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«El oficial y el espía»: Dreyfus c’est moi

En Director's Cut, Cine y TV 3 January, 2020

Eva Peydró

Eva Peydró

PERFIL

El affaire Dreyfus constituye uno de los hitos de la historia contemporánea francesa, donde confluyeron la injusticia y el crimen de estado, la movilización ciudadana y el poder de la prensa, cuya influencia en la restitución del honor y revelación de la verdad fue relevante.

Entre 1894 y 1906, el joven oficial alsaciano Alfred Dreyfus fue acusado falsamente de espionaje, juzgado, condenado al confinamiento incomunicado en la isla del Diablo (Guayana francesa), repatriado, juzgado de nuevo, rebajado de condena, amnistiado y finalmente exonerado, llegando a luchar durante toda la Primera guerra mundial y alcanzando el grado de teniente coronel. El affaire conmocionó durante años a la sociedad francesa, cuyos políticos, artistas y escritores, y todos aquellos cuya opinión pudiera  tener un eco, se posicionaron, bien defendiendo la justicia, denunciando el antisemitismo y el complot del que fueron víctimas Dreyfus y la legitimidad, o bien en el bando contrario, mientras las intenciones de la falsa acusación han seguido siendo objeto de controversia hasta los años sesenta del pasado siglo.

Sarah BernardtAnatole FranceMarcel ProustClaude MonetJules Renard… apoyaron sin reservas al supuesto traidor,  y sobre todo Émile Zola, quien firmó el celebérrimo artículo «J’Accuse…!» (Yo acuso) a toda plana en la primera página de L’Aurore. Esta carta abierta, dirigida al presidente de la república, Félix Faure, alcanzó las 300.000 copias en un solo día, convirtiéndose en un revulsivo social que resuena todavía a día de hoy. La denuncia pública con nombres y apellidos y, por vez primera en la historia del periodismo, la compilación completa del caso —a pesar de sus inexactitudes— dan la medida de la importancia de un escándalo que dejó al desnudo las vergüenzas de la Tercera República y mostró los eslabones más débiles de la fraternité.

El oficial y el espía (Roman Polanski, 2019)

La épica de la lucha del falso culpable por limpiar su nombre, el suspense por el desenlace final y el castigo al verdadero traidor y a quienes urdieron la siniestra trama es siempre una materia dramática valiosa y, además tratándose de un caso real, como el de Alfred Dreyfus, sorprende que no haya sido llevado a la gran pantalla en más ocasiones. Sin embargo, si contemplamos la filmografía de Roman Polanski y su proceso creativo, las querencias y obsesiones que plasma en su cine, no nos extrañará que haya sido precisamente él quien lo hiciera.

Entre 1899 y 1907, se filmaron escenas de actualidad relacionadas con el juicio, en  el tribunal y la prisión de Rennes, así como otros documentos gráficos que constan en los archivos Lumière, Pathé o Méliès. Por otra parte, entre 1965 y 1994, se estrenaron diversos documentales de producción francesa y norteamericana, como los cortometrajes L’affaire Dreyfus (Jean Vigne, 1965), narrado por Laurent Terzieff, el filme en dos episodios La Raison d’État, Chronique de l’Affaire Dreyfus (Pierre Sorlin, 1994) o el largometraje Dreyfus ou l’Intolérable Vérité (Jean Chérasse, 1974), con la voz en off de Jean Claude Brialy y la participación de François Miterrand, entre otros invitados.

dreyfuss

I accuse (Jose Ferrer, 1958).

Sin embargo, a pesar de las adaptaciones de ficción para la televisión francesa o la BBC, el cine solo había  contado la historia de Alfred Dreyfus en alemán (Dreyfus, Richard Oswald, 1930), basada en la novela de Bruno Weil,  o en inglés: Dreyfus (F.W Kraemer y Milton Rosmer, 1931); The Life of Émile Zola (William Dieterle, 1937), protagonizada por Paul Muni y Gale Sondergaard; I accuse (1957), con guion de Gore Vidal, dirigida y protagonizada por el puertorriqueño José Ferrer, el inolvidable intérprete de otros dos iconos de la historia y la culturas francesas como Toulouse Lautrec (Moulin Rouge, 1952) y Cyrano de Bergerac (1950).

Así fue hasta que Roman Polanski dirigió su versión del drama en francés, adaptando junto a Robert Harris el libro que este escribió tras la interrupción de la preproducción del filme, porque el director de El pianista (2002) debió entregarse a La venus de las pieles (2013). La segunda colaboración de ambos, tras El escritor (2010), sin contar la fallida Pompeya, nace en un contexto al que no es ajeno el filme, su recepción y valoración, ya que, por una parte, la historia reciente y el momento político que vive Francia, con un temible auge del antisemitismo y donde la tolerancia se depara en demasía a los intolerantes y, por otra, la situación judicial y personal de su director acuciado sin tregua por la justicia estadounidense y periódicas denuncias de pasados abusos sexuales, reavivadas tras el fenómeno #metoo, dificultan al extremo la consideración de la obra aislada del autor y sus circunstancias. La hoguera encendida a los pies del director se alimenta, por si no bastara, con la leña seca de sus propias declaraciones.

El oficial y el espía (Roman Polanski, 2019). Dreyfuss

El escándalo que produjo en el pasado Festival de Venecia la posición de Lucrecia Martel, presidenta del jurado, negándose a acudir al pase de gala de la película, pero al tiempo manifestando la necesidad de distinguir entre la persona y el profesional, ha seguido dejando un reguero de comentarios que enturbian o enriquecen, según como se mire, el puro análisis del filme, y quedando como un clamor en el desierto por la apreciación imparcial, a pesar de que Dreyfus abandonó la ciudad de los canales con el Gran premio del jurado y el Premio Fipresci.

A la hora de su estreno, la promoción de El oficial y el espía en Francia ha sufrido las consecuencias del boicot a su director, con la anulación de entrevistas y apariciones televisivas, con comunicados de ministras y portavoces en su contra. Mientras el ministro francés de Cultura afirmaba que el talento no es un atenuante, el primer ministro Edouard Philippe, por contra, declaró que iría a ver la película con sus hijos.

J’accuse, titulada en España El oficial y el espía, perdiendo así la ambigüedad de la afirmación en primera persona que han visto quienes consideran una desfachatez que Polanski ose equiparar su «persecución» a la del oficial francés, concede el protagonismo a George Picquart (Jean Dujardin), el teniente coronel que llegó a ministro de la guerra, y cuyo empeño hizo posible la rehabilitación de Dreyfuss (Louis Garrel), a pesar de que, al contrario de la licencia que se toma Harris, no jugara antes papel alguno en su acusación.

El oficial y el espía (Roman Polanski, 2019). Dreyfuss

Esta perspectiva permite al público seguir con interés detectivesco los avances del oficial de contraespionaje, quien en un modélico ejercicio de honradez vuelve sobre sus pasos y reabre una investigación que le convierte a su vez en víctima y represaliado por sus superiores. El oficial y el espía es un filme tan impecable como Picquart, contenido, de caligrafía impoluta, que podría ilustrar una lección de historia en cualquier liceo francés. De hecho, puede que ese sea uno de sus destinos, en una sociedad que hace aguas, y considerando que en las dos primeras semanas de exhibición ha vendido 887.000 entradas (El pianista vendió un total de 1.8 millones). Al mismo tiempo, puede ser un riesgo asumido, ya que, de tan correcta, puede achacársele la pura ilustración histórica, aunque por supuesto no es el caso, a pesar de la contención emocional.

Polanski no carga las tintas en el sufrimiento personal sino en la abominación del procedimiento, del corporativismo del estado mayor y la judicatura, cuya violencia nace de un murmullo de sables y un carpetazo final. Al contrario del via crucis impotente de Wladyslaw Szpilman, del que no se nos escatimó ni un ápice, el martirio de Dreyfus, otro indefenso, es una cuestión de estado, una investigación in absentia, un descenso a las cloacas que apunta a la podredumbre estructural más conectada con Chinatown (1974) o El escritor. La encomiable y minimalista interpretación de Louis Garrel no nos ofrece un Dreyfus «frenético» sino indignado, reivindicativo, cuya ansia de justicia llega hasta el final, en una escena reveladora y definitiva con Picquart, ya ministro de guerra,  en un gran acierto del guion.

El oficial y el espía (Roman Polanski, 2019). Dreyfuss

El oficial y el espía es una película de hombres, de militares, jueces, policías, abogados y periodistas, las fuerzas vivas de la sociedad decimonónica, donde las mujeres no protagonizan la historia mayúscula. Ellas son las bailarinas del cabaret, las criadas, las señoras o las prostitutas, la madre, la esposa o la hermana, por eso  Emmanuelle Seigner interpreta a la amante de Picquart en un papel prescindible, cuya única función es conferir humanidad a un personaje que se ciñe estrictamente a su función, aunque su presencia siempre es celebrada. El resto del reparto de excelentes actores franceses lo componen Grégory Gadebois, Mathieu Amalric, Damien Bonnard, Melvil Poupad, Denis Podalydès, Vincent Grass y Vincent Pérez.

El filme, que cuenta entre sus productores ejecutivos al oligarca billonario ruso Roman Abramovich, conocido por su apoyo a las causas judías, ha contado con un presupuesto de 22 millones de euros y consigue una atmósfera propia de algunas pinturas de la época, con un tratamiento del color y la iluminación, tanto en los interiores como en la impresionante escena de arranque al aire libre, que nos seduce desde los primeros minutos.

Incluso podríamos hablar de tenebrismo, de un «filme de invierno», donde las oficinas son oscuras; las boiseries, asfixiantes; los salones, cargados; las tabernas, densas y lúgubres a pesar del can-can y los uniformes cumplen su función, convertir en banda a los bellacos. Polanski ha vuelto a contar con la fotografía de Pawel Edelman, un habitual desde El pianista, que plasma perfectamente la narración, apoyada en la banda sonora, una vez más, del prolífico Alexandre Desplat, que incluye  también dos piezas de Gabriel Fauré, en una composición de estilo muy reconocible, con protagonismo de la percusión, reminiscencias de cadalso y la solemnidad alternando con el suspense.

Disfruten esta lección de cine e historia, que nos recuerda en más de una ocasión cómo se trazan los Senderos de gloria  de una nación, aunque su director ose enmendar a Flaubert y decir Monsieur Dreyfus c’est moi. 

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