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Cultura

El debate del consentimiento político-sexual y La joven vampira

En Hermosos y malditas, Cultura martes, 7 de noviembre de 2023

Jesús García Cívico

Jesús García Cívico

PERFIL

Creo que tiene razón la filósofa Clara Serra cuando afirma que el consentimiento es el problema político consustancial a la modernidad. Lo es, sobre todo, si lo entendemos en la base de la metáfora política del contrato social (en Locke, Hobbes o Rousseau) como nueva imagen de la legitimidad del poder, pero también como equívoco en dos formas distintas de entender y proponer la vida en común. La primera, de corte liberal (hoy neoliberal) como cuestión central en una sociedad mercantilizada (en ese imaginario somos individuos que no paramos de contratar); la segunda, de tipo post-marxista como farsa hipócrita de un mundo injustamente dual y asimétrico en la que eso de consentir apela a una acepción que tiene que ver más con el hecho de soportar (lo que hacemos con la cesión de datos personales: damos nuestro consentimiento por terminar pronto con la farsa o por necesidad).

El consentimiento es también una pieza central en el debate sobre la relación sexual y de nuevo coincidimos con la autora cuando al hilo de este tema, ilustró la irrelevancia del deseo en la agresión sexual con el inteligente guion de Paul Verhoeven para Elle: aunque Michèle, el personaje de Isabelle Huppert, tenga la fantasía ser violada, al hacerse esta realidad debe denunciar al criminal, no solo porque el violador no tenía derecho a quebrar la forma externa de su voluntad (algo, a mi juicio más personal que el propio deseo) sino porque puede hacerlo a las demás.

consentimiento

J. H. Rosny Aîné.

El del sexo es un mundo lleno de contradicciones (poco claras para los propios actores), salpicada de dinamismo (como sucedía en la dialéctica de dominación emocional consentida de El hilo invisible de Paul Thomas Anderson) y de equívocos, algunos fascinantes, otros divertidos, algunos sugerentes, otros trágicos (pienso en la literalidad del cunnilingus de Ian McEwan en Expiación). Situaciones y momentos de la vida entre la vulnerabilidad y la búsqueda del placer donde los excesos de explicitación (como representaba Ruben Östlund en The Square) dotan a la transparencia (a la transparencia del deseo expresado en el consentimiento) de una pesadez  perversa, de una ontología contrafáctica y de una rara responsabilidad.

Y pensando en la responsabilidad y en la necesidad de circunstanciar concienzudamente lo perverso, dejé pasar al cartero o al misterioso librito que éste llevaba en la mano, o dije sí a la petición de entrar como es propio de la diplomacia del mundo vampírico, otro efecto perverso del consentimiento expresado en la literatura gótica del terror desde el clásico de Stoker: dije sí por curiosidad (una forma frágil y mudable de deseo), dije sí sin saber qué era lo que la vampira quería de mí.

Y La joven vampira (1911) lo que quería era ser leída, reivindicarse justamente como la joyita literaria que es. Y otro de los hechizos de este novelita de J. H. Rosny aîné, seductoramente editada en 2023 por Aristas Martínez en traducción (la primera en nuestro idioma) de Robert Juan-Cantevella es junto a la originalidad de la mirada científica y la claridad de la voz en que es leída, el atractivo encanto de sus protagonistas y en particular la fina ironía que destilan sus reflexiones acerca del deseo y del consentimiento en el amor.

Sin pretender adelantar mucho la trama, el bueno de Rosny –uno de los fundadores de la ciencia ficción moderna (y de las novelas de genero prehistórico junto a su hermano)– nos tiene al tanto en La joven vampira del caso de Evelyn Grovedale, una pálida joven dedicada a absorber la vida de los que le rodean, cuya muerte y resurrección, o cuyo viaje entre dos mundos, plantea a James, el educado marido, casado con ella en el interín, si el consentimiento de su joven esposa es real o si como parece claro en el caso de Evelyn, vivimos vidas distintas y no debe convertirse en cadena lógica de actos y voluntades (según la metodología de la responsabilidad individual en el modelo neoliberal) la apariencia formal del consentimiento emitido un día de nuestro raro ayer.

La elegancia con que James abandona la casa, el viaje emprendido al extranjero, mientras anhela que en su mujer se sumen, una tarde de lluvia, consentimiento y deseo apunta a una de esas fisiologías que el bueno de Octavio Salazar trabajó como «nueva masculinidad».

consentimiento

Les vampires: Les yeux qui fascinent (Louis Feuillade, 1916).

Y es que más allá de las reductivos enfoques de género que últimamente se abalanzan sobre el fantástico (algunos con un pie en la política y otro en los estudios culturales como hizo el Instituto Andaluz de la Mujer con los romances vampíricos de Stephanie Meyer), hoy no parece posible que nos deje de chirriar la estrategia de seducción cínica del vampiro que desplaza la responsabilidad de su acto al hecho de haberle dejado entrar (sin conocimiento de su intención final). Y otra prueba de la aporía gótica de la voluntad (tan cercana a la sumisión química) es la perniciosa costumbre del vampiro de hipnotizar para poder conseguir –en un perfecto acto de narcisismo estudiado por Cristopher Lasch– su deseo sexual tan confundido con su voluntad de poder.

Cien páginas de cuento largo entre lo clásico y lo contemporáneo, de singularidad sensual y amor romántico salpicado de novedades en la perspectiva (las voces del neurólogo como aportación a lo fantástico) y hallazgos morales sobre el problema político con el que comenzaba esta entrada de Hermosos y malditas. Con todo, más allá de nuestra peculiar aproximación en términos de política del deseo, el vigor del género fantástico en su maravillosa autonomía deberá seguir alimentándose tenebrosamente de nosotros, de nuestra sangre, de nuestro miedo o de nuestro ardor en la oscuridad, de nuestra vulnerabilidad hermosa y trágica en el mundo de la ficción, acaso el único mundo soportable hoy por hoy.

Tampoco es descartable que asistamos pronto a la muerte del vampiro (del hombre vampiro, del mito de Drácula) en manos de la corrección de los deseos y que solo quede viva-muerta durante un poco más de tiempo la Carmilla de Sheridan Le Fanu, es decir, que lo que no consiguió el cobarde estacazo del guardián de la pureza (estacazo cobarde pues es de cobardes matar a alguien mientras duerme), ni las cruces de la Iglesia con su pasado escandaloso y sus parafilias, ni el sabroso ajo, ni la luz del sol, lo conquiste la alerta woke y la nueva sensibilidad.

Y entonces, durante la primera luz del anodino amanecer moral, el gótico narcisismo del viejo Drácula cederá al consejo de The New Pornographers (lo transmite Dan Bejar al final de «The laws have changed»): lo que ya has perdido, dalo definitivamente por perdido. Otra exhortación de la metamodernidad a nuestro desconsuelo estético.

Hermosos: quebrantamientos de los estereotipos y arquetipos sobre la debilidad femenina, al modo de la niña vampira que se alimenta de pederastas en el imprescindible Déjame entrar (Lât den rätte koma in, Tomas Alfredson, 2008).

Malditos: casos de violación con sumisión química.

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