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Berlanga y la España austrohúngara

En Cine y TV 11 June, 2021

Aníbal Moltó Barranco

Aníbal Moltó Barranco

PERFIL

Luis García Berlanga, conocido como valenciano internacional,  encarna una de las figuras más relevantes e influyentes del cine español. Dentro de su filmografía encontramos geniales joyas cinematográficas, como las tan conocidas Bienvenido Míster Marshall, Plácido, La vaquilla o La escopeta nacional. En 2020 se conmemoró el décimo aniversario de su muerte, mientras que en 2021 celebramos un acontecimiento mucho más feliz: el centenario de su nacimiento.

Anarquista, burgués, anticlerical o caótico, son algunos de los muchos adjetivos que definen la personalidad de este gigante de nuestro cine, no en balde, el término «berlanguiano», aceptado recientemente por la RAE, sugiere un estilo único, en el que confluye lo social, lo anárquico, lo cómico y lo esperpéntico.

El valor de su obra radica en el hecho de haber aportado una sagaz perspectiva de la sociedad española, y en un tono muy particular, de aquí la razón, por la que José Luis Garci dijo, en una ocasión, que sus películas deberían enseñarse en los colegios. Sus films suponen una enorme fuente de conocimiento sobre las claves del franquismo y la democracia del 78, puesto que, con un inmenso nivel de sinceridad y criticismo, retrató en celuloide una España que muchos ignoraban y que, sin embargo, persistía. Desnudó al país que amaba, mostrando todas sus vergüenzas, permanentemente ocultas por el régimen. Haciendo uso de un humor mordaz, ácido, directo y, al mismo tiempo sutil, ofreció una crítica rigurosa de la España de segunda mitad del siglo XX, esquivando la vigilante e intransigente mirada de la censura franquista.

En el término «berlanguiano» confluye lo social, lo anárquico, lo cómico y lo esperpéntico.

Las películas de Berlanga encarnan la esencia de un país gris y decadente, vapuleado por la Guerra Civil, próximo al que Camilo José Cela retrataba en su obra magna, La colmena. Tomando como referentes a Valle Inclán, la zarzuela y el sainete, Berlanga logró ofrecer una mirada cotidiana de nuestro país, rechazando todo elemento idealizador o sublime. Con audacia y un estilo único, denunció la falta de libertad en la dictadura y la persistencia de la corrupción durante la Transición y la Democracia.

Contrariamente a lo que Antonio Machado diría, Luis García Berlanga fue un españolito al que ninguna de las dos Españas consiguió helarle el corazón. Su experiencia con el gobierno de la II República Española, sus vivencias en dos guerras y una dictadura de 40 años, que no acababa de desaparecer, determinarían en gran manera el estilo y la personalidad de su cine.

Su adolescencia coincidió con la guerra en territorio republicano, aunque su carácter desvergonzado y rebelde haría que apoyara a los nacionales. Afortunadamente, no sería reclutado hasta los últimos meses del conflicto, dedicando hasta entonces su tiempo libre, a cabarets, lupanares y el cine.

Su padre, leal al Frente Popular, le convenció de la amistad entre Indalecio Prieto y José Antonio Primo de Rivera, y así, mientras elogiaba los principios de la Falange, dedicaría un poema pletórico de aflicción a la muerte de García Lorca. Esta ambigüedad y su posición equidistante, incomprensible para muchos y que él mismo definiría como caos berlanguiano, harían que se autodenominara anarquista de tripa, pero falangista de cabeza y se despertara en él el sueño de un imposible: la reconciliación de las dos Españas.

Luis García Berlanga

Tras la guerra, su padre es detenido y, para evitar su fusilamiento, el joven Luis serviría voluntario en la División Azul. Aunque al igual que en España, su estancia en Rusia transcurriría sin disparar un solo proyectil, la dura experiencia en el frente del este y el encarcelamiento de su padre le harían replantearse sus principios, renunciando al falangismo, abrazando definitivamente el libertarismo y el agnosticismo. Todas estas experiencias vitales definirán indiscutiblemente su carácter, elemento clave para entender su obra.

Dentro de la filmografía de Berlanga encontramos dos fases completamente distintas: una, de films en blanco y negro de carácter tierno y próximo, y otra de producciones en color cargadas de humor más gamberro y comedia negra.

La primera fase es fruto de su colaboración con Juan Antonio Bardem y en ella es imposible encontrar historias con finales felices o héroes románticos, sólo antihéroes, pobres desgraciados, víctimas de una patria podrida por el fanatismo y devorada por una élite carroñera. Sus protagonistas son individuos comunes, empeñados en sobrevivir en un mundo social y económicamente hostil, presentados, sin embargo, en un tono amable y tierno, que permite al espectador sentirse aún más cercano a ellos.

La fórmula, presente en todos los filmes de esta fase, supone que los personajes nunca alcancen sus objetivos, sufran peripecias y desventuras que les conducen al principio, esperando que alguien les salve de sus miserias.  Cuando ese alguien no aparece, humildes y resignados vuelven a su vida anterior.

Berlanga

Las historias de este periodo muestran un claro gusto por el neorrealismo italiano, dotado, no obstante, de un hilarante y característico espíritu circense, buscando poner de relieve los problemas de la España franquista y postfranquista, criticándolos a través de un magistral uso de la sátira. Al igual que Chaplin,  Berlanga fue capaz de concienciar sobre la trágica realidad social, en este caso de España, a través del humor. Parte de este realismo procede del ambiente caótico de sus escenas, con diálogos inconexos, distribución desproporcionada de personajes, interrupciones…. todo ello, rodado en plano secuencia, en una atmósfera confusa y mareante.

Este tipo de escenas poseen un dinamismo aparentemente desordenado, demencial, haciendo partícipe al espectador y manteniéndole con los cinco sentidos en la pantalla, una especie de slapstick en el que los golpes no son físicos, sino dialécticos. Muchos han catalogado por ello a Berlanga como director anárquico. Fue él mismo uno de los impulsores de esta leyenda, calificando sus películas de falleras, mascleteras y de pensat i fet. Es conocida la frase que pronunciaba tras ordenar el corte de una escena: ¡vaya cagada!

Sin embargo, Berlanga tenía muy claras las ideas y las sensaciones que quería transmitir al público con cada toma. Dentro de todo ese embrollo de personajes y diálogos, existía un orden establecido, por el cual todo estaba planeado milimétricamente. Berlanga no era ni mucho menos un amante de la improvisación y el desorden, sino un director minucioso, obsesionado con la precisión y tremendamente exigente.

Berlanga

Un elemento interesante dentro de su filmografía es la presencia de la palabra austro-húngaro. Así como el trade mark de Hitchcock era él mismo apareciendo fugazmente en todas sus películas, en el cine berlanguiano el cameo lo hace este simpático gentilicio. Su origen fue fruto de la amistad de su familia con la del famoso arquitecto valenciano Javier Goerlich. De pequeño, Berlanga preguntó a sus padres por  un apellido tan extraño, a lo que le respondieron que su padre era el cónsul austro-húngaro. Desde ese momento, esa palabra permanecería permanentemente en la mente de Berlanga, para constituir, años más tarde, el marchamo de su obra fílmica.

Berlanga debutó como director de cine en 1951 con Esa pareja feliz junto a Juan Antonio Bardem. Protagonizada por Fernando Fernán-Gómez y Elvira Quintillá, narra la historia de Juan y Carmen, humilde matrimonio agraciado con el premio de un programa radiofónico, que les permitirá vivir solo por un día como ricos. En ella, el directornse aparta del cine español de la época, películas folclóricas e históricas, presentándose incluso como parodia del cine histórico.

El 4 de abril de 1953, se estrenó Bienvenido Míster Marshall, considerada película imprescindible del cine español y la mayor joya de la filmografía berlanguiana, con guion del propio Berlanga, Juan Antonio Bardem y Miguel Mihura. El filme narra la historia de los desdichados vecinos de Villar del Río, cuyo alcalde, don Pablo, recibe el mensaje de que los americanos visitarán el municipio. Llenos de esperanza, inciarán los preparativos para recibir a aquellos que creen que les rescatarán de la miseria.

Inspirada por La kermesse heroica (La kermesse héroique, Jacques Feyder, 1935), constituye una fábula con matices satíricos de la España rural y del Plan Marshall, plan de ayuda económica americana para la reconstrucción de Europa, tras la Segunda Guerra. Si bien inicialmente España fue excluida por su apoyo al Eje durante la guerra, en el momento en el que se rodó el film, en plena escala de tensión de la Guerra Fría, la actitud de los Estados Unidos respecto a España cambió. Cinco meses después del estreno, se firmarían los Pactos de Madrid, que materializarían el cambio de rumbo respecto al régimen franquista.

La crítica española no fue muy favorable, pero en el Festival de Cannes fue galardonada con dos premios y recordada por dos remarcables anécdotas. Por un lado, por la reacción estadounidense a la campaña de mercadotenia del film, que se promoció repartiendo entre el público dólares falsos que mostraban, por un lado, la efigie de Lolita Sevilla y, por el otro, el rostro de José Isbert, sustituyendo al de George Washington. Les denunciaron por intento de falsificación de moneda, llegando a abrirse un sumario, que, obviamente no fue a más.

Berlanga

Billete de dólar con la efigie de Lolita Sevilla.

El segundo desencuentro estuvo relacionado con la escena en la que se veía una bandera americana raída flotando en un charco.  Edward G. Robinson, miembro del jurado y víctima de la persecución del Comité de Actividades Antiamericanas, temeroso de que los anticomunistas volvieran a ponerle en el punto de mira, denunció a la película como antiamericana, aunque el film se proyectaría sin ningún tipo de censura.

Y hablando de censura, la película consiguió pasar el filtro franquista declarándose incluso de Interés Nacional tras su estreno en Cannes, prueba de inteligencia a la hora de diseñar un humor sutil y velado. Su parodia de la España decadente de los años 50 fue menos notoria que la crítica de la política estadounidense, de ahí que gustara a la Administración.

Novio a la vista (1954) fue la primera película de Berlanga cuya historia se alejaba temporalmente del momento en que se rodó, ambientada en los últimos meses de la Primera Guerra Mundial. Un año después, se estrenaría una de sus películas más queridas: Calabuch. Al igual que Bienvenido Míster Marshall, constituye una fábula, en la que la monotonía de un tranquilo y aislado pueblo costero valenciano llamado Calabuch, se ve interrumpida por la llegada de un personaje extranjero, Jorge Hamilton, un prestigioso científico que, harto de investigar para fabricar armas nucleares para los Estados Unidos, se esconde en este pueblo, ganándose la estima de todos sus habitantes.

Berlanga mostró en esta cinta su espíritu más utópico, una representación de cómo debería estar configurada la Humanidad, en un mundo ideal. El científico, un hombre de un marcado espíritu ácrata, ama la vida y rechaza que se use el conocimiento para matar. El pueblo, por otro lado, es un lugar ideal en el que todo es felicidad, sus habitantes viven en plácida armonía y todo se rige por los sentimientos.

Berlanga

Calabuch (Luis García Berlanga, 1956)

En 1957 se estrenó Los jueves, milagro en Italia y, más tarde, en España —en 1958 (Barcelona) y 1959 (Madrid). La historia se desarrolla en Fontecilla, un pueblo que, desesperado por rescatar a su decadente balneario, recurriendo a la picaresca, elemento común y recurrente en las historias de Berlanga, decide inventarse un milagro a fin de atraer visitas. Obviamente, la censura no dudó en actuar y el padre Garau, censor impuesto como asesor de guion, cambió totalmente el desenlace, forzando que el milagro fuera real. Ante ello, Berlanga mostró su empeño en que el sacerdote apareciera como coguionista, un deseo que nunca se haría realidad.

Plácido (1961) constituye la mayor expresión del estilo berlanguiano, tanto técnico como temático. Originalmente se tituló Siente un pobre a su mesa, pero la censura forzó su cambio. Con guion del propio Berlanga, Rafael Azcona, José Luis Colina y Joaquín Font, la acción discurre en una pequeña ciudad de provincias durante Nochebuena, en la que Plácido (Cassen) vive angustiosas peripecias para poder pagar la letra de su motocarro, su medio de vida. Todos estos acontecimientos se desarrollan en medio de la campaña navideña Siente un pobre a su mesa, en la que familias pudientes acogen a pobres en sus casas solo por esa noche.

La historia supone una agresiva sátira en su objetivo de crítica social. Pone de manifiesto la hipocresía de la burguesía en cuanto a la caridad organizada, presentada como una insolidaridad maquillada de pretendida fraternidad, de las buenas conciencias. Los planos-secuencia de este largometraje están ejecutados con una extraordinaria maestría, no solo por la coordinación y la gestión del ritmo de la historia, sino porque sirve como complemento narrativo para destacar la esencia temática del film.

No hay personaje que hable en solitario, todos se interrumpen entre ellos, marcando así el egoísmo, el individualismo, en el que cada uno se preocupa por sí mismo, ajeno a los problemas de sus semejantes. Plácido no es únicamente un retrato social de la España del franquismo, sino una fiel fotografía del ser humano.

Las críticas fueron muy positivas y fue galardonada, entre otros premios, con los de mejor película y director en las Medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos. Compitió además en la sección oficial del Festival de Cannes y fue candidata al Oscar a mejor película de habla no inglesa.

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Dos años después, Berlanga volvería a colaborar con Azcona en la redacción del guion de El verdugo, coproducción hispano-italiana, considerada como una de las mejores películas del cine español. Protagonizada por Nino Manfredi, Emma Penella y Pepe Isbert, la trama gira en torno a José Luis, que acepta un puesto como verdugo para poder acceder a una vivienda de protección oficial y para ello debe vivir con la angustia de que llegue el momento en el que tenga que ejecutar a un condenado.

El film se estrenó en circunstancias extremadamente delicadas y en él vemos al Berlanga más militante, manifestando su compromiso contra la pena de muerte, mostrando el rostro más oscuro de la España de Franco, en el empleo de la pena capital, pero también en las concepciones de la pareja o la familia. Ese mismo año se había ejecutado a Julián Grimau y, la película iba a ser exhibida en Festival de Venecia, poco después de que los anarquistas Francisco Granados y Joaquín Delgado sufrieran el mismo destino.

El embajador español en Italia, tras el visionado en un pase privado, informó al ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Castillea, calificándola de antipatriótica y opuesta al régimen. Aunque su primera intención fue retirarla del festival, finalmente optó por no hacerlo, ante la posibilidad de un mayor al escándalo, advirtiendo al equipo de omitir cualquier tipo de valoración política durante la presentación.

Berlanga

En 1967, se estrenaría La boutique, coproducción hispano-argentina, originalmente titulada Las pirañas, cerrando la fase de films en blanco y negro, considerada por el propio director valenciano como su peor obra.

Aunque la etapa de films en color se inició con ¡Vivan los novios! (1970), producción problemática, un fracaso en taquilla y objeto de duras críticas, es con Tamaño natural (1974) cuando se inicia realmente la segunda fase de la filmografía berlanguiana, con un humor más obsceno, menos sutil y más desvergonzado. Inspirada en una anécdota de Berlanga, Michel (Michel Piccoli), un próspero dentista francés, adquiere una muñeca sexual de gran realismo y lo que empieza siendo un divertimento físico acaba generando los celos de su esposa. Siendo su película más erótica y explícita, sería objeto de críticas por colectivos feministas y en el Reino Unido se proyectó en salas X, mientras que en España permanecería sin estrenarse hasta el fin de la censura.

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Tras Tamaño natural, Berlanga estrenó La escopeta nacional, una de sus obras mejor valoradas. Fue la primera de una saga conocida como la trilogía de la familia Leguineche, completada con Patrimonio nacional (1981), Nacional III (1982), y una cuarta parte, con el título ¡Viva Rusia!  que nunca se llevaría a cabo. En estos tres filmes buscó retratar la corrupción de la España franquista su continuidad en la Transición y la Democracia. La familia del marqués de Leguineche no es sino una representación esperpéntica de las oligarquías que se beneficiaron del apoyo al régimen y que consiguieron perpetuarse tras la llegada de la Democracia.

La idea de La vaquilla (1985), surgió en los años cuarenta y el primer guion se escribió a finales de los cincuenta. Rodada en Sos del Rey Católico (Zaragoza) y ambientada en la Guerra Civil Española, la acción transcurre en Perales, municipio en poder de los nacionales, donde se celebran las fiestas patronales.  Los republicanos, en inferioridad de condiciones deciden infiltrarse en el pueblo y arruinar la fiesta a sus enemigos robando la vaquilla para después comérsela y así, incentivar su coraje.

En este film Berlanga plasmó su sueño de juventud, la reconciliación de las dos Españas. El simbolismo subyace en la propia vaquilla, alegoría de la España dividida, ambicionada y disputada por ambos bandos, que finalmente, queda muerta y devorada por oportunistas, encarnados en buitres.

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La vaquilla (Luis García Berlanga, 1985)

Dos años después, se estrenó Moros y cristianos, su última colaboración con Azcona, que no sería bien aceptada por la crítica, que consideraría que Berlanga estaba perdiendo la esencia de su cine. No obstante, esto no impidió que en 1993 estrenara Todos a la cárcel, guion redactado por él y su hijo Jorge, rodada en la cárcel Modelo de Valencia y gran triunfadora en los Goya, obteniendo los galardones de mejor película, director y sonido. Sus últimos años discurrirían entre una miniserie de dos capítulos de un biopic sobre Vicente Blasco Ibáñez, y París-Tumbuctú, volviendo a colaborar con su hijo en el guion.

La aportación de Berlanga al mundo del cine no se circunscribe a una larga lista de excelentes películas. De su mano surgió el epicentro del cine español, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, cuyo fin último sería la promoción de películas españolas a través de los Premios Goya. Otra de sus grandes aportaciones sería la Ciudad del cine, proyecto orientado a la creación de grandes estudios para estimular dicha industria, materializado en Alicante, con el apoyo de la Generalitat Valenciana. Si bien inicialmente fue lugar de producción de películas nacionales e internacionales, tras estallar un caso de corrupción política vinculado a su construcción, en 2014 se decretaría su cierre.

Lo berlanguiano no despareció con París-Tumbuctú. Uno de los elementos que determinan la naturaleza de un genio es la influencia que ha generado en creadores posteriores, y Berlanga no fue una excepción. Una generación de directores españoles, de la talla de Santiago Segura o Javier Fesser, son sucesores de su estilo, son prueba de ello y ponen de manifiesto una realidad evidente: que España continuaba siendo berlanguiana.

Santiago Segura, creador de la saga de Torrente, ve en Berlanga a su padre cinematográfico. De joven, tras asistir a un curso de cine que organizaba el director de Plácido, tuvo la oportunidad de proyectarle su primer corto, Relatos de la medianoche. El director valenciano se negó a hacer cualquier tipo de comentario, limitándose a señalarle la abundancia de carcajadas resonantes en la sala, lo que supuso una fuente de inspiración para el autor de las desventuras del roñoso ex policía incondicional del Fary. Es innegable que las cinco entregas de Torrente, muestran trazas del estilo berlanguiano, en sus esperpénticos antihéroes y sus hilarantes y surrealistas tramas, refiriéndose el propio Berlanga a Torrente como Una crítica más ácida y feroz de la que hemos hecho otros realizadores.

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Santiago Segura como Torrente.

El mundo de las series de televisión no quedó libre de obras influidas por el berlanguianismo. La más representativa de estas es, sin lugar a dudas, la ya legendaria Aquí no hay quien viva. Esa peculiar comunidad de vecinos representa una visión puramente berlanguiana de la sociedad. Su tono coral y personajes exentos de todo tipo de idealismo, víctimas de las deficiencias del sistema, cuyos vanos esfuerzos por ser felices les hacen volver una vez tras otra a la casilla de salida, son, evidentemente, propios de la esencia de la obra de Berlanga. Si este usaba un humor mordaz para señalar las trabas de la España de la posguerra, en esta se pusieron de relieve temas de actualidad, mediante un humor igualmente descarado, abordando el matrimonio homosexual, la ley antitabaco, el problema de la sequía o los contratos basura.

Con motivo de su centenario, 2021 ha sido nombrado en España Año Berlanga y los homenajes no han tardado en aparecer. Uno de los más conmovedores fue el de la última gala de los Premios Goya, en la que aparecía en escena Carlos Latre imitando magistralmente a Pepe Isbert, glosando su obra y cantando la famosa Coplilla de divisas junto a Diana Navarro, proyectándose posteriormente un vídeo-homenaje de toda su filmografía. Un homenaje especialmente emotivo que hizo brotar las lágrimas de este humilde articulista.

Por otro lado, en Valencia, su ciudad natal, han honrado su figura y su obra con una exposición en el MUVIM. En ella se encuentran algunos de los tesoros materiales más interesantes de su filmografía, posters de sus películas procedentes de distintos países del mundo, documentos de rodaje, informes de la censura y diversas reproducciones de elementos de attrezzo de sus películas.

Luis García Berlanga, el último austrohúngaro, nos dejó hace 11 años, con un legado de películas que no ha perdido actualidad. Pese al paso de los años, sus personajes, historias y chanzas nos continúan haciendo reflexionar sobre aquellos problemas de los que, aún hoy, no nos hemos logrado deshacer. España sigue siendo berlanguiana, persistiendo muchos de los elementos de esa España con olor a naftalina, de charanga y pandereta en la que cada vez que surge un escándalo de corrupción política, es inevitable pensar en las grandes películas que podría haber dirigido Berlanga sobre esas ominosas historias.

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