Mutter y Vasily Petrenko inauguran el XXXVII Ravenna Festival entre Beethoven y Mahler

En Música martes, 26/05/2026

Gian Giacomo Stiffoni

Gian Giacomo Stiffoni

PERFIL

Bajo el verso dantesco Nacque al mondo un sole, dedicado a San Francisco de Asís en el octavo centenario de su muerte, el Ravenna Festival 2026 despliega una de sus ediciones más ambiciosas y simbólicas. Más de cien espectáculos y un millar de artistas convierten durante semanas la ciudad y sus espacios monumentales en un vasto laboratorio de música, teatro, danza y pensamiento. El hilo franciscano atraviesa buena parte de la programación: desde la Nobilissima visione de Paul Hindemith (dedicado a la figura de Francesco) dirigida por Riccardo Muti hasta proyectos inspirados en el Cantico delle creature, pasando por encuentros con el filósofo e intelectual Massimo Cacciari (en una charla con Muti después del concierto dedicado a Hindemith) o nuevas creaciones teatrales y coreográficas concebidas en torno a la espiritualidad, la fraternidad y la idea de comunidad. Entre los momentos más esperados destacan además el regreso de Riccardo Muti al frente de la Orchestra Cherubini, el concierto de los Philharmonic Brass – integrados por los metales de las filarmónicas de Viena y Berlín –, la celebración de los treinta y cinco años de carrera de Dulce Pontes además de nombres como Kent Nagano, Pat Metheny, Stefano Bollani o Jeff Mills. Sin olvidar la segunda edición del proyecto Cantare amantis est que, como el año pasado con la presencia de más de 300 coristas bajo las manos de Riccardo Muti, transformará la ciudad en un gran laboratorio de humanidad y convivencia.

Ravenna Festival

Una visión del Pala de Andrè de Ravenna. ©Zani-Casadio.

En este contexto, el 21 de mayo pasado se inscribió uno de los grandes acontecimientos sinfónicos del festival: la esperada aparición en el Pala de Andrè de Anne-Sophie Mutter junto a Vasily Petrenko y la Royal Philharmonic Orchestra, de la que es director titular, que fueron protagonistas del concierto inaugural que abrió oficialmente el festival de este año. La violinista alemana afrontó el Concierto para violín de Beethoven desde una perspectiva de gran personalidad sonora y expresiva, sostenida por un control técnico intacto y por esa calidad tímbrica inmediatamente reconocible que continúa distinguiendo su sonido.

Sin embargo, la lectura propuesta por la Mutter y Petrenko pareció inclinarse hacia una visión de marcado aliento romántico que terminó por desplazar parcialmente el equilibrio clasicista que estructura la obra. Allí donde Beethoven exige también contención formal, proporción y una cierta severidad arquitectónica, la interpretación de la violinista y del director tendió con frecuencia hacia una expansión lírica y una búsqueda expresiva de calado romántico sin duda de gran densidad emocional, pero a veces excesivamente alejada del rigor interno que sostiene la escritura del compositor.

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Un momento del concierto de Mutter y Petrenko en el Pala de Andrè de Ravenna. ©Zani-Casadio.

Pese a esta discutible elección interpretativa el primer movimiento estuvo construido con nobleza de fraseo y notable claridad en el diálogo con la orquesta, preservando solo parcialmente esa tensión entre impulso poético y disciplina formal que constituye uno de los núcleos más delicados de la obra. Petrenko acompañó con inteligencia y transparencia, evitando cualquier protagonismo excesivo y favoreciendo un tejido orquestal cuidadosamente equilibrado. El Larghetto fue probablemente los momentos más convincentes de toda la interpretación, gracias a una respiración amplia y concentrada, mientras que el Rondó final permitió a la violinista recuperar una mayor ligereza y espontaneidad en el fraseo.

Como propina, Mutter ofreció Likoo de la compositora iraní-holandesa Aftab Darvishi, breve lamento inspirado en formas tradicionales del Baluchistán y concebido como reflexión sobre la pérdida, el exilio y la condición de las mujeres iraníes. La pieza, introducida por la propia violinista con palabras de fuerte implicación personal, constituyó uno de los momentos más sinceramente emotivos de la velada.

La segunda parte de la velada estuvo dedicada a la majestuosa Quinta Sinfonía de Gustav Mahler, terreno en el que Vasily Petrenko confirmó las cualidades más sólidas y convincentes de su dirección. Más allá de cualquier tentación grandilocuente o excesivamente monumental, el director optó por una lectura de notable claridad estructural, atenta a la continuidad interna del discurso y sostenida por un control constante de las tensiones orquestales. Desde la Trauermarsch inicial quedó patente el excelente rendimiento de la Royal Philharmonic Orchestra, especialmente en la autoridad de los metales y en la capacidad de la cuerda para mantener densidad y transparencia incluso en los pasajes más expuestos.

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Vasily Petrenko dirige Mahler en el concierto en el Pala de Andrè de Ravenna. ©Zani-Casadio.

Petrenko construyó el recorrido sinfónico con una lógica narrativa muy definida, haciendo emerger los contrastes expresivos de la partitura no como episodios aislados, sino como etapas orgánicas de un mismo arco dramático. El Scherzo central destacó particularmente por su energía rítmica y por la flexibilidad del fraseo, siempre sostenido por una pulsación interna viva y cuidadosamente controlada.

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Vasily Petrenko dirige Mahler en el concierto en el Pala de Andrè de Ravenna. ©Zani-Casadio.

Más discutible resultó, en cambio, la concepción del célebre Adagietto. El movimiento fue afrontado con un tempo extremadamente dilatado que, pese a la indudable belleza tímbrica alcanzada por la cuerda y al refinamiento del sonido obtenido por Petrenko, no siempre consiguió preservar la tensión dramática y el trasfondo de inquietud casi trágica que subyace bajo la aparente serenidad de la página. Esa expansión temporal terminó por aproximar el movimiento a una contemplación sonora, sin duda de gran sensualidad lírica, pero parcialmente privada de la respiración interior y del impulso emocional que impiden que el Adagietto se convierta en pura suspensión estética. Mucho más convincente apareció nuevamente el Rondó-Finale, resuelto con precisión, ligereza contrapuntística y un sentido de progresiva liberación expresiva que condujo la obra hacia una conclusión luminosa y sólidamente construida.

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