Las corrientes, tercer largometraje de la directora argentina Milagros Mumenthaler, no avanza mediante acontecimientos sino a través de pequeñas alteraciones invisibles, que fluyen milimétricamente. Ganadora del premio a Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de Uruguay y del premio a Mejor Dirección en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI), la película supone un paso más en una filmografía sólida y coherente en su sensibilidad.
La historia comienza con un gesto aparentemente inexplicable. Lina (Isabel Aimé González Sola), una profesional de la moda de treinta y cuatro años instalada en la cima de su carrera, asiste a una ceremonia de premios en Suiza. Allí, impulsada por una fuerza que ni ella misma parece comprender del todo, realiza un acto inesperado que marcará el resto del relato. Cuando regresa a Buenos Aires, decide no hablar de ello. Sin embargo, algo ha cambiado. De forma silenciosa, casi imperceptible, comienza a aflorar un pasado que creía definitivamente enterrado.
Mumenthaler no construye una película de revelaciones espectaculares ni de grandes conflictos dramáticos. Al contrario, nos muestra cómo una fisura mínima puede alterar una existencia aparentemente estable. Como ocurre con las corrientes subterráneas que dan título a la película, las transformaciones más importantes se producen lejos de la superficie visible. El verdadero movimiento de la historia no está en la acción, sino en aquello que se desplaza lentamente en el interior de la protagonista —un reverso de Ondina—, con un origen lejano y subconsciente.

No resulta casual que Suiza ocupe un lugar central en el relato. La propia directora conoce bien ese territorio ambiguo entre pertenencia y desarraigo. Nacida en Córdoba en 1977, pasó buena parte de su infancia y juventud en Suiza tras el exilio de su familia durante la dictadura militar argentina. Años más tarde regresó a Buenos Aires para estudiar cine y desarrollar una trayectoria marcada por personajes que viven suspendidos entre lugares, tiempos y memorias.
“Más de una vez me pregunté qué pasaría si una mujer saltara al río que atraviesa Ginebra”, ha explicado la cineasta sobre el origen del proyecto. Esa imagen inicial contiene buena parte de las preguntas que recorren la película: quiénes somos realmente, qué partes de nuestra historia permanecen ocultas incluso para nosotros mismos y hasta qué punto es posible escapar de aquello que creemos haber dejado atrás.

Desde sus primeros cortometrajes hasta Abrir puertas y ventanas (2011), ganadora de cinco premios en Locarno, y La idea de un lago (2016), uno de los retratos más delicados sobre la memoria y la ausencia surgidos del cine argentino reciente, Mumenthaler ha demostrado una capacidad poco común para filmar lo intangible. Sus personajes suelen habitar espacios donde el pasado continúa ejerciendo una influencia silenciosa sobre el presente. Las corrientes prolonga esa búsqueda con una madurez formal notable.
La puesta en escena destaca por una precisión casi quirúrgica. Cada encuadre parece construido para acompañar los movimientos interiores de la protagonista. La cámara observa más que explica. Los silencios adquieren tanto peso como los diálogos. La ciudad de Buenos Aires y los paisajes suizos aparecen menos como escenarios que como estados emocionales. Todo contribuye a generar una atmósfera de extrañeza contenida en la que el espectador comparte la sensación de incertidumbre que atraviesa a Lina.
La interpretación de Isabel Aimé González Sola resulta fundamental para sostener este delicado equilibrio. Su trabajo evita cualquier exceso psicológico y construye un personaje cuya complejidad emerge precisamente a través de gestos mínimos, miradas y silencios. A su lado, Esteban Bigliardi (La sociedad de la nieve, J.A. Bayona, 2023) aporta una presencia igualmente contenida, reforzando el tono íntimo y observacional que define la película.
La propuesta de Mumenthaler no es convencional en el tratamiento de una crisis personal, Las corrientes propone una experiencia más sutil, porque se enfoca en aquello que permanece latente bajo la superficie de una vida aparentemente ordenada; sobre los vínculos entre memoria, identidad y deseo; sobre la posibilidad (o imposibilidad) de reinventarse cuando las corrientes profundas de nuestra historia personal vuelven a emerger.
Con esta tercera película, Milagros Mumenthaler encuentra en la observación paciente una revelación frente al ruido y la velocidad del presente.






Nadie ha publicado ningún comentario aún. ¡Se tú la primera persona!