khaled, Saleh Al-marshahi, Fariha Hassan, Amal Esmail), buscando precisamente esa mezcla de espontaneidad y humanidad cotidiana que atraviesa toda la película. La cámara observa a sus personajes desde una proximidad cálida, evitando cualquier exotización de la tragedia. La directora quería, según ha explicado, “mostrar a los yemeníes como seres humanos complejos y dignos, cuyas vidas están llenas de cultura, humor y amor”. Y ahí reside probablemente el principal acierto de la película: negarse a convertir Yemen únicamente en un paisaje de destrucción.
The Station termina ofreciendo la visión profundamente contradictoria de un país donde mujeres y niños parecen condenados a perder siempre, pero donde todavía sobreviven espacios de afecto, deseo y solidaridad. Con villanos deliberadamente simplones, una atmósfera ligeramente irreal y momentos de humor inesperado, la película recuerda continuamente hasta qué punto el mundo puede ser cruel, absurdo y violento, incluso mientras consigue arrancarnos una sonrisa.







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