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Stuart Gordon: Re-Animando el género de terror

En Cine y Series sábado, 4 de abril de 2020

Javi Cózar

Javi Cózar

PERFIL

El cine de terror en la primera mitad de los años 80 se estaba volviendo loco. Todo estaba cambiando con tanta rapidez, todo evolucionaba tan vertiginosamente, que a los guionistas y directores del género apenas les daba tiempo a imaginar nuevos argumentos en línea con los éxitos que marcaban el paso en la época.

Por allí, un chaval llamado Sam Raimi estrenaba Posesión infernal, una película que había rodado con sus amiguetes en fines de semana a lo largo de dos años y con un presupuesto paupérrimo. La propuesta era tan impensablemente gore que puso los pelos de punta a toda una generación de cinéfilos. Por allá, un director ya consagrado como John Carpenter, en el otro extremo del espectro presupuestario, creaba imágenes que retorcían los límites de lo que el cine se había atrevido a enseñar hasta entonces: La cosa (El enigma de otro mundo) se mantiene incluso hoy en día, 40 años después, como una de las películas con efectos especiales de maquillaje más impactantes y desagradables que ha dado la historia del género, cortesía de Rob Bottin, un señor al que debemos muchas, muchas imágenes imborrables, y al que urge dedicarle un homenaje en condiciones.

stuart gordon

Posesión infernal, el gore ochentero en estado embrionario.

Estaba clara cuál era pues la palabra en aquella primera mitad de los 80′: exceso. Se acabaron los tiempos de lo sugerido, de lo mostrado en planos poco iluminados o directamente fuera de campo. Era el fin de la sutilidad en el género de terror: la vía que había abierto William Friedkin a principios de la década anterior con El exorcista era el camino que el género había decidido seguir en los 80. Todo tenía que ser explícito, todo tenía que ser sangriento, todo tenía que ser extremo. Cuanto más, mejor.

En este contexto aparece Stuart Gordon, que hasta 1985 había conseguido ser un director teatral de bastante prestigio, con su compañía giró por Estados Unidos y por Europa y estrenó la obra teatral que lanzó la carrera de nada menos que David Mamet, Perversión sexual en Chicago. Su único crédito cinematográfico hasta ese año, sin embargo, era un ignoto telefilm, Bleacher Bums, que databa de 1979. O sea, caca de la vaca, como diría el barón Munchausen de Terry Gilliam.

El productor Brian Yuzna le ficha en ese 1985 para su recién estrenada productora Empire —por cierto, de la poca vergüenza del señor Yuzna y de su historial de bodrios cinematográficos habrá que hablar algún día, ¿no?—, y juntos se sacan de la manga Re-Animator. No voy a descubrir nada a estas alturas si digo que no es únicamente una de las cintas de referencia de la década de los 80 —no del género de terror, no: de la década, nótese la diferencia de matiz—, es que es una de las películas más importantes de toda la historia del cine fantástico.

stuart gordon

Herbert West, a punto de hacer de las suyas…

Su paso por Sitges es todavía recordado como uno de los highlights del festival, con aquel ya eterno espectador desmayado y el traductor gritando por los pinganillos de la traducción simultánea de la época si había algún médico en la sala. La apuesta era atrevida y casi no tenía precedentes: llevar al paroxismo la carga de sangre y vísceras para acabar derrapando en un terreno fronterizo entre la parodia y el horror extremo.

En realidad, con Re-Animator el incauto espectador de la época no sabía muy bien si reír o chillar ante semejante despropósito acumulativo de hemoglobina desparramada por el celuloide. Pocas veces el cine ha conseguido un equilibrio tan extraordinario entre lo grotesco y lo aterrador, y por sus frames corren tanto el espíritu de Harold Lloyd y Monty Python como el del propio Carpenter o el de George A. Romero. Verlo para creerlo.

Stuart Gordon

Cuesta encontrar en el cine de la época un referente similar, y seguramente nadie consiguió superar la apuesta (ni el propio Gordon) hasta que en 1992 Peter Jackson sentó cátedra con Braindead (Tu madre se ha comido a mi perro), película esta sí aún hoy en día imbatida en su orgía extrema de sangre y fluidos corporales. Re-Animator es recordada por todo esto, pero a esta película le debemos algo igual o más importante aún: el nacimiento del Stuart Gordon director de cine.

Aunque en algún momento coqueteó fuera de los márgenes del fantástico más ortodoxo, especialmente en sus últimas películas, Gordon se estableció enseguida como una de las patentes más fiables del género. No tiene una filmografía demasiado extensa, pero en ella es posible zambullirse y dejarse abrazar por el estremecedor placer de la serie B hecha con medios limitados, pero con mucho orgullo y muchas ganas.

Stuart Gordon

El péndulo de la muerte: Poe visto por Gordon.

Adaptó a Edgar Allan Poe en la maravillosa El péndulo de la muerte que, como muchas otras de sus películas, en España fue a parar directamente a las estanterías de los videoclubs mientras en salas se estrenaban mediocridades que no merecían tal honor.

Abrazó el cine de serie A sin mucha suerte comercial, pero con más acierto artístico que algunos de sus coetáneos: Fortaleza infernal y Space Truckers son dos simpáticas pelis de aventuras futuristas que en los años 90 sí que llegaron a nuestro país en las salas de cine. Y es el responsable además de Dolls, pequeña obra maestra que inauguraría la reconocida obsesión del productor Charles Band por el sub-género de muñecos asesinos.

Stuart Gordon

Con esas caras ¿qué otra cosa pueden ser esos muñecos sino asesinos?

Todo eso sin olvidar que, como guionista, Gordon atesora créditos tan interesantes como el libreto de Cariño, he encogido a los niños, o la tercera y estupenda adaptación de la novela de Jack Finney Los ladrones de cuerpos que dirigió Abel Ferrara en 1993, y que seguía a las también extraordinarias adaptaciones anteriores de Don Siegel y Philip Kaufman.

Stuart Gordon ha muerto en plena pandemia mundial del COVID-19, el pasado 24 de marzo. Mientras todos los demás seguimos confinados en esta pesadilla irreal en la que se ha convertido nuestra existencia, Gordon nos ha dejado para siempre. Si es que no lo era antes, ahora ya es patrimonio de todos nosotros, de todos los que vivimos la experiencia de sus películas en una sala de cine (o en un VHS guarro en casa). Quizás esta pandemia le habría servido para un delirante guion en el que Herbert West, empeñado en encontrar una vacuna, lo que realmente inventa es un suero que vuelve zombis sedientos de sangre a los enfermos de coronavirus.

Un argumento provocador, sin duda, pero que seguramente Gordon no habría dudado en filmar, porque al hombre realmente le iba el rock and roll. Al fin y al cabo, estamos hablando de alguien que dedicó un estruendoso fuck you a todos los puristas de H.P. Lovecraft cuando, el año siguiente de que le llovieran hostias por todas partes por haber profanado el nombre del escritor y haberlo adaptado con la desvergonzada carga de sangre y sexo de Re-Animator, volvió a adaptar al escritor estadounidense con Re-Sonator, que doblaba en despelotes a su antecesora y era igual de sangrienta.

Stuart Gordon

Re-Sonator: colleja a todos los que criticaron Re-Animator.

Al cine le hacen falta muchos más Stuart Gordon. Especialmente ahora, en tiempos de un puritanismo atroz y de una represión brutal de cualquier signo de provocación extrema. En tiempos de denuncias que acaban en los juzgados cuando una película molesta a los sectores más rancios y retrógrados de la sociedad. En tiempos, en definitiva, de reinado de Disney + y de sumisión del cine comercial a postulados familiares más blancos que la leche. En estos tiempos terribles que nos ha tocado vivir, Stuart Gordon era más necesario que nunca. Lo habríamos echado de menos igualmente, de la misma manera que nos faltan las voces genuinas de Tobe Hooper o de Wes Craven, por citar dos directores que en los 70 y los 80 ayudaron a redefinir el género fantástico.

Pero no sé si será este confinamiento y esta maldita pandemia que oscurecen tanto nuestras existencias, o si es que realmente comienzan a ser demasiados los directores que se nos van y que marcaron nuestra preciosa infancia/adolescencia. El caso es que la muerte de Stuart Gordon, al menos en este preciso momento, se siente especialmente dolorosa y nos deja muy vulnerables a todos los que, de una manera u otra, hemos crecido con su cine.

Stuart Gordon

What the fuck???!!!!

Vulnerables, sí, pero agradecidos porque nos deja con una filmografía coherente, interesante y muy reivindicable. Y por supuesto con una obra maestra indiscutible, claro. Así que muchas gracias, señor Gordon, por el suero fluorescente, por esa morgue convertida en trampa mortal, por esa cabeza en la bandeja, por el gato retorciéndose en su columna vertebral partida. Muchas gracias por volver loquito a Jeffrey Combs, por mancharnos de sangre hasta el alma, y muchas gracias por tener la osadía de filmar el que probablemente es el cunnilingus más descacharrante del género de terror, ese en el que el doctor Hill se tiene que sostener literalmente la cabeza en las manos para poder practicarlo.

Buen viaje, maestro. Y gracias por tanto.

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