“15/18. A Place to Heal”: la coral deviene confesión

En Cine y Series sábado, 05/09/2026

Gian Giacomo Stiffoni

Gian Giacomo Stiffoni

PERFIL

Cédric Kahn llega a la competición de Venecia con 15/18. A Place to Heal, su duodécimo largometraje como director, y lo hace después de una inmersión de meses en un pabellón de psiquiatría adolescente: tres semanas él mismo, en una unidad parisina; seis meses, su coguionista Kahina Le Querrec en un hospital de provincia. De ese trabajo de campo, escrito a mano porque los teléfonos y los ordenadores estaban prohibidos dentro, nace un filme de ficción pura pero construido sobre una documentación exhaustiva, con doce adolescentes y diez cuidadores creados a partir de casos reales fundidos y disfrazados para que nadie pudiera reconocerse.

La historia sigue inicialmente a Lucia (Malou Khebizi), diecisiete años, devuelta por la policía a un pabellón que ya conoce demasiado bien. Allí reencuentra a Eloïse (Zoé Monpart), internada de larga duración, y a un grupo de compañeros que arrastran sus propias tormentas. Étienne —interpretado por el propio Kahn, en un doble papel de director y psiquiatra jefe — dirige un equipo que trata, escucha y negocia con las familias mientras sostiene un servicio desbordado. La llegada de un nuevo paciente, Enzo (Kenji Peyran), termina de desestabilizar ese equilibrio precario hecho de vínculos frágiles entre pacientes y cuidadores.

a place to heal

El montaje, firmado por Géraldine Mangenot, es el verdadero motor del largometraje. El director galo ha filmado de hecho con tres cámaras simultáneas, sin actores nunca “fuera de campo”, y el resultado es una textura coral donde cada adolescente tiene su ventana propia. Sin embargo lo notable es cómo ese coro, a medida que avanza el metraje, se va decantando hacia historias personales que cuajan en el final en una historia singular: la de Eloïse y su proceso —nunca resuelto del todo, siempre en fricción— de aceptación y quizás superación de un trauma que el filme no explicita del todo pero que va dejando entrever paulatinamente al espectador. El montaje no fuerza esa transición en nigún momento: la deja emerger, como si el grupo fuera progresivamente cediendo el centro a una sola voz capata de inglobar todas las

Dos secuencias musicales, en la sección final del relato, condensan esa evolución con una inteligencia poco común. El incendio que desatan Lucia y Enzo —el momento en que el orden del pabellón se quiebra y estalla la fuga nocturna— está acompañada por la Music for the funeral of Queen Mary de Henry Purcell, el mismo fragmento que Stanley Kubrick eligió para abrir La naranja mecánica en la versión sintetizada de Wendy Carlos. La cita no es gratuita: importa esa misma tensión entre la solemnidad fúnebre de la partitura original y la violencia contenida de la imagen, ese choque entre orden ceremonial y desorden pulsional que el director americano explotó y que aquí funciona como eco, no como copia.

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12/18. A place to heal © Vitamin Films

Más adelante, cuando Eloïse y Enzo escapan juntos hacia el bosque —una fuga sin objetivo, gratuita, un puro impulso de vida, como la describe el propio Kahn—, la banda sonora recurre al primer movimiento de la Sinfonía fantástica de Hector Berlioz. Otra elección certera: esa “idea fija” berlioziana, el tema que persigue al protagonista de la sinfonía a través de todos sus estados donde el primero se titula Rêveries – Passion, encuentra un equivalente narrativo perfecto en dos adolescentes que huyen sin saber hacia dónde, arrastrados por una obsesión que también es un amor pasional.

El reparto sostiene con solvencia esta arquitectura coral. Kahn, que auditó a más de mil jóvenes para quedarse con doce, obtiene de ellos una naturalidad que rara vez suena a interpretación: Khebizi y Monpart llevan el peso emocional del filme con una economía de gestos que impresiona en actrices con tan poca experiencia previa. Sophie Guillemin y Jennifer Decker, entre los adultos, aportan el contrapunto generacional que Kahn buscaba explícitamente. Es un filme que se arriesga a la ternura sin caer en la complacencia, y que encuentra en la música, presente solo en la sección final de la cinta, el lenguaje que sus personajes, encerrados en la dificultad de las palabras, no siempre logran pronunciar.

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