La invitación, protagonizada por Penélope Cruz, Seth Rogen, Olivia Wilde y Edward Norton, adapta la película española Sentimental (2020), de Cesc Gay —que a su vez nacía de su obra teatral Los vecinos de arriba—, interpretada por Javier Cámara, Belén Cuesta, Alberto San Juan y Griselda Siciliani. El resultado es una sofisticada comedia de costumbres sobre el matrimonio, el deseo y las frustraciones de la mediana edad, que reflexiona con melancolía sobre el desgaste de las relaciones largas y la dificultad de seguir eligiéndose mutuamente.
Adaptación al contexto estadounidense
Durante la rueda de prensa internacional que tuvo lugar el pasado 17 de julio, Rashida Jones (que escribió Quincy, sobre su célebre padre) y Will McCormack, guionistas de The Invite, explicaron que el reto principal consistió precisamente en trasladar la historia al contexto cultural estadounidense. Mientras que la película de Cesc Gay respondía a códigos profundamente españoles, La invitación se alimenta de obsesiones muy contemporáneas de la clase media norteamericana.
La cultura contemporánea de las relaciones se ha desplazado hacia una permanente autoevaluación sentimental.
«Los estadounidenses, especialmente la gente de nuestra edad, estamos obsesionados con la idea de que las relaciones pueden —o deben— mejorar constantemente», señalaba Jones. La guionista relacionó directamente esta ansiedad con la proliferación de podcasts de autoayuda sentimental y terapeutas mediáticos como Esther Perel, Terry Real o la popular serie Couples Therapy. Según Jones, buena parte de la cultura contemporánea de las relaciones se ha desplazado hacia una permanente autoevaluación sentimental.
En este sentido, la película conecta también con debates actuales sobre las nuevas formas de pareja, las relaciones abiertas, la redistribución de los roles de género o la transformación de la institución familiar. «Existe una fascinación por la poliamoría y por todas las nuevas maneras de entender la vida en común», afirmaba Jones.

La arquitectura y el espacio emocional
Sin tener en cuenta su actualización cultural, La invitación mantiene intacta una de las grandes virtudes del original, es decir, su extraordinaria precisión en la observación de las dinámicas de pareja. La película convierte un único apartamento en un escenario cargado de significado, donde los silencios, las miradas y las interrupciones poseen un peso dramático considerable.
Ambos guionistas insistieron en la importancia del espacio, un elemento clave en La invitación. El apartamento de Joe (Rogen) y Angela (Wilde) aparece dividido en compartimentos, habitaciones cerradas y zonas de tránsito que reflejan la propia fragmentación emocional de la pareja. Especialmente significativa resulta la descripción del dormitorio, prácticamente olvidado por sus ocupantes.
«Es el último lugar en el que piensan», explicaba Rashida Jones. «Son las únicas dos personas que deberían disfrutarlo, pero ya no lo hacen. Y eso es extremadamente significativo y bastante triste».
Comedia agridulce sobre el tedio conyugal
Ese tono agridulce es una característica fundamental del filme. La invitación es una comedia de enredos sexuales, y también describe una realidad común y dolorosa, ese momento en que dos personas descubren que el amor ya no basta para sostener una vida compartida.

La gran novedad respecto a Sentimental surge precisamente de esa dimensión más explícitamente emocional. Jones y McCormack reconocieron haber incorporado numerosas experiencias personales y anécdotas aportadas por los actores durante los ensayos. Penélope Cruz, Edward Norton, Seth Rogen y Olivia Wilde contribuyeron activamente a reformular los personajes y adaptar la historia a sus propias sensibilidades.
«En un matrimonio no hace falta ser perfecto, ni siquiera ser bueno. Pero sí hay que intentarlo».
Especialmente reveladora resulta la incorporación del intento de intercambio de parejas, ausente en la versión española. Para los guionistas, esta deriva responde a una lógica cultural específicamente estadounidense, en la que la experimentación sentimental se contempla casi como una extensión natural de la búsqueda de la felicidad personal.
Sin embargo, la película nunca juzga a sus personajes. Como afirmaba McCormack, el verdadero interés de la historia reside en observar cómo las personas intentan mantenerse unidas a pesar del desgaste, la rutina y las decepciones acumuladas.
¿Un final made in Hollywood?
«En un matrimonio no hace falta ser perfecto, ni siquiera ser bueno. Pero sí hay que intentarlo». Esa idea encuentra su culminación en el hermoso final de la película, completamente reinventado respecto a la versión española. El gesto de Joe sentándose al piano fue, según los guionistas, el único elemento que permaneció inalterable durante todas las versiones del proyecto.
Para Jones y McCormack, ese momento simboliza algo deliberadamente ambiguo, podría ser una disculpa, una promesa de cambio, un intento de volver a empezar o quizá simplemente el reconocimiento de un amor compartido.
La ambigüedad es precisamente lo que convierte ese final en algo conmovedor. ¿Seguirán juntos? ¿Es el piano un nuevo comienzo o un gesto de despedida? Los propios autores reconocen haber escuchado interpretaciones muy distintas.
Esa incertidumbre está en el core de La invitación. Como explicaba McCormack, cuando eran jóvenes escribían sobre el desamor; ahora escriben «sobre el dolor de la vida». En definitiva, la película trata de algo universal, como es la pérdida, el miedo al paso del tiempo y la dificultad de seguir conectando con quienes creemos conocer mejor.
Rashida Jones resumió perfectamente el espíritu de la película al afirmar que ella y McCormack están «obsesionados con lo dolorosa que puede ser la vida, y también con lo increíblemente cómico que resulta todo eso». Reír juntos de nuestras miserias, añadía, es una de las pocas formas que tenemos de sentirnos menos solos.
Esta comedia de costumbres y deseo resulta ser algo mucho más melancólico, una historia sobre dos personas que intentan averiguar si todavía merece la pena seguir tocando la misma melodía.






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