Segunda crónica desde el 59 Sitges-Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, una edición que será recordada ya no solo por las polémicas previas, sino también por los numerosos errores de organización interna que nos están dejando a los periodistas una cobertura bastante más complicada de lo habitual. Tampoco será una edición especialmente recordada por la calidad de las propuestas en la sección oficial a competición, y, de hecho, hay que ir a la sección Sitges Collection, que es no competitiva y alberga películas que el festival considera destacables por un motivo u otro, para encontrar una de las mejores propuestas de este Sitges 2026.
Se trata de 5 minutos más, que es la última apuesta de Javier Ruiz Caldera dentro del género fantástico, un género en el que se ha movido a lo largo de casi toda su carrera, ya desde su ópera prima, la tronchante Spanish Movie, y pasando por pequeñas joyas como Promoción fantasma o por dignísimos productos como Malnazidos, que inauguró el festival de Sitges de 2020. Caldera es quizás lo más parecido a ese concepto de director artesano del que tanto abusamos cuando nos referimos a aquella generación de directores del género que, a finales de los años 70 y sobre todo en los 80, forjaron la educación cinematográfica de toda una generación. Como aquellos Joe Dante o Richard Donner, por citar solo a dos, Caldera es un director acostumbrado a dar forma a guiones ajenos, lo que, al parecer, no le supone ningún conflicto autoral, y a fabricar auténticos hits de taquilla con este material ajeno.
El libreto de 5 minutos más es de ni más ni menos que Berto Romero, y con él demuestra que, además de un divertidísimo cómico, es también un locuaz creador de argumentos capaz de desarrollar sólidos entramados que superan el gag o la simple sucesión de ellos. En esta película se nos presenta una paradoja temporal, lo que de entrada no presenta mucha originalidad: los tres protagonistas se encuentran de repente en un bucle de tiempo que cada cinco minutos los hace volver al mismo sitio en el que estaban.
Romero, consciente de que el cine se ha aproximado en numerosas ocasiones al fenómeno de las paradojas temporales, es lo suficientemente listo como para no intentar construir una trama en la que los elementos se supediten a dicha paradoja. Por fortuna no estamos ante otra película que intenta inventar la rueda en este subgénero del fantástico, y de hecho el argumento, después de establecer el mecanismo de funcionamiento del bucle de tiempo, deriva por otros caminos mucho más interesantes que el de intentar explicar dicho bucle.
Estos caminos, y aquí reside quizás la principal virtud de la película, transitan con (una a menudo) inesperada incomodidad entre la comedia casi de slapstick (la escena en la que le parten las dos rodillas al vecino) y el drama cerrado (todo lo relativo a la niña atropellada, línea argumental tratada sin ningún atisbo de broma). Me parece maravilloso que una película comercial como esta se atreva, y consiga, descolocar al espectador. Es una osadía que enriquece enormemente la propuesta, sin duda.
En esta línea, pues, no cabe esperar de 5 minutos más una resolución específica que dé respuesta a todas las preguntas que plantea. Sí que se menciona, aunque es un mero accesorio del argumento, que el bucle temporal ocurre en otras partes del mundo. Quizás en todo el mundo. Da igual. Lo que se busca aquí es jugar un poquito con el concepto que expone al principio, sin construcciones aparatosas ni mayores ambiciones.
Casi toda la película transcurre en el mismo lugar, apenas aparecen más personajes aparte de los tres iniciales, y la historia nunca escala para demandar grandes despliegues técnicos. Lo que, a la postre, acaba por evidenciar la incuestionable inteligencia de Romero como guionista y, ojo, de Caldera como director. Un realizador, por cierto, que vuelve a demostrar ya no solo un exquisito dominio de los resortes de la comedia, sino también el gran director de actrices que es: tal y como ya hizo con Inma Cuesta en 3 bodas de más, extrae aquí de Belén Cuesta una magnífica, portentosa interpretación que acaba por modular todos los estadios emocionales por los que atraviesa la película: de la comedia al terror y luego al drama, su expresividad facial y su controladísima dicción son las que arrastran al espectador de un estado emocional a otro completamente distinto.
Por desgracia, no deja ni mucho menos las mismas sensaciones Hope, película del coreano Na Hong-jin con la participación de Michael Fassbender y Alicia Vikander —en su segundo trabajo juntos—, que era una de las más esperadas de esta edición del festival de Sitges. No se le puede negar un arranque interesante en el que la película, siempre fuera de plano, nos va acercando poco a poco a los devastadores efectos que algo (aún no sabemos bien qué) ha provocado en una pequeña población coreana. Es una estrategia que recuerda al mejor Steven Spielberg, o por ejemplo a la excelente Godzilla de Roland Emmerich, es decir, una táctica que consiste en mostrar primero las consecuencias del desastre y después el origen del mismo, lo que multiplica la ansiedad en el espectador. ¿Qué o quién ha provocado el paisaje de destrucción y caos en este pequeño pueblo?
Pronto acabamos inmersos en una persecución, cuando ya queda claro que estamos ante el ataque de algún tipo de monstruo. Y, pronto también, la película comienza a revelar uno de sus principales problemas: todo este planteamiento inicial se alarga durante unos interminables 47 minutos, sí, 47 minutos de película en los que todo se reduce a un señor corriendo por el pueblo, disparando fuera de plano y poniendo caras de terror. Nada más se expone, se plantea, se explica o se insinúa. Nada. Solo eso.
Ya es una primera muestra de la inoperancia narrativa de Hope: cuesta sintonizar con una película que durante 47 minutos no propone más que disparos fuera de plano. Y que, ciertamente, tampoco es capaz en todo su posterior aparato, de ofrecer aliciente alguno que sirva de asidero al abrumado espectador. El ruido es extenuante, la acción imparable, la música ensordecedora, y aun así toda la narrativa está estirada, tensada al límite sin justificación argumental válida, con lo que la película deviene un agotador, insoportable calvario de 161 minutos de duración.

Después de esos primeros 47 injustificables minutos llega el primer encuentro con el monstruo en cuestión, una secuencia de nuevo alargadísima que revela ya otro de los principales defectos de la película: es una producción de 2026 con efectos especiales visuales de 1999. En efecto, tras una primera aparición ciertamente memorable, con un diseño relativamente novedoso que acerca la morfología del monstruo a la del Saturno devorando a su hijo de Goya, este se mueve después con la típica ausencia de volumen, de masa, de fisicidad, típicas de un CGI pobremente ejecutado. El monstruo corre, resbala, choca como lo que es, un dibujo, y no como si estuviera realmente en las calles del pueblo cuyo nombre titula la película.
Y esto es un problema serio cuando haces una monster movie. Porque condiciona todo el relato y, como espectador, te expulsa una y otra vez de la narración: cuando el ojo percibe de manera tan descarada esa falta de masa, a la mente (por lo menos la mía) le cuesta otorgar la suspensión de la incredulidad necesaria sobre todo en este tipo de cine. No se trata de creer que pueda existir en la vida real este monstruo, se trata de creer que pueda existir en el contexto de esta película, y esa es una tarea en la que Hope fracasa miserablemente.
Con estos dos serios problemas, Hope avanza a trompicones entre secuencias de diálogos absurdos e innecesarios, y se abre paso a través de una interminable persecución en una autopista en la que, sin desvelar mucho, el diseño de los monstruos ya no es tan original como el de la primera aparición, aquí ya nos movemos en un diseño bastante más previsible y aburrido. Todo para desembocar en un final desconcertante, casi un pegote, bañado por una obvia inspiración (argumental y visual) del temible Avatar de James Cameron.
En definitiva, Hope se revela como una de las grandes decepciones de la temporada, seguramente auspiciada de manera artificial tras su paso por festivales como Cannes y San Sebastián: este es solo el cuarto largometraje de Na Hong-jin y se hablaba de él como de un fenómeno de proporciones épicas. Quizás habría que empezar a hablar de que muchos festivales de cine, hoy en día, viven en una burbuja de desconexión total con el público de salas de cine, y a menudo se generan reputaciones que no tienen mayor recorrido cuando llegan (si llegan) a los cines.
No sé si será el caso de Buddy, dirigida por Casper Kelly y presentada en Sitges en sección oficial a competición. Destinada a convertirse en película de culto instantáneo por la propia naturaleza de su propuesta, Buddy comienza de manera desconcertante como si fuera un típico programa infantil de esos que tanto abundaban en los años 90: formato de pantalla cuadrado, textura de imagen televisiva, y un decorado multicolor plagado de objetos animados como un buzón, un pozo o un sofá. Allí habitan unos niños que invocan al Buddy del título, un amable unicornio de color naranja que juega con ellos y les enseña valiosas lecciones de vida como la importancia de tener miedo o de la limpieza de la casa.
Acaba el primer episodio del programa, créditos incluidos, y comienza el siguiente. Y ahí ya vemos que algo no acaba de funcionar bien con Buddy, que se comporta de manera extraña con uno de los niños. El bucle de programas de televisión se repite alguna vez más, y la cosa se desmadra bastante, revelando que Buddy es un completo psicópata muy capaz de hacer lo que sea necesario para seguir manteniendo en paz el idílico, perfecto mundo infantil que retrata el programa.

Hasta aquí, la película no pasaría de una gamberrada divertida. Pero, justo cuando la propuesta parece entrar en un agotamiento sin solución de continuidad, Buddy consigue reinventarse con un cambio de dirección sorprendente que se adentra en un territorio mucho más oscuro que esos primeros 25 minutos de proyección. Porque lo que ahora se muestra, sin revelar demasiado, vendría a ser una suerte de reverso tenebroso de lo que explicaba La historia interminable: si allí la fantasía era un refugio sanador de los daños provocados por la realidad en los niños, aquí sería todo lo contrario, una especie de cárcel mortal infantil en el que los más pequeños quedan atrapados para, sin saberlo, esperar el día de su asesinato.
Las capas de lectura que permite una propuesta tan loca como esta son tan numerosas como interesantes. Por ejemplo, la película deja en evidencia lo pueril de estos antiguos programas infantiles y cuestiona su validez: toda una generación creció de espaldas a una realidad capaz de albergar monstruos innombrables, y la película se pregunta hasta qué punto esto fue un método adecuado de educación en valores.
Aparte de la genial boutade de convertir a una mascota infantil en un serial killer de niños, la parte final de Buddy también esconde una furiosa crítica al dominio absoluto de las pantallas sobre la imaginación: Buddy, al final, no tiene tampoco que esforzarse mucho para atraer a sus víctimas, pues sabe que una pantalla anula la voluntad de los niños hoy en día y se aprovecha de ello. Un mensaje que merece la pena discutir y explorar una vez acaba la proyección.






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