Love & Theft es muchas cosas dentro del catálogo de Bob Dylan, de primeras fue el disco que dejó bien claro que Time Out Of Mind no había sido casualidad, el mejor Dylan había vuelto de veras, esto no se iba a quedar en un caso aislado como Infidels o Oh Mercy, esta vez la resurrección del Mesías del rock parecía cosa seria.
También fue una especie de reverso lumínico de ese disco que fue visto por muchos como una especie de despedida, después de pasar por graves problemas de salud. Del sombrío disco producido por Daniel Lanois se pasaba ahora al juguetón Love & Theft, Dylan había envejecido y, novedad entre un roquero, lo aceptaba, pero eso no significaba que no se lo pudiera pasar bien.
Este es, posiblemente, el disco más divertido de su carrera, el más despreocupado, como si quisiera contestar a aquellos que ya le habían enterrado después de Time Out Of Mind, un disco en el que se le nota disfrutar, en el que estrena su voz de viejo, su bigote de Clark Gable, en el que dice adiós a cualquier atisbo de música posterior a la llegada de los Beatles y en el que empieza a ensayar su papel como crooner que le llevara tiempo después a volver a Sinatra y al American Singbook de su infancia.
Es también un disco de amor y de robos, de amor por toda la música americana de los 20, 30, 40 y 50, por el folk de los Apalaches, el blues del Delta, el rockabilly, el swing, el country y el Tin Pan Alley, y de los robos que han llenado esa misma popular, en la que los ‘préstamos’ de frases, melodías y títulos era lo más habitual, es una carta de amor a Robert Johnson y a Hank Williams, a Charley Patton y Frank Sinatra, a la familia Carter y a Sam Phillips, a Muddy Waters y a Cole Porter.
Una carta con un título robado/prestado de la obra de Eric Lott Love & Theft: Blackface Minstrelsy And The American Working Class.
Love & Theft es un éxito porque es el que mejor ha trasladado el sonido del Never Ending Tour a disco.
Pero otra de las razones fundamentales por las que Love & Theft es un éxito es que es el que mejor ha trasladado el sonido del Never Ending Tour a disco. En 2001 Dylan cumplía 60 años y su Never Ending Tour iba ya por su su decimotercer año, desde 1997 Dylan había juntado una increíble banda de directo em la que estaban el fundamental Tony Garnier al bajo, el batería David Kemper y los increíbles guitarristas Charlie Sexton y Larry Campbell, gente que sabía tocar para la canción y no para sí mismos.
Desde la incorporación de Sexton, el último en llegar en 1999, habían dado más de 230 conciertos y sonaban como nunca, Dylan decidió llevárselos a todos a los estudios Clinton de Nueva York y grabar un disco. Él mismo se encargaría de la producción, bajo el seudónimo de Jack Frost, y sería todo un éxito, porque el disco suena de lujo. Algo normal si tenemos en cuenta el nivel de los músicos, las canciones y que habían alcanzado casi un grado de telepatía musical.
El milagro de Love & Theft es que suena como si estuvieran escribiendo e interpretando las canciones al mismo tiempo, como si surgieran por pura espontaneidad, aunque Charlie Sexton nos cuenta que había un trabajo más concienzudo detrás. Pero es que posiblemente sean la segunda mejor banda de acompañamiento que tuvo nunca detrás Dylan, más allá de la propia BANDA, ya saben Robbie, Levon, Richard y compañía.
Normal que el disco se haya convertido en la columna vertebral de los conciertos de la gira interminable del bardo de Minnesota, con solo 4 discos teniendo más canciones a las que recurre que éste, la intocable trilogía eléctrica de mediados de los 60 y el indispensable The Freewheelin’ Bob Dylan.
El milagro de Love & Theft es que suena como si estuvieran escribiendo e interpretando las canciones al mismo tiempo.
El inicio no se anda por las ramas, las guitarras de Charlie Sexton y Larry Williams entrelazadas, la banda galopando al ritmo de un blues rockabilly, la voz de Dylan convertida ya en un ronquido con mucha personalidad y una letra que nos conecta con el lado más divertido del disco, uno en el que te lo pasas tan bien escuchándolo como, tiene toda la pinta, se lo pasaron haciéndolo, con una de sus múltiples referencias: They’re making a voyage to the sun/ His Master’s Voice is calling me, un nuevo homenaje a Elvis.
«Mississippi» es, sencillamente, la mejor canción de Love & Theft, una maravilla de balada con ligeros toques country que rescató de los descartes de Time Out Of Mind. Es un pequelo respiro hasta que llega la juguetona «Summer Days», nuevamente entre el rockabilly, el blues y el swing, una canción que haría las delicias de Brian Setzer, a medio camino entre sus Stray Cats y su Orchestra.
Hay que rendirse al trabajo de Sexton y Williams nuevamente, aunque toda la banda parece estar viviendo el momento más divertido de su vida. Normal que sea la canción que más veces han interpretado en directo del disco.
Por su parte, «Bye and Bye» comienza la trilogía de canciones de acordes jazz con las que rinde tributo al Tin Pan Alley. Esta primera está basada en el «Having Myself A Time» que cantaba Billie Holiday, luego están «Floater (Too Much to Ask)» y «Moonlight». En estas tres canciones está el origen de los discos de crooner y homenajes a Sinatra de Shadows in the Night (2015), Fallen Angels (2016) y Triplicate (2017).
Pero tras el descanso romántico de «Moonlight» llegaba el blues rock más afilado de «Honest With Me», una canción muscular y directa que ha tocado casi 800 veces en el Never Ending Tour, superando a clásicos como «It’s Alright Ma», «The Times They Are A-Changin’» o «Desolation Row».
Otra a la que suele recurrir habitualmente en sus conciertos es «High Water (For Charley Patton), un blues country que le emparentaba con la exitosa banda sonora del Oh, Brother de los hermanos Coen, que había salido unos meses antes. Claro que no hay que olvidar que la canción más famosa de aquella banda sonora era una versión de «Man Of Constant Sorrow», canción de la que ya había hecho una versión el propio Dylan en su primer disco, publicado casi 40 años antes. Gran aporte de Larry Williams con el banjo.
Otra de las canciones irresistibles de Love & Theft era la infravalorada «Cry A While», un potente blues en el que le metían tanto ritmo que parecían estar jugueteando con el ska jamaicano, Dylan se tomaba a sorna su edad, deconstruyendo la frase más famosa de la carrera de los Who espero morir antes de volverme senil.
No es el único chiste al que se lanza un Dylan totalmente juguetón, baste como ejemplo ese Knockin’ on the door, I say, ‘Who is it and where are you from?’ Man says, ‘Freddy!’ I say, ‘Freddy who?’ He says, ‘Freddy or not here I come’, ahí tienen el chiste más malo y, a la vez, adorable de la historia de un Nobel de literatura.
El disco terminaba con «Sugar Baby», el cierre perfecto, uno que funcionaba como la antítesis del tono juguetón y cínico del resto del disco. Después de bromas y bravatas, llegaba al final la factura emocional para cobrarse sus cuentas.
Además, dentro de un disco lleno de préstamos literarios y demás, puede que este sea el robo del título, ya que la melodía está tomada del «The Lonesome Road» de Gene Austin. Es robo y amor al mismo tiempo, en un disco que supura amor absoluta por aquellos sonidos.
Aunque en su momento no fue tan inmediatamente acogido Time Out Of Mind, puede también porque tuvo la mala suerte de aparecer un 11 de septiembre de 2001 en el que el mundo tenía la mente en otros sitios, creo sinceramente que este Love & Theft es todavía mejor.
Si en el primero reflexionaba solemnemente sobre la muerte, entre el miedo y la aceptación, en este segundo recorre décadas de música popular y se ríe a mandíbula abierta de todo eso. Aceptando finalmente su propia vejez pero sin olvidarse de pasárselo bien.






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