Más de 130 años después de que Andrew y Abby Borden aparecieran brutalmente asesinados en su casa de Fall River, Massachusetts, Lizzie Borden continúa ocupando un lugar privilegiado en el imaginario criminal estadounidense. Fue acusada y posteriormente absuelta, pero la justicia nunca consiguió borrar la sospecha popular. Su historia sobrevivió convertida en leyenda, canciones infantiles, libros, películas y objeto inagotable de la cultura true crime.
Ahora Monster: The Lizzie Borden Story, estrenada el 17 de septiembre en Netflix, regresa al caso desde una perspectiva muy concreta: no tanto preguntarse quién empuñó el arma como intentar comprender las fuerzas capaces de convertir a una persona en aquello que una sociedad termina llamando monstruo.
Durante la rueda de prensa internacional de la serie, su creador y showrunner Ian Brennan fue mucho menos ambiguo que la historia judicial: él cree que Lizzie lo hizo. “Podría estar equivocado, pero definitivamente es lo que pienso”, reconoció. La serie contempla distintas posibilidades, pero Brennan considera que un guionista debe estudiar lo que permanece en el registro histórico y, llegado el momento, tomar decisiones. Para él, reconstruir esos espacios vacíos no constituye una traición a los hechos, sino una condición inevitable de cualquier relato sobre el pasado.
Mujeres enjauladas
La clave de esta nueva temporada, sin embargo, no está únicamente en Lizzie Borden. La serie establece conexiones con otras dos mujeres separadas por siglos: Elizabeth Báthory y Aileen Wuornos.
Ian Brennan encontró en las tres un mismo hilo conductor: la represión social. Mujeres atrapadas en diferentes tipos de “jaulas” cuyo resentimiento termina convirtiéndose en violencia. Para Max Winkler, director y productor ejecutivo, ese concepto estuvo presente desde el principio. La expresión que utiliza para definir la serie es inequívoca: female rage, ira femenina.
La cuestión adquiere una dimensión más compleja, Monster presenta la opresión como una absolución moral de sus personajes. Lo que intenta explorar es la forma en que determinadas estructuras sociales, familiares y emocionales contribuyen a producir violencia.
Rebecca Hall, que interpreta a Abby Borden, lleva esta idea incluso al personaje destinado a convertirse en víctima. Abby forma parte del sistema opresivo que rodea a Lizzie, pero simultáneamente vive sometida a muchas de las limitaciones impuestas a las mujeres de su tiempo. Para Hall no existe contradicción alguna: existe causalidad. Abby también es producto de una determinada forma de opresión; simplemente transforma su frustración en sadismo. La violencia cambia de dirección, pero procede de un territorio emocional semejante.
El actor Charlie Hunnam encuentra incluso algo de esa prisión en Andrew Borden, a quien interpreta. Después de encarnar al protagonista de la anterior entrega de Monster, dedicada a Ed Gein, Hunnam pasa ahora al otro lado del crimen: interpreta a una víctima. Aunque con importantes matices. “No diría que Andrew es particularmente inocente”, admite.
El actor lo considera capaz de comportamientos monstruosos, pero también encontró cierta ternura en él: un hombre atrapado en una jaula construida por sí mismo, marcado por el duelo y por una existencia incapaz de proporcionarle felicidad. El resultado es un personaje que dirige su frustración y su rabia contra quienes le rodean. La frontera entre monstruos y víctimas vuelve así a desdibujarse.

Ella Beatty y Vicky Krieps en Monster: The Lizzie Borden Story.
Construir a Lizzie Borden
Ella Beatty —actriz revelación, hija de Warren Beatty y Annette Bening— afrontó el personaje desde una combinación de documentación e invención. Leyó The Trial of Lizzie Borden, pero pronto tuvo que decidir cuánto de la mujer que aparecería en pantalla procedería de los hechos conocidos y cuánto sería creación dramática. Con la especialista en movimiento Julia Crockett trabajó en convertir los datos biográficos en elementos físicos: cómo camina Lizzie, cómo escucha, cómo respira, cuál es su postura.
“¿Cómo sueña esta persona?”, recuerda haberse preguntado Beatty. El miedo también formó parte del proceso. Ella reconoce que aceptar un personaje instalado desde hace más de un siglo en la mitología estadounidense resultó intimidante. Su respuesta fue sencilla: hacerlo asustada.
Rebecca Hall tomó prácticamente el camino contrario. Ante la escasez de información sobre Abby Borden, decidió no investigar. Quería conservar la libertad de convertirla en una creación propia, permitirse hacerla extraña, excesiva e imprevisible.
La paradoja resume uno de los problemas fundamentales de Monster: cuando los documentos históricos no bastan para reconstruir una persona, la ficción debe ocupar inevitablemente el espacio que dejan vacío.

Ella Beatty en Monster: The Lizzie Borden Story.
Un siglo XIX que no huela a polvo
También formalmente, Brennan y Winkler querían evitar la rigidez asociada a determinadas recreaciones de época. Brennan lo resume con una imagen especialmente gráfica: no quería que la serie pareciera stuffy and mildewy (encorsetada y cubierta de moho).
Su procedimiento consistió en estudiar el vocabulario victoriano y utilizarlo como restricción dentro de la cual conservar una escritura contemporánea, mordaz y cargada de humor. El resultado permite que incluso los insultos domésticos adquieran una comicidad inesperada.
La música cumple una función similar. La serie utiliza canciones contemporáneas dentro de la ambientación histórica, aunque Winkler reconoce el peligro: hacerlo mal puede parecer un intento demasiado evidente de seducir al espectador actual.
Una canción de Kate Bush terminó proporcionándole la clave para encontrar el tono del episodio piloto. Las elecciones musicales posteriores se articularon alrededor del deseo y el anhelo, especialmente de quienes se rebelaban contra las convenciones de su tiempo.

Sarah Paulson en Monster: The Lizzie Borden Story.
Visualmente, Winkler miró también hacia otro cine. Entre sus referencias menciona La heredera, La edad de la inocencia, Las zapatillas rojas y las películas de Powell y Pressburger. Pero el humor del guion impedía que Monster se limitara a reproducir las convenciones del melodrama de época. El desafío consistía precisamente en hacer convivir emoción, violencia, miedo, trauma y una veta cómica sorprendentemente persistente.
¿Por qué nos inquieta una mujer que mata?
Quizá la pregunta más reveladora de la rueda de prensa fue también la que trasciende el caso Borden: por qué la violencia ejercida por mujeres continúa provocando una fascinación particular.
Ella Beatty cree que una parte de esa fascinación nace del deseo de comprender el porqué. La violencia y la feminidad continúan siendo conceptos que culturalmente no asociamos con la misma facilidad que violencia y masculinidad. Precisamente esa fricción convierte a personajes como Lizzie en objetos de investigación psicológica.
Winkler lleva la reflexión más lejos. La imagen tradicional de la mujer como madre, cuidadora, responsable del hogar y fuente de seguridad convierte su violencia en una especie de traición a las expectativas culturales depositadas sobre ella. No contemplarla como un ser humano completo, capaz también de rabia y violencia, supone en sí mismo una forma de reducción.
Monster: The Lizzie Borden Story intenta volver a mirar dentro de la jaula.
Ian Brennan lo formula de manera todavía más elemental: todos los seres humanos somos capaces de matar; la diferencia es que algunos no lo hacemos. Esa es la esencia de Monster, no se trata de dilucidar la culpabilidad o la inocencia de Lizzie Borden, sino de preguntarse por qué necesitamos convertir a determinados criminales en criaturas excepcionales para mantenerlos a una distancia confortable de nosotros mismos.
Brennan descubrió incluso, una vez escritos los episodios, paralelismos inesperados con otra historia ya abordada por la antología: la de los hermanos Menéndez. Familias marcadas por años de infelicidad, relatos contradictorios y enormes vacíos entre aquello que ocurrió y aquello que posteriormente puede demostrarse.
Para el creador, limitarse a reproducir los hechos comprobados tampoco resolvería ese problema. Los casos de Lizzie Borden o Ed Gein son relatos elípticos, llenos de zonas desconocidas. “La única manera de abordar estas historias honestamente”, sostiene Brennan, consiste precisamente en intentar rellenar esos huecos.
La paradoja es considerable: para acercarse a una posible verdad hay que recurrir a la ficción. Lizzie Borden desapareció hace casi un siglo, pero nadie duda de su supervivencia cultural, el misterio permanece. Entre realidad e imaginación, la cultura construyó un monstruo.






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